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Juan Rulfo se niega a cantar el Himno

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En El amor y la muerte en la novela norteamericana, el crítico Leslie Aaron Fielder apunta una idea sobre la que vale la pena detenerse: entre la muerte de la religión y el inicio del psicoanálisis, surge la novela gótica. Es decir, cuando los ángeles y los demonios ya no pueden explicarnos, y todavía no los fijamos en los traumas y el inconsciente, la literatura se llena de fantasmas. Hay algo que va de los dioses al síntoma: la cultura es abrir el acceso al mundo de nuestros invisibles. Además del complejo de Edipo o de las invocaciones a Yahvé, se inventa “lo social” y otros espectros. Unos de lo más extraños son la nación y la identidad. Los llamados recientes a la Unidad Nacional del gobierno y organismos afines depositan en ese fantasma la falta de claridad: lo “mexicano” se lleva en el alma –en la improbable Secretaría del Laberinto de la Soledad– y no es necesario definirlo ni siquiera en el instante de su inexistencia.

La historia de la Unidad Nacional comienza en el siglo XIX mexicano y es algo que se asimila a la “Unidad Familiar” –aquella que celebra a Pedro Páramo aunque no se aparezca ni en su cumpleaños– y, más tarde, a “la empresa”, como depositaria del valor del esfuerzo y la resignación a los resultados. No es, como dijo esta semana el actual rector de la UNAM, “ni de derecha ni de izquierda” –le faltó el echeverrismo que usted conoce– sino, siguiendo a Carlos Monsiváis, “la imitación y el contagio, las reglas del juego de la convivencia forzada y la reproducción fiel (sin exagerar) de las costumbres de los amos”. En efecto, si algo encubren los llamados a la Unidad es que no se trata de un “sentimiento” sino de una narrativa de dominación. ¿Qué se defiende cuando se llama a la Unidad Nacional “sin importar las diferencias”? Primero la idea de que la diferencia es “división” y, lo que sigue de ello: sólo adaptándose a la “mexicanidad” se puede ser incluido. Lo nacional: mezcla del mole poblano con la política como fracaso sexenal; de la artesanía de Frida Kahlo con el intercambio de la corrupción y la represión por la “estabilidad” y la “paz social”; de la Selección de Futbol al apego a la bandera y a una idea utópica de la Constitución –sólo se aceptan partes, como de la Historia Oficial– con una memoria común que no alcanza ni a llegar a la oscura esquina en la que te espera tu asaltante.

El invento de la Unidad Nacional sostiene una ficción útil para la clase dominante del siglo XX: somos la cruza de un europeo y un indio cuya progenie mestiza se despliega como una alfombra tricolor desde el nopal, el águila y la serpiente en el Zócalo del Defe. Afuera quedan las comunidades indígenas vivas, el norte, el sur, las penínsulas, los pobres, los marginados del orgullo costumbrista, las malas costumbres, las malas memorias. Somos lo opuesto a lo “norteamericano”, que tampoco existe, a menos que uno quiera torturar las semejanzas entre Woody Allen y Donald Trump. Pero, es cierto: la Unidad Nacional se forjó contra la memoria de la pérdida de los territorios del norte y las “ideologías extranjerizantes”, es decir, la modernidad como antieclesiástica y el “comunismo internacional”. ¿En torno a qué sentirse protegidos? En torno al presidente en turno. De ese desaparecido, cuyo expediente judicial se perdió en una oficina contra la corrupción.

Lo “mexicano” como costumbres de la fidelidad obligatoria entraña un ejercicio de obediencia. En todos sus signos existe la obligación de aguantar el dolor. Ser “mexicano” del siglo XX era demostrar en público la vocación de un faquir: picante, tequila, toques eléctricos, canciones rancheras de dolor y estoicismo frente a la perfidia femenil. Encerrado en los “sectores” del Partido, el mexicano era inexportable –hasta que llegó el “pollero”– pero, sobre todo, resignado. Se aguanta, se enconcha –como en la célebre estampa en la que un sombrero sirve como escudo a las inclemencias–, se resigna, pero tiene una fe absoluta en que la suerte que, como puede ser fatal, puede también ser fortuna. La disciplina del Partido se extendió a la sociedad en la maldición del presidente, que tenía buena intención pero no pudo concretarla. Los malditos “factores internacionales”, pero el presidente dio su mejor esfuerzo. Además de presidencial, hay una maldición colectiva, como una especie de pecado original. No es Eva comiéndose la manzana, pero sí –en una versión del oficialismo, la de Octavio Paz– violada por el vetusto conquistador.

Frente a esa ficción sobre “la chingada”, hay otra forma de lo inmaterial que no es ni la nación, la patria, el Partido, la familia y empresas esforzadas. Me refiero a la de Juan Rulfo, que este año no tendrá centenario oficial por voluntad de sus deudos. Lo que existen son voces. Las de los vivos y los muertos. Las de los pobres y los desarraigados. Las de la risa involuntaria en medio del infortunio. Tanto los personajes de Pedro Páramo como los de El llano en llamas son las voces que les dan volumen. La narración rulfiana es lo opuesto a la soledad laberíntica porque está hecha de “los signos del aire casi palpables para los ciegos, imposibles de describir porque son demasiado vivos”, como escribió Marcel Schwob, a propósito del invento de la audiograbación. Es decir, de sus sonidos. El terreno que se abre cuando uno lee a Rulfo es todo menos la opaca y única voz del poder. Es el vocerío que lleva y trae el viento con polvo. El otro fantasma, el de “lo social”, tomó las tierras flacas de lo religioso: convocarlo sonaba natural. Como describe Roberto Calasso, pobló “la liturgia de los estadios, los héroes positivos, las hembras fecundas, y las masacres”. Como antes lo religioso, la “sociedad” se puso por encima de todos, en cuyo beneficio fantasmal se justifican todos los racismos, clasismos y exclusiones, entre ellos el sacrificio –se toma la palabra del mundo religioso– por la Patria. El lugar aéreo de Rulfo es, en cambio, no un país, ni siquiera una localidad –Comala o Luvina– sino el sonido de un presente que se desintegra y disemina. Ahí, si alguien cantara el Himno Nacional, sonaría a lejanía.

No estoy, por cierto, oponiendo el terror a la piedad. Nos volvemos comprensivos sólo después de haber vivido nuestros propios terrores. Somos capaces de abrazar, una vez que hemos escuchado a nuestros fantasmas. La Nación es uno de esos terrores. No en balde, el primer presidente, José Miguel Ramón Adaucto Fernández y Félix, el que escogió para sí el nombre de “Guadalupe Victoria”, murió entre las pesadillas de un monstruo que se le aparecía en forma de mujer. Según él, era la Patria. Lo que acaso debiera importarnos de ella no es su nombre o su bandera, sino las historias de quienes la han padecido.

Recuerdo entonces el acto IV de Ham-let. Todos –aun los que no lo hayan leído o visto– sabemos ya que el tío mató a su padre para quedarse con el trono y, de paso, con su madre. Pero la pena de Hamlet se ve acrecentada por el paso de las tropas de Fortinbrás atravesando Dinamarca para masacrar a Polonia. “Cómo permanecer inmóvil”, se pregunta Hamlet, “yo que tengo por mi padre asesinado / mi madre mancillada / ¿y dejo que todo duerma? / Cuando para mi vergüenza, veo / la inminente muerte de veinte mil hombres / que, por una fantasía y un juego de gloria / ¡van hacia sus tumbas!” Es ese el sentido de piedad que puede atemperar mis terrores, ahora que todo mundo parece estar hablando de “mexicanos”, la Patria y la identidad nacional. No por ese fantasma ajeno al que llaman “México”, sino por todas aquellas personas que serán deportadas de las hogueras que encendieron alguna vez con cierta esperanza.

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