Los genios invisibles

domingo, 15 de enero de 2017 · 11:03
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- ¿Por qué no habrían de saquear una tienda, si los gobernadores se han depositado el presupuesto en sus cuentas en Panamá? ¿Cuál es la diferencia entre robar una departamental y desvalijar la industria petrolera? ¿Cuál, entre habitar una casa que es un regalo de uno de los principales beneficiarios de la obra pública de tu gobierno, y secuestrar una pipa de gasolina para ordeñarla? En La ciudad de Dios, San Agustín cuenta el cruce entre Alejandro Magno y un pirata, con el siguiente diálogo: –¿Con qué derecho –pregunta Alejandro– infestas nuestros mares? –Con el mismo que tú tienes –responde el pirata, sometido por los guardias– pero, como lo hago con un barco chico, me llamas pirata. Tú, que lo haces con una flota, te llaman emperador. Además del tamaño de las naves, la diferencia entre ambos es quién nombra: el emperador es llamado por los otros, mientras que éste tiene la facultad de señalar al pirata. El tema, es por supuesto, el de la soberanía, que no es más que la suposición de una superioridad. La soberanía no demuestra ni la capacidad de una persona o un partido sobre otros, sino sólo que, quien la detenta, tiene el consentimiento, pasivo o activo, de los demás. El emperador lo es porque tiene un reconocimiento de validez nominal: los demás lo llaman emperador y no pirata. Se dirá, sin duda, que la legitimidad del emperador no sólo reside en la fuerza, sino en que los demás, los súbditos, reconocen como válido el poder hereditario. En el caso de las repúblicas democráticas, se dirá que esa legitimidad es electiva. Que, con el voto, le otorgamos la fuerza a ciertos poderosos para que nos cuiden de la violencia de los demás. Pero, en el fondo, hay algo nebuloso en la manera en que somos sólo una forma de nuestros miedos. A eso, el militante y teórico antifascista Guglielmo Ferrero, lo llamó “los genios invisibles de la ciudad”. Si no se honra a estos espíritus, el emperador deja de serlo para empezar a transformarse en pirata. No honrarlos –nos dice Ferrero– es establecer un gobierno que ejerce su poder según reglas y principios que el pueblo no acepta o, mucho más cínicamente, “en el que los gobernantes proclaman una manera de ejercer el poder sin la menor intención de cumplirla”. Los genios invisibles han regresado a vengarse. Más allá de si los saqueos a tiendas por todo el país son o no parte de las protestas por el aumento en el precio de los combustibles –si son provocados y “montados” para que la televisión nos convenza de la validez del uso de la fuerza militar como policía–, la traición a los genios de la ciudad es manifiesta: el gobierno deviene en mentira, no sólo porque prometió justo lo contrario –cinco veces en boca del propio Presidente de la República, ya no se diga, de los senadores de toda índole–, sino porque emergió de una votación que no le otorgaba legitimidad para reformar, privatizándolo, el dominio de la nación sobre el subsuelo. Lo mismo sucedió con el anterior presidente, Calderón, al que se hizo ganar con un 0.5% prometiendo todo, excepto que iba a sacar a la Marina y al Ejército a las calles para emprender el asesinato de 120 mil ciudadanos. El Pacto por México –ese acuerdo para alcanzar la mayoría calificada que reformara la Constitución– tampoco es legítimo: muchos votantes de Acción Nacional y del PRD no tenían idea de que, con su voto, iban a legitimar tal arreglo. Los genios invisibles permiten el uso de la fuerza contra la violencia, sólo si se respetan dos de sus condiciones: el sufragio y el derecho a oponerse a una decisión injusta. En este caso, una decisión no sólo no avisada, sino prometida como imposible. Todo esto me ha puesto a pensar en la política como ese teatro fantasmal de traiciones que Shakespeare retrata en Macbeth cuando, tras el asesinato del “virtuoso Duncan”, se escuchan unos toquidos en la puerta. Nunca se sabe de dónde provienen ni quién los hace. Thomas de Quincey le dedica un ensayo a este instante de la obra (escena tercera del segundo acto) en “Sobre los golpes a la puerta en Macbeth”: “Cuando el hecho se ha consumado, cuando el trabajo de lo oscuro se ha desplegado, entonces el mundo en tinieblas se tiene que desvanecer como una burbuja en el aire; se escuchan los golpes en la puerta para hacer audible que la reacción ha comenzado: lo humano debe retornar como el pulso que comienza a latir después del paréntesis que lo había suspendido”. Yo creo que lo que hace reventar a la burbuja de la maldad política de quien sube al poder a partir del crimen, son los golpes en las puertas de la ciudad de sus genios invisibles. Regresan para recordarle al político que hay un mundo afuera, que su voluntad no lo es todo. Le recuerda acaso que el emperador puede ser visto como un simple pirata, así, de pronto; que la fuerza que le otorgamos para su uso exclusivo puede convertirse en inválida, en simple violencia, si incumple con las reglas mínimas de nuestra servidumbre voluntaria. Como la lucha por la distribución de las decisiones, la política –decía Maquiavelo– se despliega sobre dos caminos: la necesidad y la suerte. La primera es todo lo que nos disgusta de esa profesión de salvajes: los pactos secretos, las traiciones embozadas, la mentira. Es la política como cálculo y como talento de los estrategas. Nos han hecho creer que la política es un juego de expertos en opinión pública y que cada jugada es el resultado de un cálculo exacto y medible de lo que los siervos voluntarios podemos llegar a acatar. Se calculan con las encuestas –esa anticipación más publicitaria que puntual– desde nuestros apetitos hasta nuestros sueños; el color de la corbata del candidato, el movimiento de sus manos. También se compran los votos en un país en que no valen siquiera un bulto de cemento. Con todo ello se legitima una soberanía electiva –se dice que reside en el pueblo pero que se delega como una nube, una burbuja fantasmal de consentimiento, de obediencia– que, en vista de los últimos gobiernos, permite la traición a los genios invisibles de la ciudad: se roba como pirata, se miente como mimo, se asesina como el matrimonio Macbeth. Pero la otra ruta por la que debe caminar la política, la de la fortuna, rara vez se contempla, quizás porque no puede calcularse. Pero es ella la que puede determinar nuestra narrativa colectiva. Sin duda lo que hoy padecemos de la política no es lo que hubiéramos querido cuando la inventamos en la ciudad para regular las decisiones que nos afectan a todos. Se supone que su fin era organizar la convivencia y evitar la guerra civil. Se suponía que era para solucionar el conflicto o, al menos para ponernos de acuerdo en cuál era ese conflicto. Pero, como muchas cosas, ha devenido en mentira y pantomima, en la confusión entre estabilidad y vil conservación del poder. Como escribió Kant, si fuéramos ángeles, la política no existiría. Y, en efecto, los articuladores de la política como cálculo ruin son demonios. Los ciudadanos no somos tampoco ángeles. La sociedad también puede ser fallida. Pero nos quedan los genios invisibles. Nos quedan los golpes a la puerta del castillo.

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