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“Los Católicos” y la fe de Vicente Leñero

CIUDAD DE MÉXICO (proceso.com.mx).- En la contraportada del nuevo libro presentado este sábado en la Sala Adamo Boari del Palacio de Bellas Artes, por Ediciones Proceso: Los católicos. Vicente Leñero en torno a la fe, con prólogo de Armando Ponce e introducción de Miguel Mier Maza, leemos las siguientes palabras de Ignacio Solares para esta edición:

“En pocas obras de escritores mexicanos se advierte tanto como en la obra de Vicente Leñero la propensión totalizadora que anida en la mejor ficción: esa voracidad con que pretende tragarse el mundo, la historia presente y pasada, las más grotescas experiencias del circo humano, las voces más contradictorias y transmutarlas en literatura. Ese apetito descomunal de oírlo todo, de abrazar la vida entera en una fina narración o en un valiente testimonio periodístico, tan infrecuentes en un medio donde más bien imperan el susurro y la timidez.

“El centro de este libro son las pláticas que tuvimos un grupo de amigos que nos reconocíamos a partir de nuestra fe en Jesucristo. Estela Leñero, su mujer y gestora de estos encuentros, convocó a seis matrimonios para compartir nuestra experiencia”.

Se incluyen además testimonios de otros entrañables amigos con los que Vicente Leñero estuvo muy unido, y con quienes también compartió sus experiencias profesionales y espirituales (Javier Sicilia, Eduardo Garza Cuéllar, Alicia Molina, Myrna Ortega, Francisco Prieto, Ricardo Solar, Analú del Valle Prieto Rebollar , Alejandro Anreus, José Ramón Enríquez, Luis de Tavira, Andrea Salinas , Mariana Leñero, y el propio “Nacho” Solares).

Armando Ponce, coordinador de la sección cultural de Proceso y moderador en la mesa redonda, contempló en su texto un par de párrafos de la reseña sobre Los Católicos, que el destacado ensayista Juan José Reyes, querido discípulo de Leñero, entregó al semanario para el número que aparece este domingo 26 de febrero, por sintetizar “perfectamente el espíritu de la obra”:

“Los lectores de este libro, armado merced al amor y la inteligencia de Estela Franco, irán descubriendo poco a poco cómo los tiempos de Vicente ocuparon zonas distintas, bien diferenciadas, cuando se trató de hacer el registro de las cosas del mundo, es decir, de hacer una literatura donde cuenten sobre todo lo conjetural, la certeza de que del todo nunca se conoce nada, una literatura en la que ‘la vida que se va’ se halla a sí misma en la búsqueda sin fin de lo que es cierto”.

Los textos que ha reunido Estela Franco, esposa de Vicente, psicoanalista, impulsora y animadora con él de las reuniones de Los Católicos, servirán de base firme para la biografía del novelista y periodista jalisciense que no ha de tardar en escribirse. Leñero es el centro de gravedad y el faro guía de las pláticas, en las que se trataban inevitablemente los temas de la terca actualidad de toda hora y a las que volvía sin falta el asunto interminable de Dios y la fe.

Con motivo de la presentación del libro de Ediciones Proceso Los Católicos. Vicente Leñero en torno a la fe, –con ilustración de portada por Isabel Leñero Franco, y diseño de Julia Bolaños leñero– ofrecemos para nuestros lectores el prólogo al volumen de 205 páginas, escrito por el coordinador de la sección cultural de este semanario y moderador del evento, Armando Ponce y Padilla.

Prólogo a “Los Católicos”

Este es un libro testimonial sobre la fe de Vicente Leñero.

Ha sido integrado pacientemente por Estela Franco con los reportes personales de cada uno de Los Católicos, grupo que se reunió mes con mes a lo largo de 15 años en unas catacumbas contemporáneas, para decirlo de alguna manera. Sus miembros hubieron de confinarse inevitablemente en la necesidad vital de religarse a la herencia de sus antepasados, de no desligarse así porque sí de la creencia de sus mayores.

Se llegaron a llamar a sí mismos así, Los Católicos, cuando ya fueron siendo un conjunto más amplio, pero siempre en una dimensión humana donde la esencia fue la conversación cercana, el intercambio de ideas libres, la comunión para expresarse en torno a la búsqueda de la causa suprema del ser aquí y de un mundo más allá.

Todo comenzó con una pareja, la de Estela Franco y Vicente Leñero, quienes desde su noviazgo compartían la fe católica. Cuando se casaron, en 1959, la relación se ahondó alrededor de la noción divina. En una primera instancia no les bastó el orden cristiano que, a su entender, había invertido de algún modo la propia jerarquía eclesiástica: lo primero, sospechaban, no era el amor, la comprensión y la fe, sino la riqueza, la autoridad. Pero también los escandalizaba una realidad social, económica y política donde imperaban la violencia, la usura, el crimen, y no la solidaridad. El mundo –compartían– había extraviado el valor humano:

¿Dónde estaba Dios, dónde estaban ellos, qué había que esperar de uno y de otros? En una palabra, ¿qué era, hoy, ser un cristiano?

Cumplidas a cabalidad sus aspiraciones, cuando novios, para dedicarse a la psicología y a la literatura, esas fueron las preguntas permanentes de la pareja en el curso de su largo matrimonio, y un buen día, cuando Estela concluyó la novela El Bautista, de Javier Sicilia, ambos decidieron invitarlo a conversar. A la reunión, hace más de 15 años, éste llegó con su entonces esposa Cocó, y estuvieron además la cuarta hija de los Leñero-Franco, Mariana, con su marido Ricardo Solar, ateo, recién casados, y el dramaturgo católico y comunista José Ramón Enríquez.

Para suplir las ausencias de estos tres últimos, que se fueron a vivir a otras ciudades, se integraron después los escritores Francisco Prieto y su esposa Alicia Molina, al igual que su colega Ignacio Solares –quien había escrito el prólogo a otro libro de Sicilia, *El profeta*– y Myrna Ortega, promotora cultural, su mujer. Más adelante el filósofo Eduardo Garza Cuéllar, con su compañera Analú, coach organizacional. Y el mismo Javier Sicilia, de nuevo, quien tras su divorcio se hizo acompañar de su pareja Isolda Osorio.

Esa evolución del grupo la vamos a leer como apertura en palabras de Estela Franco gracias al detallado relato concedido como entrevista a su hija mayor, también Estela (como ella, y también dramaturga como su padre) y a la colega de ésta, Elvira Cerón. Será el preámbulo –“Mi vida con Vicente”– de este libro que concibió Estela Franco para testimoniar aquellas reuniones que se dieron cada mes o cada dos meses en distintas casas de los amigos desde 1999.

El objetivo central de los encuentros informales de Los Católicos no era otro: Hablar de Dios. Si había un solo rigor en esas agradables comidas, aunque se hablara de variados temas, era no dispersarse sobre la experiencia personal y las ideas que cada uno de ellos tenía o iba teniendo acerca de la divinidad. Esa, refiere Estela, era “la consigna”.

“Se trataba de compartir (dialogar, debatir, discutir, pelearse) sobre la relación de la fe con la literatura, el dinero, el periodismo, las noticias…”, escribe Eduardo Garza Cuéllar.

“Todo fluía sobre lo que pensábamos y nos enfocamos más al tema de Dios con mucho cariño”, relata Estela; pero en ocasiones, por tratarse de reunión libre y de abordar tópicos poco ortodoxos, dada la condición de Vicente Leñero como escritor connotado y periodista de altos vuelos, giraban también por ahí. Por eso, ella misma acota:

“Precisamente este libro recoge las experiencias de todos ellos con Vicente y es una manera de reconocer la parte íntima y humana de él”.

Sicilia lo testimonia así en el texto escrito para estas páginas, donde evoca el acercamiento directo de Estela para invitarlo a la primera reunión:

“Yo tengo para mí que esa necesidad no era únicamente suya (de Vicente), sino de Estela y de él, de esa profundidad espiritual que habían compartido y profundizado juntos a lo largo del tiempo, y que se expresaba, bíblicamente hablando –‘dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su esposa y serán una sola carne’ (Gn.2:24)– como una sola voluntad”.

En efecto, fuera de ahí Vicente Leñero no se enfrascaba en disquisiciones religiosas para hacer proselitismo, pero sí para impugnar a la jerarquía eclesiástica. Ahora que este año Seix Barral inauguró la Biblioteca Vicente Leñero (la editorial catalana que le concedió en 1963 el Premio Biblioteca Breve por su novela Los albañiles, primera presea internacional otorgada a un narrador mexicano), aparecieron en su primera emisión varios libros suyos, entre ellos Redil de ovejas, presentada así: “Contada de manera documental, colectiva, Redil de ovejas estudia un momento tenso en la historia reciente de la fe católica: la necesidad de renovarse frente a los retos del mundo actual, de dejar atrás concepciones medievales para adoptar un verdadero humanismo”.

Y es que jamás mezcló literatura y religión en el sentido de que descartó tajantemente la denominación de “escritor católico”, si bien transparentó como nadie en nuestras letras, eso sí, los conflictos a los que desemboca una falsa religiosidad, aunque en su vida cotidiana no hacía juicios de valor.

Cuando Estela Franco me invitó a prologar este libro sentí la necesidad de agradecérselo con una simple justificación para mí mismo, pues durante más de dos décadas de tratarlo día con día en la revista Proceso – la sección cultural a mí encomendada estaba adscrita a él como subdirector–, jamás lo escuché juzgar, intentar humillar a alguien o implantar una verdad. La nota distintiva que más me llamó la atención de él fue su rechazo al autoritarismo.

Y por ello traeré a cuento aquella memorable conversación hace un par de décadas en que él y Julio Scherer hablaron públicamente de Dios, a instancias del fundador y director entonces de Proceso. Era una comida de cumpleaños del reportero Miguel Cabildo en el amplio jardín de su casa por los rumbos de Tepepan. Habíamos alrededor de treinta compañeros, cuarenta personas en un día espléndido. Ante la pregunta de Vicente sobre por qué no creía en Dios, Scherer fue tajante:

-Porque no me hace falta.

A su vez, Leñero dijo:

–Para mí es como la sangre que corre por las venas.

Sí, un libro testimonial, porque intenta preservar la memoria de un aspecto desconocido de Vicente Leñero, el íntimo sobre su religiosidad, pero también en la intentona de transmitir una fe, si atendemos a la convicción profunda de Estela por convocar a todos Los Católicos a escribir su muy personal visión de las reuniones, incluso a personajes que nunca asistieron, como Luis de Tavira, o al amigo epistolar del escritor, el pintor cubano Alejandro Anreus radicado en Nueva York.

El 3 de diciembre de 2014 se fue Vicente Leñero. La comunidad cultural del país lo despidió cariñosa, emotivamente en el lobby del Palacio de Bellas Artes. A dos años de su partida, todos los escritos que el lector va a encontrar aquí fueron hechos como aceptación de la amorosa convocatoria de Estela Franco para evocar su participación en esas conversaciones. Por ello, de una u otra manera, hay innumerables referencias a Vicente Leñero como escritor y como periodista, pues esas eran sus herramientas cotidianas, según se dijo.

Pero la tabla de salvación de Vicente, en la intimidad, era la permanente búsqueda de Dios: Preservación de la memoria, transmisión de una fe.

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