México, en la “ruta americana” de los africanos (Video)

Ante el peligro de muerte que implica cruzar el Mediterráneo en frágiles embarcaciones de goma, los migrantes africanos están probando una nueva ruta para huir de la pobreza o de la violencia de sus países: cruzan en avión el océano Atlántico para llegar a América del Sur y suben por tierra hasta Estados Unidos. Sólo el año pasado más de 16 mil africanos recorrieron esta “ruta americana”, ocho veces más que en 2015. Ya no enfrentan los peligros de un naufragio en el mar, pero sí las extorsiones, los asaltos y los secuestros.

TAPACHULA (Proceso).- En un rincón de esta ciudad chiapaneca, Merhaini Habjermartian observa nervioso el celular que tiene en la mano. Busca información para seguir su viaje y no sabe cómo. Oprime las teclas del aparato y el sudor se le cuela entre los dedos. Hace siete años salió huyendo de su país, Eritrea –que sufre una de las peores dictaduras–, y ahora, en México, teme que el sueño de alcanzar Estados Unidos se le acabe en el último tramo.

“A Europa no pude ir. Estados Unidos es la última esperanza”, agrega su compañero de viaje y compatriota, Mehani T. Teweldemedhin, de 38 años, y quien también intercambió los 3 mil 500 kilómetros que separan Eritrea de Lampedusa (Italia), por los meses que ha implicado el viaje desde África a Estados Unidos.

Junto con ellos viaja Nadir Calkio, de 27 años. Nació en Somalia y desde que era adolescente se la ha pasado escapando. Primero de los yihadistas somalíes; después del clan de la mujer de la que se enamoró sin consentimiento. Su fuga lo llevó primero a Kenia, Uganda y Sudán del Sur, hasta que una guerra explotó allí también. Luego contactó a un traficante que, a cambio de un dineral, le propuso saltar el Atlántico y encaminarse hacia Estados Unidos. Aceptó. Llegó en avión a Chile y de ahí viajó miles de kilómetros por tierra –a pie, en transportes públicos, escondido en camiones– con dirección a México, desafiando el violento tramo centroamericano.

“Desde luego, vi muchas cosas feas en África. Pero nunca las que vi en Colombia, Panamá y Nicaragua”, comenta.

Merhaini, Mehani y Nadir esperan en Tapachula que una funcionaria del Instituto Nacional de Migración (INM) los anote en un registro que recientemente batió un nuevo e inquietante récord: de enero a noviembre pasados, 16 mil 268 africanos, ocho veces más que en 2015 –cuando fueron apenas 2 mil 78–, emprendieron en masa un viaje por una ruta desconocida hasta hace poco para los africanos: la americana.

Los africanos constituyen 9.3% del total de los inmigrantes ingresados a México en el año y son el segundo grupo más numeroso después de los centroamericanos. Todos han tenido la misma meta: llegar a los países ricos de Norteamérica: Estados Unidos y Canadá. Para ellos se trata de la alternativa a una muerte anunciada en el Mediterráneo, en cuyas aguas fallecieron 5 mil migrantes sólo en 2016, 20% más que el año anterior, según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) y la Organización Internacional para las Migraciones.

A sus 27 años, Merhaini lo explica con la lógica de los que se aferran a la vida: “La ruta de Libia (para llegar a Italia a través del Mediterráneo) a veces está abierta, a veces cerrada, y siempre es muy riesgosa. Es fácil morir ahí”, afirma.

Merhaini se encuentra fuera de su país desde hace cinco años, cuando huyó después de que lo encarcelaron dos años por participar en las protestas estudiantiles.

“Les explicaré mis razones (a las autoridades estadunidenses) y veremos qué dicen. Yo sólo quiero trabajar y enviar dinero a mi mujer, que sigue en Uganda con mi hija”, explica por su parte Nadir, cuyo país de origen, Somalia, vive un conflicto interno desde 1991.

“Mamá África”

Según el ACNUR, el número de desplazados en el mundo a finales de 2015 alcanzó la cifra de 65.3 millones de personas, un dramático récord que encabezan 10 países, de los cuales seis son africanos: Somalia, Sudán del Sur, Sudán, República Democrática del Congo, República Centroafricana y Eritrea.

La novedad es que ahora, con las rutas por el Mediterráneo cada vez más obstruidas, se ha abierto la americana hacia Estados Unidos, con la parada obligada en México.

–¿Cuándo empezaron a venir por Tapachula los africanos? –se le pregunta a Concepción González, conocida popularmente en esa ciudad como Mamá África, quien desde el comienzo ha estado en primera línea para apoyar a los migrantes de ese continente.

–Fue en diciembre de 2015. Al principio llegaron muchos congoleños. Ahora hay más somalíes y de otras naciones. Pensábamos que después de las elecciones en Estados Unidos y la victoria de Donald Trump, dejarían de venir, pero no ha sido así. Siguen llegando, afirma.

Mamá África administra en la ciudad un albergue, el hotel Imperial, uno de los pocos que acepta a africanos y haitianos.

“Les cobramos 50 pesos cada 24 horas. Y si no tienen, intentamos ayudarlos”, dice, como quien hace lo correcto sin entender la magnitud del fenómeno que está viendo pasar delante de sus ojos. “No traen problemas. Ellos a veces son vistos con malos ojos. A algunos los discriminan, a otros los roban”, afirma.

El investigador Jaime Cinta Cruz, autor de uno de los primeros estudios sobre el fenómeno, confirma que la presencia de africanos en México empezó a notarse de manera significativa hacia finales de 2015.

“Desde entonces se han contabilizado personas de más de 20 nacionalidades en entrada, con una predominancia de procedentes de países como Congo, Ghana, Gambia, Mali, Guinea, Senegal, Camerún, Eritrea y Somalia”, sostiene este analista, quien también vincula el auge de la ruta americana entre los africanos a los crecientes peligros del viaje a Europa, por las crecientes medidas antiinmigración que ha puesto en marcha el Viejo Continente.

“Gran parte de los que han llegado a México son jóvenes y hombres”, puntualiza Cinta Cruz. Ante la situación, las autoridades de México han optado por entregarles un permiso especial de estadía de 20 días para seguir su viaje hacia el norte. “Menos de 1% quiere quedarse a vivir en México”, observa Cinta Cruz.

“De vida o muerte”

Escapar al Continente Americano, sin embargo, ha tenido un costo para estas personas. El primero es económico, pues la mayoría de los entrevistados contó haber llegado en avión, legalmente, a países como Brasil o Ecuador, después de pagar entre 10 mil y 15 mil dólares.

El segundo costo es de vida o muerte, porque lo que siguió fue un viaje por tierra a través de Colombia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras y Guatemala, por los mismos caminos usados por los traficantes de drogas y los migrantes centroamericanos. Una ruta infestada de mafias y los accidentes geográficos extremos. Como la inhóspita selva del Darién, entre Colombia y Panamá, donde los migrantes se han visto obligados a cruzar ese tupido bosque de 20 mil kilómetros cuadrados, donde siempre llueve y acechan las guerrillas.

“En la selva del Darién vimos morir a gente después de días y días de caminar entre barrizales y espesas matas de vegetación que no acababan nunca”, cuenta el eritreo Mehani.

Nicaragua es otro de los puntos de la ruta descritos como muy inseguros, en especial desde que el presidente Daniel Ortega desplegó en 2015 el ejército contra los migrantes, dificultándoles la travesía y engordando el negocio de los coyotes.

“En Nicaragua, los bandidos casi me arrancaron un dedo de un machetazo”, explica Senussi, de Guinea-Bisáu, y muestra una vistosa cicatriz, todavía no completamente cerrada, que le arrojó el encuentro.­

“Fui encerrado en camiones donde faltaba el oxígeno, a merced de quienes no eran humanos”, afirma por su parte Adbigadir, un somalí de 21 años todavía visiblemente asustado por la experiencia. “Es un viaje que no aconsejaría a mis amigos”, resume.

Además, todos estos migrantes enfrentan un problema: no hablan español. “Son sujetos particularmente vulnerables pues no hablan español y viajan con más dinero que otros migrantes, lo que los convierte en presas predestinadas para los criminales”, observa Cinta Cruz.

Incluso llegados México su vida no ha sido fácil. “(En Chiapas) estas personas no nos han generado un solo problema, no tenemos ni una sola denuncia contra ellos”, afirma Alejandro Vila Chávez, fiscal de la oficina de Delitos Cometidos en Contra de Inmigrantes. “Al contrario, tenemos denuncias de que ellos han sido víctimas de delitos por no tener conocimiento del idioma, del lugar y de la moneda”, añade Vila Chávez.

A las cuatro de la tarde de un jueves de diciembre, un gambiano, de aspecto más atildado y vivaz que el resto de sus compañeros, empaca sus pertenencias en la habitación que alquiló en Tapachula.

–¿Cómo te llamas?

–Ismaila.

–¿Adónde vas?

–A Estados Unidos. Finalmente conseguí el permiso que me permite seguir mi viaje. Mañana a esta hora ya estaré en la frontera con Estados Unidos.

–¿Qué hacías en tu país?

–Era futbolista.

–¿Futbolista?

–Sí, profesional. Pero con eso no me alcanzaba para comer.

Alrededor del muchacho, a pesar del olor a humedad de la habitación, se arremolina un grupo de curiosos. Les pregunto cuántos días llevan en la ciudad. “Unos cuantos, semanas”, contesta uno. El de al lado añade: “Nos movemos en grupo y con informaciones que nos van llegando de nuestros connacionales que han hecho el viaje”. Éste último dice llamarse Franck y venir de Camerún. “Allá (en Camerún) pasan cosas muy feas y el mundo no sabe nada. Hay un conflicto entre anglófonos y francófonos”, asevera.

A la mañana siguiente, Ismaila se pone en contacto. “He llegado. Estoy en la frontera. Ahora sólo falta cruzar a Estados Unidos”, cuenta.

De Franck, en cambio, no se sabe nada. Fue a la Estación Siglo XXI, el gran centro de identificación de migrantes de Tapachula, esperó en la fila en medio de otros africanos y haitianos hasta que lo hicieron entrar. Reaparece por fin cuatro días después. “Nos encerraron varios días en Siglo XXI y después nos dejaron ir con nuestros papeles”, afirma. Y dice que nadie le explicó por qué le hicieron eso, aunque con toda probabilidad en ese tiempo los funcionarios de INM han controlado si había algún expediente criminal en su contra.

“Fue una mala experiencia, otra más. Me sentí tan desorientado, tan impotente”, cuenta, sacudiendo la cabeza. “Pero el problema ahora es otro. Ahora tengo que tomar una decisión. ¿Será mejor Tijuana o Nogales?”, pregunta. (Reportaje realizado con el apoyo de la International Women’s Media Foundation, IWMF)

Este reportaje se publicó en la edición 2099 de la revista Proceso del 22 de enero de 2017.

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