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México en la política exterior de Trump

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Un mes después de que Donald Trump tomara posesión, se advierten contrapesos que ya hicieron mella en su política exterior. El más evidente es una decisión de la Corte de Apelación de San Francisco: suspendió el decreto presidencial que paralizaba –durante 90 días– la entrada de ciudadanos de siete países de mayoría musulmana a Estados Unidos, además de congelar durante cuatro meses la llegada de refugiados. El fallo fue un acto independiente que ilustra bien la importancia de la división de poderes en el sistema político estadunidense.

Desde otro ángulo, miembros de su gabinete ya ratificados –como el canciller, Rex Tillerson, y el general John F. Kelly, de la Agencia de Seguridad Interna– han influido para modificar o matizar declaraciones desafortunadas del magnate, por ejemplo, las que lanzó respecto del alto costo para Estados Unidos del paraguas nuclear sobre Japón, o la imprudente decisión de tener conversaciones con Taiwán, con lo que rompió la política tradicional de reconocer a una sola China.

La visita del primer ministro japonés, Shinzo Abe, tuvo lugar en un ambiente de enorme cordialidad y no se puso en duda la colaboración en materia de seguridad entre Estados Unidos y Japón. Asimismo, la oficina de la Casa Blanca prometió al chino Xi Jinping que se mantendrá la política de una sola China; según trascendió, ésa fue la condición del dirigente chino para aceptar una llamada telefónica de Trump.

Hay otros cambios significativos, como la posición más crítica respecto de los asentamientos israelíes en territorios ocupados y la actitud más cautelosa sobre la posibilidad de echar por tierra el acuerdo sobre el programa nuclear de Irán. Tales ajustes permitieron que la Institución Brookings, uno de los centros de pensamiento más influyentes de Washington, señale que se transita hacia el conocido cambio entre los pronunciamientos de campaña y la conducción de la política exterior de manera más institucional.

Desafortunadamente, en el caso de México dichos cambios no han tenido lugar. Así se constató durante el encuentro del primer ministro canadiense, el carismático Justin Trudeau, y Trump, cuando el último se refirió innecesariamente a los problemas que tiene en la frontera sur.

Diversos motivos explican los obstáculos para avanzar hacia una relación más amable con México. En primer lugar, los compromisos de Trump con su electorado sobre asuntos que conciernen a nuestro país fueron los más numerosos de toda su campaña. Amurallar a Estados Unidos sigue formando parte de su discurso porque responde muy bien a los anhelos del electorado blanco y xenófobo que lo llevó al poder. Aunque muchos no lo vemos y quisiéramos que no existiera, un sector numeroso de la sociedad estadunidense anhela un muro que lo separe de México. Esa facción también aborrece el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) porque, según cree, roba empleos y produce un déficit para su país.

Otro motivo que dificulta hacer ajustes positivos en la relación con México es el carácter excepcional de los lazos que unen a los dos países. Esa excepcionalidad es evidente en la manera en que ocurre la integración productiva en materia de manufacturas, la intensidad del movimiento laboral hacia Estados Unidos de millones de trabajadores mexicanos y, cabe recordar, el hecho de que México se encuentre dentro del perímetro de seguridad nacional de Estados Unidos. Todo ello contribuye a que en esa nación el vínculo con México sea visto, frecuentemente, como un asunto doméstico y no de política exterior.

El triunfo en la elección presidencial de aquella parte de la sociedad estadunidense que no simpatiza con México, encabezada por un personaje inclinado a la agresividad, rompió el sentimiento de confort que proporcionaba a empresarios y gobierno mexicanos la existencia del TLCAN. En otros campos, como el de la seguridad y los trabajadores indocumentados, las tensiones y falta de confianza siempre estuvieron presentes; sin embargo, tales diferencias no afectaban el buen ambiente de la relación en su conjunto.

Dada la nueva situación política estadunidense, las decisiones que se tomen sobre el futuro de la relación serán de enormes consecuencias. Está en juego la posibilidad de que México mantenga campos de maniobra para defender sus intereses nacionales o profundice su vulnerabilidad, lo cual haría imposible la defensa de los mismos.

Hasta ahora, los acercamientos del gobierno de Peña Nieto con la nueva administración estadunidense se han caracterizado por un estilo conciliador que aspira a una relación “respetuosa y constructiva”. La responsabilidad de emprender esa tarea se concentra no en un equipo sino en una persona: el secretario de Relaciones Exteriores, Luis Videgaray. Poco se sabe sobre el grupo de expertos que lo acompaña. Por lo que ha trascendido en la prensa, se privilegian los contactos personales con familiares del presidente Trump. Por lo demás, se ha considerado innecesaria una política de comunicación hacia la ciudadanía para informar, por ejemplo, sobre los resultados de la segunda visita de Videgaray a Washington. Los comunicados al respecto de la Secretaría de Relaciones son escuetos y claramente insuficientes Se obtiene más información a través de las entrevistas que ofreció el canciller a cadenas televisivas en Estados Unidos, como CNN o MSNBC.

La falta de una narrativa convincente que vaya desglosando objetivos, estrategias, costos y logros en el acercamiento al gobierno de Trump es una de las debilidades más evidentes del camino seguido por Enrique Peña Nieto. No hay un discurso que concite el apoyo de grupos amplios de la sociedad mexicana a los objetivos que se fijen para la relación con Estados Unidos. Al no existir ese discurso, los intentos de movilizar a la población para expresar su agravio por los mensajes humillantes de Trump a los mexicanos han sido un fracaso. La falta de claridad respecto de las causas a defender en una marcha explica los resultados tan limitados de las que se llevaron a cabo en diversas ciudades del país el domingo 12.

Por esos y otros motivos a los que ya me referí en colaboraciones anteriores, es imposible conseguir el apoyo ciudadano al diálogo que mantienen los representantes de Peña Nieto con la nueva administración estadunidense; la indignación hacia su gobierno y la falta de confianza en Videgaray son los sentimientos dominantes. Combatir esos sentimientos requeriría el golpe de timón que Peña Nieto no tiene la posibilidad de dar. Sin embargo, o justamente por ello, es muy importante que legisladores, comentaristas de medios de comunicación, académicos y figuras relevantes de la vida nacional sigan atentamente la evolución de los acontecimientos y hagan sonar la señal de alarma si los acuerdos que se desean establecer con Estados Unidos afectan negativamente el futuro del país.

Este análisis se publicó en la edición 2103 de la revista Proceso del 19 de febrero de 2017.

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