El primer encuentro

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Los primeros días de la presidencia de Donald Trump han sacudido al mundo. El nuevo habitante de la Casa Blanca no se ha apartado del guion de su campaña. Su propósito central ha sido exaltar los reclamos, prejuicios y odios de los electores que lo llevaron al poder. El interés en promover la reconciliación interna le es completamente ajeno; otro tanto lo son la racionalidad o la disposición a considerar otros argumentos. Con una actividad frenética en materia de órdenes ejecutivas, tuits y llamadas telefónicas, Trump fijó, durante los primeros 10 días, el sello autoritario, ofensivo e irracional de su gobierno. La resistencia nacional e internacional a esa línea ha sido inmediata.

La respuesta de la sociedad estadunidense ha sido intensa y bien organizada. La movilización de las mujeres, que se extendió a millones en las principales ciudades de Estados Unidos y otros países occidentales, fue sólo el comienzo. Han seguido las manifestaciones espontáneas en los aeropuertos, donde se violan derechos humanos de viajeros y refugiados provenientes de países con mayoría musulmana. Gobernadores y alcaldes demócratas han expresado su decisión de proteger a los trabajadores indocumentados; protección aún más necesaria dado que una orden ejecutiva profundiza su vulnerabilidad al ampliar el número de ofensas, algunas realmente menores, que justifican la deportación inmediata.

En el ámbito internacional, las acciones más notables provienen de la sociedad y las instituciones de la Unión Europea (UE). En el Reino Unido, más de millón y medio de firmas, recabadas en pocos días, exigen al Parlamento que se suspenda la invitación hecha por el primer ministro May para que Trump sea recibido por la reina. El presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, no ha vacilado en definir la nueva presidencia de Estados Unidos como una amenaza externa para la UE.

Como se advirtió desde hace más de un año, México es la pieza más vulnerable de los ataques de Trump. No puede olvidarse que el tema central de sus mítines durante la campaña electoral fue prometer la construcción de un muro que, como coreaban sus seguidores, sería pagado por México; insistir en los efectos nefastos del TLCAN para la economía de Estados Unidos, y prometer la expulsión de los trabajadores “ilegales” que se encontraban en su país.

Con esos antecedentes, la respuesta mexicana se esperaba con interés. Desafortunadamente, los resultados del primer intento del gobierno de Peña Nieto para construir “una relación positiva con el gobierno entrante de Estados Unidos” fueron desalentadores. Después de una estancia de dos días en aquel país de los secretarios de Relaciones Exteriores y de Economía, conversando con miembros de la oficina de la Casa Blanca, de varios tuits ofensivos para México por parte de Trump, la cancelación de la anunciada visita de trabajo de Peña Nieto a Washington y una llamada telefónica de cerca de una hora, el comunicado de la Presidencia de la República señala: “Si bien no hemos alcanzado acuerdos en ninguna materia, esta conversación (telefónica) abrió espacios para que el gobierno de México y el gobierno de Estados Unidos continúen dialogando”.

Es difícil descifrar los motivos que llevaron a Peña Nieto y su grupo más íntimo, en particular el canciller Videgaray, a buscar tan rápidamente un encuentro personal con Trump. Personajes claves para aspectos relevantes de la relación con México, como el secretario de Comercio o el secretario de Estado, aún no estaban ratificados. Las reacciones imprevistas de Trump en su estilo tan personal de gobernar son un riesgo que no se puede perder de vista. Era evidente que toda la logística que debe preceder a un encuentro presidencial no estaba trabajada. No había agenda ni objetivos claros; en otras palabras, no se encuentran los lineamientos de una estrategia, si acaso se reflexionó en ella.

Cualquiera que haya sido el origen de la precipitación, el desenlace habla por sí solo. La incertidumbre acerca del futuro del TLCAN –tema que mayormente preocupa a empresarios y gobierno por sus consecuencias inmediatas sobre la economía– se ha profundizado. La desconfianza respecto del tono real que tuvo la conversación telefónica entre los dos presidentes se ha hecho sentir al difundirse una sola oración de la misma que pone en guardia sobre estilos amenazantes, por parte de Trump, en cuestiones de seguridad interna de México. La relación gubernamental entre los dos países se encuentra en uno de sus puntos más bajos desde los años treinta del siglo pasado.

El rápido análisis del primer intento de normalizar relaciones con Estados Unidos en la era Trump lleva a una conclusión evidente: las circunstancias tan complejas que imperan en este momento en la vida política de ese país, y en general en el mundo, exigen mayor rigor para la toma de decisiones de política exterior. Tarde nos damos cuenta de la pobreza del capital humano para analizar los cambios que han ocurrido y las estrategias que se deben trazar para rediseñar el objetivo de nuestras relaciones exteriores. No se puede perder de vista la vinculación tan fuerte que ya existe con Estados Unidos al embarcarse hacia una verdadera diversificación. No es tarea fácil encontrar el equilibrio entre lo que supone lograr nuevas alianzas y preservar la que ya existe.

Numerosos obstáculos están en el camino de una redefinición de objetivos de política exterior. La capacidad de gestión e influencia de la Secretaría de Relaciones Exteriores es débil desde hace más de 20 años. Cuando la élite dirigente decidió que la exportación de manufacturas e integración productiva con Estados Unidos era el mejor camino para el desarrollo del país, se invirtió poco o nada en reflexionar sobre otros escenarios. Hoy parece que dicha élite se encuentra hablando sola.

No estamos en buen momento para que gobierno y empresarios hagan creíble la posibilidad de encontrar otra ruta. Colocados ya en la lucha electoral de 2018, la política exterior no se puede ver como acción independiente de lo que verdaderamente interesa a los hombres del poder. Tener éxito en la búsqueda de la buena vecindad puede significar la recuperación de puntos en la popularidad perdida. Emprender acciones externas con visibilidad y buena prensa serían muy útiles para quien sea el puntero en las encuestas. Detener al que avance es la innegable prioridad.

Por todo ello, será en el pensamiento independiente de académicos, intelectuales, estudiantes y organizaciones no gubernamentales donde podrá encontrarse poco a poco, alentados por la fuerza de las circunstancias, el nuevo proyecto de política exterior.

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