El pichón es Peña, no México

miércoles, 15 de febrero de 2017 · 11:12
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Peña ha concedido todo, todo, todo a Trump. Todo a cambio de nada, nada, nada. Estos son los hechos de esta rendición incondicional: Entregó al Chapo un día antes de la toma de posesión de Trump, a cambio de nada. Aceptó reabrir el Tratado de Libre Comercio (TLC), y modificarlo, aun cuando Trump ya lo violó. Aceptó que las armadoras de automóviles estadunidenses reculen en sus planes de inversión en México, sin penalizarlas por incumplir sus contratos con el gobierno federal y con ciudadanos particulares. Aceptó recibir pacífica y dócilmente a los deportados. Aceptó que Trump suba los aranceles a los productos mexicanos que entren a Estados Unidos, sin medidas de castigo de México a los productos de aquel país. Aceptó considerar la entrada del ejército estadunidense a México. Para colmo, sabemos que Peña nos miente. Peña ha dicho a Trump cosas que ha negado haber dicho, ha oído insultos que ha negado haber oído, le ha prometido considerar asuntos que luego ha desconocido. Otra vez, estos son los hechos, no elucubraciones. En suma, Trump ha tratado a México como un gavilán a un pichón indefenso, y el presidente Peña ha aceptado pasivamente su visión y actuado en consecuencia: ha actuado como un pichón paralizado por el miedo, un pichón que da pasitos en redondo sólo para retrasar su propia masacre. Pero México no es Peña y tampoco es un pichón indefenso. Y los mexicanos debemos impedir que la debilidad intelectual y de espíritu de Peña nos arrastre. Acá unas cuantas consideraciones, reales, evidentes, para una negociación con Trump. Lo primero es llamar a Trump lo que es: el enemigo de México. Luego, México debe negarse a renegociar el TLC, sin antes recibir a cambio seguridades de hasta dónde alcanzará la negociación. Mejor vivir sin TLC que con un TLC abusivo. Luego, México debe asegurar que impondrá aranceles de importación a TODOS los productos producidos en Estados Unidos. Incluso a las empresas con franquicias en México. Incluso a las industrias culturales gringas –el cine, la música–. Somos el tercer mercado de Estados Unidos: hagámoslo valer. Los consulados de México deben litigar caso por caso las deportaciones de los trabajadores indocumentados. La idea es del excanciller Jorge Castañeda y es brillante. Debemos inundar las cortes de justicia de Estados Unidos y así empantanar la medida: volverla un desastre político para Trump, al tiempo que damos a los liberales estadunidenses la oportunidad de apoyarnos ahí en las Cortes, como lo quieren los jueces y los abogados no trumpeanos. México puede legalmente, y debe en honor a sus intereses propios, confiscar los cascos de las armadoras estadunidenses que nos abandonan total o parcialmente. Han operado acá con privilegios fiscales, y si se van, deben ser penalizadas. A su vez, esos cascos industriales deben ofrecerse gratuitamente a las compañías de automóviles asiáticas y europeas. ¿Quién diablos quiere de socio a Ford, si puede tener de socio a Honda o a Mercedes Benz? México debe amagar con legalizar la droga unilateralmente. Nosotros no tenemos un problema de adicción, son ellos, los estadunidenses, los que tienen a 35% de la población adicta a las drogas. Basta de guerrear la guerra que ellos deberían guerrear. Basta de poner los muertos mientras ellos inhalan coca en Memphis. Son fichas de negociación que saltan a la vista. ¿Cómo llevarlas a la mesa donde Trump está sentado burlándose de México, y cada semana agregando otro plan ofensivo? Lo primero es olvidarse de las metáforas y los actos simbólicos e inútiles –marchar, cantar, llorar, gemir–. Esto es una guerra, Trump es el enemigo, y México no es Peña ni tampoco un pichón. Lo segundo es perder el miedo a la crisis de gobierno en México. Si alzarnos al nivel de la circunstancia significa que el gobierno quede sin presidente, que suceda ya: que caiga Peña. Que el Congreso nombre, según indica la Constitución, un suplente temporal, y se adelanten las elecciones presidenciales. Mucho peor es sostener a un presidente para que entregue el destino del país. Nuestros hijos y nietos nos están mirando desde el futuro próximo. En cinco años nos preguntarán qué hicimos cuando Trump se propuso destrozarnos. ¿Diremos que marchar y gritar a coro frases vacías? Este análisis se publicó en la edición 2102 de la revista Proceso del 12 de febrero de 2017.

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