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Encuentro-desencuentro Picasso-Giacometti

La apasionante amistad artística entre el pintor Pablo Picasso y el escultor Alberto Giacometti ha sido revelada por vez primera en una exposición, la que alojó hasta el domingo 5 el Museo Picasso de París. No sólo obras, sino documentos como cartas personales y hasta un testimonio fílmico revelan, de acuerdo a la curadora Catherine Grenier, directora de la Fundación Giacometti –la otra institución organizadora–, lo que cada uno manifestaba sobre el trabajo, las búsquedas y las reflexiones artísticas del otro. La muestra reconcilió la misteriosa ruptura hacia el final de las vidas de estos dos monstruos.

PARÍS (Proceso).- La cámara va y viene del rostro del músico Igor Stravinski al del pintor-escultor Alberto Giacometti; de ahí a la mano de éste, que esboza el retrato de su modelo; regresa a la cara y vuelve pronto a la mano ágil, para finalmente alejarse un poco dejando ver a los artistas sentados uno frente al otro.

Están en el taller de Giacometti. Relajado, Stravinski posa y platica. Concentrado, aquel dibuja y sólo contesta a su interlocutor después de unos segundos de silencio.

La calidad del sonido deja bastante que desear, sin embargo se logra oír al compositor de El pájaro de fuego cuando alude a la amistad del dibujante con Pablo Picasso.

Es perceptible la duda del escultor, quien acaba diciendo:

–Bueno… usted sabe… la amistad con Picasso… pues…

Y en tono más bajo, casi confidencial, añade:

–El me asombra… me asombra como un monstruo…

–Picasso podría sentirse ofendido –replica Stravinski.

–De ninguna manera –insiste Giacometti–, Picasso sabe muy bien que es un monstruo.

Esa conversación inaudita fue filmada en 1957, seis años después de la ruptura de los lazos amistosos que unieron a Alberto Giacometti y Pablo Picasso a lo largo de dos décadas.

El Museo Picasso de París los reconcilia en la muestra titulada Picasso-Giacometti, diálogo entre dos Maestros (4 de octubre 2016-5 de febrero 2017), que revela aspectos poco conocidos de su amistad y arroja luz sobre el interés que cada uno manifestaba para el trabajo, las búsquedas y las reflexiones artísticas del otro.

“Giacometti no da a ‘monstruo’ la connotación peyorativa que le atribuye Stravinski, para él ese término tiene otra dimensión”, confía a la corresponsal Catherine Grenier, directora de la Fundación Giacometti y curadora de la exposición. De hecho, la radicalidad misma de las opciones de vida de Giacometti, su negativa categórica a asumir la posición del artista exitoso y luego su irreductibilidad a los movimientos artísticos dominantes lo convierten también en “monstruo”, es decir, en artista y hombre fuera de las normas.

“En realidad –precisa–, estos dos seres fuera de las normas y profundamente diferentes ‘se atraen’ y ‘se sorprenden’ el uno al otro como ‘monstruos’ hasta entablar una amistad imposible.”

Veinte años separan a estos dos inmensos artistas del siglo XX. El 24 de junio de 1901 Pablo Picasso inaugura su primera exposición en París, en la galería Ambroise Vollard, unos días antes de su vigésimo cumpleaños. Cuatro meses más tarde, el 10 de octubre, nace Alberto Giacometti en Borgonovo, centro histórico de Stampa, una pequeña ciudad de la Suiza italiana.

En 1922 Picasso ya goza de fama internacional cuando Giacometti llega a París y se inscribe en la Académie des Arts de la Grande Chaumière.

En una carta a su padre fechada en 1924 el joven suizo cuenta:

“Hace poco visité una exposición de Picasso que me gustó mucho. Hay seis o siete grandes figuras sentadas, dos o tres saltimbanquis y retratos de mujeres. Son muy claros y sencillos, muy bien dibujados. (…) Son las mejores cosas modernas que he visto en París hasta la fecha.”

Un año más tarde, en otra carta a su padre, Giacometti se nota impresionado, casi aturdido, por las audacias de los movimientos vanguardistas que sacuden la Ciudad Luz:

“Aquí uno ve siempre cosas modernas interesantes, pero es un poco la torre de Babel y es difícil tener una idea del conjunto. De Picasso se ven muchas cosas y aun si cambia a menudo de estilo, él sigue siendo un buen pintor.”

Nutrido por lo que descubre –el cubismo, el arte de África y Oceanía, el surrealismo–, Giacometti pinta, dibuja, talla, esculpe, copia, innova, busca… Sus obras empiezan a atraer la atención de marchantes de arte y coleccionistas. El visconde de Noailles y su esposa, que reinan sobre la élite artística parisina, le compran una escultura y lo invitan a fiestas mundanas en su lujosa mansión.

Emocionado, Giacometti escribe a su padre:

“Hoy a las dos de la tarde yo estaba en casa del Visconde de Noailles (en realidad es un palacio). Se mostró feliz de conocerme y se portó muy simpático. Colocó mi escultura en un lugar hermoso, justo al lado de una obra de Picasso. Nada menos.”

La búsqueda en común

Fotos de pinturas y esculturas de los dos artistas también se codean en las páginas de las revistas Les Cahiers d’art y Documents, pero es sólo en 1931 cuando se conocen personalmente gracias a Joan Miró, quien presenta a Giacometti con Picasso.

Simpatizan y el malagueño invita al joven artista suizo a visitarlo en su taller. En mayo de 1932 la galería Pierre Colle muestra la primera exposición individual de Giacometti en París. Su emoción es grande y se vuelve máxima cuando aparece Picasso:

“El primero en llegar fue Picasso. ¡Se presentó a las 12 y media! Lo miró todo y dijo ‘muy bonito’, exactamente como lo hubiera dicho un niño… Nunca se compromete. Es muy conocido por no comprometerse”, comenta Giacometti en carta a su padre, a la vez encantado y un poco frustrado.

Entre las obras expuestas en la Pierre Colle figura La boule suspendue, una bola de yeso suspendida por un cordel encima de una media luna de yeso en equilibrio enigmático.

Esa misma obra se encuentra también en Picasso-Giacometti: diálogo de dos Maestros al lado de Femme jetant une pierre (Mujer tirando una piedra) de Picasso. Según explica Serena Bucalo-Mussely, conservadora adjunta de la Fundación Giacometti y cocuradora de la muestra, presentar ambas obras juntas permite entender la profundidad de su influencia mutua.

Varios bocetos de Giacometti evidencian su interés por una serie de proyectos de esculturas de Picasso que reproduce con sumo cuidado y a partir de los cuales trabaja para realizar La boule suspendue. Picasso, por su lado, queda tan impresionado por esa obra atrevida –aun si no lo dice a Giacometti cuando sale de la galería–, que prolonga las exploraciones formales de Giacometti en una serie de pinturas entre las que destaca Femme jetant une pierre.

Fértiles las relaciones entre Picasso y Giacometti se vuelven densas gracias a Dora Maar, muy amiga de éste. Musa y amante de Picasso, esa talentosa fotógrafa facilita aún más el acercamiento entre los dos hombres.

“Poco a poco nace una relación asidua llena de intercambios intelectuales y artísticos muy ricos”, enfatiza Serena Bucalo-Mussely. Numerosos testigos cuentan que Giacometti y Picasso se ven casi a diario, se visitan en sus talleres respectivos, se encuentran en cafés del barrio Saint Germain como Le Flore, Les Deux Magots o Lipp.

En 1938 Giacometti escribe a su madre:

“Casi cada noche veo a Picasso con quien ceno a menudo. No hay nada que le guste más que hacerme hablar de Stampa y de sus habitantes.”

Tres años más tarde, en 1941, vuelve a contar a su madre:

“Con nuestros amigos seguimos hablando de escultura, de pintura, etc… Y casi a diario veo a Picasso. Es agradable.”

A lo largo de estos años sus temas de conversación giran a menudo alrededor del regreso al realismo en el arte. Recalca Bucalo-Mussely:

“Giacometti toma distancia con el surrealismo de André Breton y se dedica de nuevo a la representación de la figura humana a partir de modelos. Es sobre la representación de la cabeza y del cuerpo que concentra todos sus esfuerzos. Henry Moore cuenta que en mayo de 1937 visitan juntos el taller de la rue des Grands Augustins en el que Picasso está trabajando sobre Guernica. Los tres artistas hablan del problema de la representación ‘de la realidad y de la ficción en pintura’. Picasso parece burlarse de sus invitados y se muestra sarcástico calificando el tema de ‘obsesión del momento’. ”

Agrega la cocuradora de la muestra:

“Picasso rehúsa someterse a las convenciones artísticas de la pintura de historia para realizar Guernica.”

Está convencido, dice, de que el realismo de esa pintura radica más en la expresión de sentimientos de desesperanza y de ira de los personajes que en la representación fiel del tema. Esa obra tiene tanta resonancia en Giacometti que 10 años más tarde se inspira del grito de los hombres y de las mujeres sufridos de Guernica para su obra Tête sur tige (Cabeza sobre vástago).

El “ojo” de Giacometti también tiene importancia para Picasso, que no vacila en preguntarle su opinión, y –más inédito aún– que toma en cuenta esa opinión, según cuenta Françoise Gilot en su libro Vivir con Picasso.

La pintora y nueva musa del malagueño, quien compartió su vida de 1943 a 1953, refiere varias anécdotas al respecto. Destaca una: Picasso pregunta a Giacometti qué le parece La femme en robe longue (La mujer con vestido largo), una de sus esculturas en gestación. Sin dudarlo un segundo, Giacometti dictamina:

“La cabeza es buena, pero no hay que dejar el resto tal y cual. Alcanzar el albor mismo de la obra me parece más importante que aprovechar un logro fortuito. Es mejor deshacerse de un accidente afortunado y trabajar hasta que la obra acabada tenga la pureza de su fuerza generadora.”

Pierre Daix, amigo cercano y biógrafo de Picasso, también señala que las esculturas de Giacometti nutren su reflexión sobre su propio trabajo. Cita inclusive al Maestro:

“Con Giacometti la escultura es lo que queda cuando la mente se olvidó de todos los detalles. Él crea una cierta ilusión de espacio que encuentro muy distinta de mi propia concepción, pero nadie antes de él pensó en esa forma. Él introduce realmente un nuevo espíritu en la escultura.”

La cabeza de Picasso

En 1941 Giacometti escribe a su madre:

“Picasso quiere que haga su cabeza, ya empecé un poco…”

Pero la guerra interrumpe su trabajo durante tres años. “Atrapado” en su Suiza natal, Giacometti no puede volver a París mientras que Picasso se queda en Francia.

De regreso a la Ciudad Luz, en 1945, Giacometti reintegra su minúsculo taller de la rue Hyppolite-Maindron y vuelve a trabajar sobre el busto de Picasso. Los dos artistas se buscan más que nunca y juntos se sumergen en la bulliciosa vida intelectual y artística de la posguerra. Frecuentes son sus encuentros en los hoy míticos cafés de Saint Germain con Simone de Beauvoir, Jean Paul Sartre, Albert Camus, Balthus, Marie Laure de Noailles, Jean Genet. Más frecuentes aún son las tardes que pasan los dos solos en el taller del uno o del otro.

Escribe Giacometti a su madre en 1946: “Ayer pasé tres horas en el taller de Picasso. Él acaba de hacer nuevos dibujos muy bellos. Se muestra muy amistoso conmigo y me invita a visitarlo cada vez que se me antoje. Me dice que su casa es mi casa.”

Giacometti vuelve a trabajar sobre la escultura de Picasso que Pierre Matisse, hijo de Henri Matisse, quiere exponer en su galería de Nueva York. No le gusta cómo va la obra. La cabeza lo satisface pero el busto mismo lo atormenta. Necesita nuevas sesiones de pose con Picasso, pero éste abandona París para irse a vivir al sur de Francia en 1948.

Giacometti guarda su busto en un rincón del taller… Nunca más lo volverá a trabajar.

Hoy no queda huella alguna de la obra inacabada y sólo sobreviven frágiles esbozos de la cabeza de Picasso dibujados con lápiz que Catherine Grenier expone en …diálogo de dos Maestros.

La ruptura

La pequeña ciudad de Vallauris, a la orilla del Mediterráneo en la que radica Picasso, no está tan lejos de París, pero cada artista se abstrae en su propia creación y sus contactos escasean. Sin embargo, no es la distancia la que explica su drástica ruptura en 1951.

Según Françoise Gilot, en 1950 Giacometti manifiesta su deseo de ser representado por Daniel-Henry Kahnweiler, poderoso marchante de arte y dueño de la galería Louise Leiris a la que pertenece Picasso.

La política de Kahnweiler es muy singular: son sus artistas los que deciden quién entra en la galería y quién no. Se reúnen, debaten y votan. Picasso se opone en forma categórica a la integración de Giacometti. Peor aún, no justifica su decisión. Sólo dice: “No quiero. Me cae bien como amigo pero no quiero que esté en la galería”. La discusión entre artistas dura seis meses. Gana Picasso.

James Lord, escritor, crítico e historiador de arte norteamericano, amigo y biógrafo de Picasso y Giacometti, asegura que la ruptura se hace efectiva un año después, cuando éste visita al primero en su casa de Golf-Juan Vallauris en noviembre de 1951.

Según Lord, Picasso acusa a Giacometti de ser distante con él y de comportarse como un “mal amigo”. Enfurece Giacometti. Gritos e insultos recíprocos. Giacometti sale de la casa de Picasso cerrando la puerta con violencia.

Fin de la historia.

Los elogios recíprocos no tardan en convertirse en críticas acerbas. Fuerte fue la amistad. Amargo es el desencanto.

Giacometti no vacila en calificar las pinturas de Picasso de “bellos carteles” y cuenta al fotógrafo suizo Ernst Scheidegger que escondía algunas de sus obras cuando Picasso visitaba en su taller para “proteger” sus últimas creaciones. Diego Rivera y Max Ernst también referían lo mismo.

Scheidegger es el autor de dos libros sobre Giacometti, uno de fotos de su taller, L’atelier d’Alberto Giacometti (1963) con un texto del escritor y dramaturgo francés Jean Genet, y otro de memorias, Traces d’une amitié (Huellas de una amistad), publicado en 1991, en el cual habla de su relación de 30 años con el artista. En ese último libro el fotógrafo se dice convencido de que Picasso “estaba secretamente celoso de Giacometti, el único entre sus examigos que no le manifestaba una admiración incondicional”.

Pasa una década. En 1961, la renombrada revista cultural suiza Du: kulturelle Monatsschrift decide publicar una edición especial para celebrar los 80 años de Pablo Picasso y solicita colaboraciones a todos sus amigos artistas y escritores. Giacometti participa con un extraño rostro femenino de perfil garabateado con un bolígrafo azul en un papel de vitela hoy amarillento. Y con el mismo bolígrafo escribe una misteriosa dedicatoria: Pour Picasso. Pourquoi ce dessin, ça je ne sais pas. (Para Picasso. Porqué ese dibujo, eso no lo sé.)

Amigos comunes ofician como mensajeros entre los dos examigos. Confía Picasso a Michel Sapone, tallador de piedra que trabaja con los dos artistas, que considera a Giacometti como el “mejor escultor de la época”. Giacometti por su lado menciona en varias oportunidades el “genio de Picasso”. Pero no alcanzan a reconciliarse antes del fallecimiento, en 1967, de Giacometti.

Seis años más tarde, en 1973, muy poco tiempo antes de su muerte, Picasso confía a un amigo suyo, Jean-Claude Noël, que de ser posible le encantaría volver a ver a dos personas: André Malraux y Alberto Giacometti.

Esta reseña se publicó en la edición 2102 de la revista Proceso del 12 de febrero de 2017.

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