Fake!

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En 1973, Orson Welles tituló así un documental sobre las muchas capas de la falsificación. Su interjección, ahora que la usan tanto el presidente de los Estados Unidos como su secretario en México, Luis Videgaray, contiene una pregunta paradójica: Si la falsificación nunca es descubierta, ¿es entonces algo real? Welles cuenta la historia –reporteada, novelada y llevada al cine varias veces– de Clifford Irving y Elmyr de Hory. Irving, un famoso periodista de la revista Time-Life que descubre, en 1968, al más grande falsificador de arte europeo de la historia, De Hory. El falsificador, creyendo que el periodista lo ensalzará en una biografía pactada, y el reportero fingiendo ser su amigo para sacar una confesión, le sirven a Welles para reflexionar sobre qué es la verdad y qué la mentira en nuestra cultura.

La historia de ambos personajes parece, de por sí, inventada: De Hory, un húngaro que vendió más de un millar de pinturas falsas –que no firmaba– de impresionistas y cubistas –muchos Picassos– termina descubierto en Ibiza, donde vive del salario de sus manejadores, dos estafadores belgas, Legros y Lessard, y, antes de ser extraditado para enfrentar un juicio por falsificación, decide suicidarse en 1976.

Irving, por su lado, célebre por haber desenmascarado al más grande falsificador de obras de arte, decide convertirse él mismo en uno: en 1971 le inventa a la editorial McGraw Hill y a la revista Time que Howard Hughes, el magnate norteamericano de la aviación al que nadie ve desde 1958, le está dictando su autobiografía. Con un anticipo de 800 mil dólares, falsifica cartas con la letra de Hughes e imita su voz en decenas de grabaciones de las supuestas memorias. Cuando el verdadero Hughes se entera, desmiente todo en una llamada telefónica cuya autenticidad tampoco es confirmada. Irving, además de regresar el dinero, pasa 17 meses en la cárcel por falsificación.

Pero en FAKE!, Orson Welles va más allá al hermanarse con sus personajes: habla del engaño detrás de su célebre transmisión de radio de La Guerra de los Mundos (1938), basada en la del otro Wells, H.G., y asegura que la despampanante mujer que hemos visto al inicio del documental caminando por las calles de un pueblo francés, dejando a los transeúntes sin aliento, es la nieta de Emyr de Hory y una de las amantes de Picasso. La película termina ahí, mientras Welles sonríe de su travesura: ¿qué de lo filmado es verdad y qué mentira? ¿Quién es esa mujer? Él jamás lo aclara.

Además de que me apasiona, traigo a colación esta historia de Orson Welles por la supuesta cruzada de los poderosos contra lo que llaman fake news, es decir, lo engañoso o simulado en los medios. Trump llamó incluso “deshonestos” al New York Times, al Washington Post y a la cadena CNN, tanto por las filtraciones de la relación de sus más cercanos con Rusia, como por los comentarios colados de su conversación telefónica con el presidente de México.

Hay algo del término salinista –“política ficción”– al tratar de desacreditar como “invento” lo que perjudica mis propios planes. Acusar al otro de mentiroso, no lo hace a uno veraz. Luis Videgaray lo intentó. El presidente Peña lo hace todos los días: “No estamos en crisis. Es sólo incertidumbre”. Pero nadie les cree. Esto se debe a que, aun antes de ser desmentido, lo falsificado entra al territorio de lo real mediado por algo que los ciudadanos tenemos como arma: la sospecha. Si algo suena a verdadero –por ejemplo: que Trump haya amenazado con una invasión militar a México y que su mandatario haya sólo atinado a balbucear– es la sospecha la que actúa, sin importar los desmentidos.

Dice Ricardo Piglia, al que siempre cito y no es sólo por el velo de desdén que en México tuvo su muerte, que los lectores modernos, al leer el inicio del Quijote –“En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme”– sospechan como si se tratara de una novela policiaca: ¿Por qué no quiere acordarse? ¿Qué hizo ahí, que se arrepiente? ¿Es él el asesino?

La sospecha es el inicio de la crítica como la credulidad es el de la obediencia. Todos leemos y escuchamos con esa inicial suspicacia, desde los discursos de Trump hasta El Ingenioso Hidalgo. El asunto es si lo dicho entra en el terreno de lo verosímil, si el pacto entre público y el que afirma es o no confiable, si importa más lo que leemos y escuchamos o de qué manera lo hacemos. En la sospecha hay algo muy valioso: quien señala o asegura algo es juzgado desde antes de que lo haga. En ese juicio invisible entra en juego el lugar simbólico desde donde se toma la tribuna. Por eso los desconfiables acusan a los desconfiados de “deshonestos”, de “actos criminales” (Trump contra el NYTimes o Maduro contra la CNN), de “mentes interesadas sólo en desacreditar”.

El historiador de nuestras variadas formas de lectura, Robert Darnton, le salió al paso, desde el New York Review, a las descalificaciones de Trump con la narrativa de lo “falso” en las noticias. Después de acreditar que la propia directora de imagen del presidente, Kellyanne Conway, inventó una supuesta masacre en Ken-tucky “por dos refugiados iraquíes” para justificar las recientes medidas contra los indocumentados, Darnton nos cuenta la historia de los términos con los que nos referimos a lo incomprobable, comprometedor, o desacreditante.

Una de las primeras, en el siglo VI, es la “anécdota”, título del libro del historiador Procopio donde coleccionó los epi-sodios privados más vergonzosos del emperador Justiniano, a quien había elogiado en su mandato. “Pasquín” proviene del intento de Pietro Aretino –al servicio de la familia Medici– por desacreditar a todos, salvo a uno, de los candidatos a ser Papa en 1522. Eran sonetos que él mismo repartía al pie de la estatua de Pasquino, en la Plaza Navona de Roma.

Pero el mayor desarrollo de estas noticias alternativas –“filtraciones”, les llamaríamos hoy en la era de Snowden– ocupó el siglo XVIII en Francia. Se les llamó “patos” –canard– porque podían caminar sin una dirección fija. En el argot mexicano se les llama “borregos”, justo por lo contrario: alguien los echa a andar y unos se dejan llevar por los otros.

Los “patos” franceses se alimentaban de la lejanía de los poderosos. Se refirieron casi siempre a sus delirantes gustos, prácticas indecibles, costumbres sexuales, tonterías confesadas en salones exclusivos. Su “puerquito” –para continuar con el lenguaje de las granjas– fue María Antonieta, sus frivolidades faraónicas, el desconocimiento de los sufrimientos del pueblo, su desdeñosa crueldad. A quienes imprimían estas hojas, la policía los tildaba de nouvellistes, y eran perseguidos por “alimentar el odio de clase entre los franceses”. Considerados, como ahora a la CNN, “criminales”, los impresores optaron por ponerle a sus textos una leyenda: “La mitad de este texto no es comprobable”. Era responsabilidad del lector escoger cuál mitad.

Es en esa leyenda en la que se encuentra el meollo de la sospecha: es el lector, el público, quien decide su propio nivel de suspicacia. Como sucedió hace unos días –que hoy ya parecen décadas– con la marcha Vibra México: es fácil desconfiar de una protesta convocada por quien ha llamado a las protestas “actos vandálicos” o les ha respondido con el consabido “ya pónganse a trabajar”.

Pero la desconfianza no es responsabilidad del desconfiado, es de quien lo convoca a confiar, tras una retahíla de descalificaciones. No fueron los “patos” los que provocaron la Revolución francesa y la ejecución de María Antonieta en 1793. Fue el hecho de que la monarquía se había deslindado a tal grado de los pobres. Sin importar si era o no desmentida, para el pueblo pobre de París fue creíble la respuesta de la reina cuando se le advirtió:

–El pueblo ya no tiene para comer ni un pan, su Majestad –le dijeron brincando de su carroza a las puertas de Versalles.

–Pues que coman pasteles –dicen que respondió.

Se podría dudar de que esa respuesta fuera verdadera o falsa. Jamás del hambre de quienes la creyeron.

Esta columna se publicó en la edición 2103 de la revista Proceso del 19 de febrero de 2017.

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