El tiempo de Ayotzinapa

La mayor esperanza de saber qué ocurrió con los 43 normalistas durante la Noche de Iguala, la dio del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes, que en la práctica fue “expulsado” por el gobierno federal. Por esta razón resulta de importancia capital conocer la labor y las versiones personales, libres y extendidas de los miembros de dicha agrupación. Carlos Martín Beristain, uno de aquellos investigadores, acaba de hacerlo en el libro El tiempo de Ayotzinapa, publicado por Foca. Con permiso de la editorial difundimos un fragmento de la obra, que será presentada en México hoy martes 17.

Esta mañana convocamos a otros chavos, ahora que ya tenemos un mapa de autobuses y de apodos, para completar los agujeros. Cuando empiezas una investigación así, al principio vas trazando el lienzo. Encuadres. Lugares. Colores de fondo. Grandes formas. Trazos a confirmar. El cuadro tiene un cierto latido. Y toca, en verdad, dibujar si quieres entender. Yo voy con mis mapas de aquí para allá, como si fueran un jeroglífico egipcio. Cada uno lo toma de un lado y lo mira, lo gira y asiente o matiza. Hay gente que tiene memoria fotográfica. Esas neuronas son mejor que una réflex. Hemos convocado a uno del escenario de los tres autobuses; a otro que estuvo en el primero de los autobuses que llegó a la ciudad, donde se quedaron encerrados y llamaron a los otros dos que estaban fuera de Iguala para que vinieran a rescatarlos; a uno que iba en el quinto autobús del que no se habla. Tenemos ya el boceto, pero este mural necesita de todas las manos.

La tarde del sábado pasa en la sede del Prodh, el grupo de derechos humanos que lleva el caso de los estudiantes de Ayotzinapa. Para tomar testimonios se necesita un espacio de confianza. Como en Guatemala, cuando discutíamos cuál era el lugar para atender a las mujeres víctimas de violación sexual y una antropóloga indígena nos dijo: el temazcal. Ese lugar del cuerpoalma. Nadie sabe de lo que allí se habla y ahí se cura. Nuestro temazcal esta tarde está aquí. Volvemos a los detalles de la noche. Ese camino de vuelta es también difícil porque no es sólo una historia.

–Hablar de estas cosas duele, no hemos tenido oportunidades de hablar de todo esto así profundo.

Los jóvenes lo guardan de varias maneras hacia dentro, a veces es su protección; otras, la historia se cuenta en pocas palabras, mientras nosotros queremos el relato pormenorizado para volver allá con ellos. Me acuerdo de Tyte Mugreyfa, amigo y terapeuta ruandés en Bélgica, donde trabajaba con sobrevivientes de las masacres de 1994 de su país.

–Cuando tomamos un testimonio, toca volver con los sobrevivientes al lugar del horror. Nosotros no somos víctimas, pero tenemos que estar dispuestos a formar parte de ese camino.

Pasamos horas repasando la historia, hasta que la noche se echa encima. A las nueve, salimos Alejandro y yo de la oficina. Antes dejamos todo preparado para mañana.

–A las seis de la mañana nos vemos aquí. Tienen cama y cena. Vamos a ir a Iguala para hacer una inspección en los lugares de los hechos.

Los chavos están nerviosos. Dicen que nadie les dijo que tenían que quedarse esta noche para salir mañana con nosotros. Llamo al secretario del comité estudiantil para que hable con ellos. Maganda les cuenta el plan. Por fin todo bien. Paseamos con Alejandro entre las pocas calles que nos separan del hotel. En ese recorrido comentamos los detalles y nos convocamos para mañana.

A las 6:00 estamos en la puerta. Los estudiantes se quedaron a dormir.

–José Luis les preparó las habitaciones –pero parece que las sábanas se les pegaron al sueño. Nadie abre la puerta, a pesar de que la insistencia se convierte ya en urgencia. Santiago, el otro abogado, es nuestra salvación cuando responde al teléfono. Ya viene con Juan, que se quedó ayer tarde, pero no sabe qué pasó con ellos. Buscamos por todas partes, pero no están. Las posibilidades andan aquí cerca, el sindicato que a veces los acoge. Gestiones y llamadas no sirven para nada. Desayunamos mientras hacemos tiempo y llamamos a otros lugares posibles. Por fin llegan las 10 y nos aventamos hacia Iguala sin saber. Lo haremos solos si no aparecen, ahora que ya nos tranquilizamos de que no les ha pasado nada.

–Están en la escuela –nos llama Vidulfo, por fin. Anoche se regresaron.

Creo que ese sí era su temazcal. En realidad tenían miedo de volver a Iguala y, en medio de ese cuarto oscuro, decidieron regresar. No son sólo testigos, también son víctimas, y la inspección de las calles supone volver al escenario de la pesadilla. Para algunos de ellos será la primera vez desde aquella noche de terror.

Manipulando sentimientos

–Don Carlos. Necesitamos verlos. Es urgente.

Las familias tienen su comité de búsqueda. Epifanio es parte de él. Establecimos algunas claves y un método de trabajo. Desde la primera visita en que llegaron impacientes, con rumores a la carrera, hemos pasado a una dinámica más pausada. El relato de las veces en que les ha llegado información sobre el destino de los hijos daría para un libro tamaño biblia. Las informaciones siempre son una mezcla de rumores escuchados que alguien transmite como si fuera testigo, informaciones de cosas que apenas se tocan con la punta de los dedos y que hay que investigar, informaciones de quienes quieren ayudar y a veces empeoran todo, e informaciones de quienes quieren marear e incluso amenazar. El tiempo que ha pasado es el peor de los enemigos. Tiempo que pasa es verdad que se aleja, dice Ángela; uno al que se le ha dejado crecer.

En medio de la urgencia, lo que se necesita es tener respuestas. Es imposible tener paciencia con el cronómetro en marcha. Y para las familias de los desaparecidos ése es un tiempo que arde. La primera vez llegaron muy nerviosos; apenas habían pasado unos días desde que estábamos en el país. Un grupo de familias fue convocado a una reunión. Vino una mujer que se presentó como abogada y que se jactaba de tener contactos muy altos en Gobernación; de hecho, usaba una de esas camionetas como las del Gobierno, dicen los padres. Y vino con otras dos personas conocidas y siempre sospechosas. Tanto, que sus nombres sólo se dicen al oído. Los conocen.

–Nos han dicho que saben dónde están, que un grupo fue llevado hacia el mar y otro a la montaña. Y nos convocaron a una reunión con otros más. Yo no quería ir solo como la primera vez que quedamos en un café en Tixtla.

La segunda vez llegaron varios vehículos, y la comisión de padres fue llevada a un hangar en el aeropuerto de Acapulco. A ese sitio no entra cualquiera. Los familiares lo conocen porque fue el escenario de dos reuniones con las altas autoridades del Estado hace meses. Esta vez los acompañantes son otros, pero el lugar es el mismo. Hay que pasar dos controles para llegar. Cuando empieza la reunión, los papás esperan las noticias, ávidos de esperanza. Pero las cosas van luego luego.

–Ahora tenemos que presentarles unos papeles para firmar, para que tengan apoyo económico para la búsqueda. Ustedes tienen derecho a la reparación.

Los padres se rebelan, no quieren firmar nada. Uno tal vez se quede y firme. No se sabe, porque todos salieron de ahí corriendo. Las maneras de generar división a veces parecen una decisión de los divididos. Cuenta que te cuenta, escribimos lo increíble en un cuaderno que se va llenando en estos días de historias y detalles. Hay que escribir para no olvidar, y recordar para darte cuenta de que es verdad. Tenemos el nombre de la señora y de los otros señores. Investigaremos.

En nuestra siguiente reunión con el Gobierno llevamos el oficio 002-SEGOB/2015. En él se hace una denuncia de los hechos para que las autoridades investiguen quiénes son, así como todas las otras irregularidades y amenazas que conllevan. En el anexo se incluyen los papeles que los papás pudieron rescatar. Como ya saben que “papelito habla”, las indicaciones son siempre no perder de vista si hay documentos. Tiene membrete a color de la Segob y el texto es una copia de un intento de programa de reparación hecho por el gobierno de Guerrero en los primeros momentos tras los hechos. Eso es lo que logramos descubrir buscando textos en archivos y páginas web.

–Entonces, o es algo oficial, o alguien quiere usurpar la identidad del Estado –le decimos al gobierno.

La respuesta es que no se sabe y que se investigará. El futuro es a veces un tipo del que no puedes fiarte. Este intento de manipulación es también una amenaza. El impacto que tuvo en los familiares fue tremendo. Un año después no tuvo respuesta.

Borrando huellas en el Palacio de Justicia

Ángela y Pancho vuelven al Palacio de Justicia de Iguala. No nos damos por vencidos con la respuesta que dice que no hay ningún video. Si hay cámaras, debería de haber grabaciones. Aunque en este caso hay tantas cosas insólitas. Cuando los despropósitos se acumulan, parece que alguien los fabrica. Desde luego no funciona la explicación de que se dan por generación espontánea. También es una explicación cuando no hay otra. Como los virus, cuando a los médicos se les pregunta por qué se enfermó alguien que no sabemos de qué.

En las conversaciones de la adolescencia había una cosa que llamábamos el colmo de los colmos. Era un juego para ver quién inventaba una contradicción mayor. El colmo es algo que supera la imaginación. Cuando todavía hay más, alcanza esa categoría. Aún tenemos que saberlo. En la entrada del Palacio de Justicia preguntan por el informático que controla las cámaras. Es un ingeniero afable que responde a las preguntas con interés. Sí, él llegó al día siguiente porque se enteró de lo que había sucedido, y vio las grabaciones. Se veían policías y jóvenes, pero no especificó más.

–Hice una copia para el tribunal, por si servía para algo.

La copia pasó de mano en mano y llegó hasta la presidenta del tribunal. Después de varios intentos, Pancho y Ángela se entrevistan con la magistrada. Sí, ella lo vio, pero no era gran cosa. Y como no le dio importancia, mandó regrabar, no tenía interés. El informático antes, por si acaso, había hecho una copia de seguridad. No hace falta recordar dónde estamos, ni que es la presidenta de un tribunal. Ante la insistencia de los colegas, la persistencia de la respuesta.

–¿Te das cuenta? –dice Ángela al llegar, indignada–. Es una destrucción de pruebas. Como fiscal o magistrado no puedes hacer eso.

No hace falta ser jurista para tener sentido común. Hacemos una denuncia ante la PGR para que investigue. El anuncio dice que se ponen manos a la obra. Un par de semanas después podemos leer las declaraciones. La magistrada vuelve al refrán, donde dije digo, digo Diego. Bajo juramento, señala que no vio nada en el video y que ella no dijo eso que nosotros le atribuimos. Debió ser un malentendido. También leemos la del ingeniero informático. Por si acaso, hizo una copia en una USB, no vaya a ser que sí fuera importante. Pero la previsión sólo llegó a mitad de camino. La copió, pero la USB estaba dañada. No miró si se había grabado bien y desgraciadamente no se pudo recuperar.

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