Derecha dividida, izquierda unida

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Una de las grandes debilidades de la izquierda en el mundo, y en particular en México y América Latina, ha sido su tendencia a la división y los pleitos internos. Las fuertes convicciones y la pluralidad ideológica de quienes militan en movimientos progresistas, combinados con las infiltraciones y las cooptaciones desde el poder, producen un caldo de cultivo ideal para la generación de constantes debates y conflictos. Esta situación convierte a este tipo de movimientos en sumamente vulnerables a los ataques electorales, sociales y represivos desde el Estado y los poderes fácticos.

En contraste, la derecha suele caminar unida. El dinero y el negocio de la impunidad son sus grandes lubricantes. Entre personas sin principios pero con grandes ambiciones no hay división ni berrinche que no pueda resolverse con un cañonazo de miles de dólares. Y la profunda red de complicidades entre los integrantes de la mafia no permite a nadie confrontar con demasiada fuerza a su adversario, so pena de ser expulsado del paraíso de la protección del poder.

Sin embargo, actualmente en México nos encontramos en una situación excepcional, en que la izquierda camina unida mientras la derecha se deshace en mil partes.

La fallida marcha Vibra México constituyó un excelente botón de muestra de la descomposición de la derecha. En 2004 un grupo de convocantes muy similar al de Vibra México logró sacar a docenas de miles de personas a las calles (vestidas de blanco) para protestar en contra del gobierno capitalino de Andrés Manuel López Obrador –y supuestamente a favor de una mejor seguridad pública en la Ciudad de México. Muchas de esos convocantes, como María Elena Morera e Isabel Miranda de Wallace, después revelarían su sesgo ideológico al respaldar las fallidas políticas de Felipe Calderón, que empeoraron la inseguridad y condenaron al país a un baño de sangre.

Hoy, 13 años después de aquella marcha, menos de 10 mil personas respondieron a la nueva convocatoria. Y quienes aportaron la verdadera “buena vibra” no eran los convocantes de derecha, sino quienes desobedecieron la consigna de comportarse de manera “respetuosa” con el gobierno de Enrique Peña Nieto y prefirieron cargar pancartas llenas de expresiones de repudio tanto para Donald Trump como para el presidente mexicano.

La marcha se dividió en dos partes. De un lado de la valla –en torno al Ángel de la Independencia– se colocaron los seguidores de Miranda de Wallace, quien tuvo que salir corriendo debido a las expresiones de repudio en su contra. Del otro lado caminaron –por separado– cada uno de los convocantes a la también llamada “Marcha por la Unidad”, con lo que demostraron la gran desconfianza y división que existe entre los mismos grupos convocantes.

Mientras, figuras tan cuestionadas como Bernardo Gómez, Denise Dresser, Héctor Aguilar Camín, Claudio X. González, María Amparo Casar, Leo Zuckermann, y Chumel Torres asistieron a la marcha, pero muy pocos ciudadanos siguieron su ejemplo. La desconfianza generalizada en las instituciones públicas y los partidos políticos ya ha alcanzado también a las figuras de la sociedad civil supuestamente “puras” e “independientes”.

En contraste, del lado izquierdo del espectro político, la sociedad se une cada vez más con el proyecto y el movimiento de López Obrador. Docenas de miles de personas, de una variedad de agrupaciones sociales y partidos políticos, han acudido a cada una de las plazas públicas que ha visitado el tabasqueño para firmar su adhesión al Acuerdo político de unidad por la prosperidad del pueblo y el renacimiento de México con miras hacia 2018.

El PRD se desfonda de una manera estrepitosa y la farsa de las candidaturas “independientes” cada vez se hace más evidente. En cambio, el presidente del partido Morena ha sido la única figura política capaz de llenar el enorme vacío de di­rección y poder resultado del abandono de todo principio democrático por parte del go­bier­no de Peña Nieto y los partidos del Pacto por México.

Todos ahora quieren pasarse a Morena. El reto central para la izquierda, entonces, ya no es cómo construir la tan anhelada unidad, que ya es un hecho, sino cómo evitar la desviación del movimiento hacia las agendas de la misma mafia del poder que busca combatir.

En otras palabras, ¿cómo evitar que Morena se convierta en otro PRD? ¿Cómo mantener la firme independencia del partido de quienes roban y asesinan al pueblo?

En primer lugar, para los cargos y las responsabilidades habría que dar prioridad siempre a los líderes sociales y comunitarios, y entre ellos, preferentemente a los jóvenes y las mujeres que puedan acreditar su compromiso con sus sectores o comunidades, por encima de los vividores que solamente se dedican a saltar de un puesto a otro. En otras palabras, habría que ejercer una clara “acción afirmativa” a favor de los líderes naturales y los nuevos cuadros.

En general, todas las personas con expedientes limpios que quieran sumarse al movimiento deberían ser bienvenidos, pero tendrían que entrar con humildad para apoyar a quienes ya han dedicado años de sus vidas a la construcción del partido. En lugar de esperar sentados como burócratas de partido a que se les regale el siguiente puesto, tendrían que formarse en la fila y ponerse a trabajar con las bases para demostrar su compromiso con el proyecto de transformación nacional.

La tarea de construir un partido democrático, digno y honesto será posible si los militantes y los líderes logran poner sus propios egos al lado, aunque sea por un momento, para permitir que los principios de generosidad y de sacrificio determinen el futuro del instituto político que ya se prepara para tomar las riendas del poder en 2018.

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Twitter: @JohnMAckerman

Este análisis se publicó en la edición 2103 de la revista Proceso del 19 de febrero de 2017.

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