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Vicente Leñero: los caminos de la fe

Discípulo entrañable de Vicente Leñero, el ensayista Juan José Reyes (Ciudad de México, 1955), fundador y director de la revista Cultura Urbana, de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, a petición de este semanario escribió la siguiente reseña sobre el volumen “Los católicos”. Vicente Leñero en torno a la fe (Ediciones Proceso), en vísperas de su presentación el sábado 25 en la Sala Adamo Boari del Palacio de Bellas Artes, por los autores literarios Alicia Molina, Francisco Prieto e Ignacio Solares, la promotora cultural Myriam Ortega, y el filósofo Eduardo Garza Cuéllar.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Las cosas de Dios parecen cosas de otros tiempos. Y lo son siempre, en un sentido esencial. Están aquí, en los negocios del mundo, en la pura, intrincada, infinita actualidad, y a la vez hacen y habitan la eternidad y los misterios y sus sombras y sus luces. Cae uno plenamente en cuenta de esto delante de hombres como Vicente Leñero, en el que coinciden los tiempos que transcurren y se agitan, se recuerdan, se prevén, se escriben, se imaginan, y los tiempos que son uno, todos los tiempos, tiempos verdaderos.

Leñero fue un escritor formidable, como saben todos sus lectores, curioso, afortunado tejedor de historias que buscan revelar las invencibles capas de todos los secretos. Poseyó además, sin alarde ni alharaca, un natural amor y sentido del idioma, el cual para él pareció siempre un río imparable y calmo, transparente incluso en sus reiterados remolinos: una prosa nacida para contar, urdir historias, señalar las verdades probables mediante la manifestación de las simulaciones, coartadas, mentiras finas o torcidas. Fue Vicente Leñero un hombre de fe y muy probablemente esa naturaleza suya hizo que su voz fuera segura y húmeda a la vez, una voz que hacía juego con sus ojos: daban calor y abrían todas las ventanas a los aires de todas las preguntas.

Recuerda Armando Ponce, prologuista de “Los católicos”. Vicente Leñero en torno a la fe, que Leñero “descartó tajantemente la denominación de ‘escritor católico’”. Los lectores de este libro, armado merced al amor y la inteligencia de Estela Franco, irán descubriendo poco a poco cómo los tiempos de Vicente ocuparon zonas distintas, bien diferenciadas, cuando se trató de hacer el registro de las cosas del mundo, es decir de hacer una literatura donde cuenten sobre todo lo conjetural, la certeza de que del todo nunca se conoce nada, una literatura en que la vida que se va se halla a sí misma en la búsqueda sin fin de lo que es cierto.

Los textos que ha reunido Estela Franco, esposa de Vicente, psicoanalista, impulsora y animadora con él de las reuniones de “Los católicos” ocurridas durante más de quince años, servirán de base firme para la biografía del novelista y periodista jalisciense que no ha de tardar en escribirse. Leñero es el centro de gravedad y el faro guía de las pláticas, en las que se trataban inevitablemente los temas de la terca actualidad de toda hora y a las que volvía sin falta el asunto interminable de Dios y la fe.

A su alrededor y al de Estela se dan aquellas horas de convivencia en que se juntan –al decir del poeta y novelista Javier Sicilia– “al inicio… los dramaturgos José Ramón Enríquez y el finado Víctor Hugo Rascón Banda” para luego integrarse con amistosa fraternidad “Los católicos”, con “Ignacio Solares, Myrna Ortega, Francisco Prieto, Alicia Molina, Ricardo Solar, Mariana Leñero, María del Socorro Ortega; después, cuando Ricardo y Mariana partieron a vivir a Miami y yo [Javier Sicilia] me divorcié de Cocó, Eduardo Garza, Analú del Valle Prieto e Isolda Osorio”: “a veces”, sigue Sicilia, “teníamos un retiro con el padre Miguel Mier, misionero del Espíritu Santo, amigo de Estela y mi director espiritual”. El grupo se reuniría “cada dos meses para comer y compartir la fe. El tema era Dios y nuestro común catolicismo”. Y de los integrantes de estas reuniones son los textos de recuerdo y gratitud de este volumen.

Vicente Leñero jamás hizo proselitismo ni ocultó sus creencias. Fundamentalmente, y esto se transparenta en cada uno de los textos congregados en el libro, desplegó la entraña de aquellas creencias en la vida diaria, entre los otros, a los que habrá amado del modo más genuino concebible: intentando comprenderlos, sonriendo a veces con malicia, buen sentido del humor, acompañándolos en sus aventuras y lamentando sus quebrantos. Una vez le conté que días antes había desayunado yo con su amigo Miguel Ángel Granados Chapa. Dio una fumada fuerte a su Marlboro blanco y me preguntó “cómo lo viste”. Respondí. Se habían encontrado no hacía mucho, y apuntó Vicente: “Le toqué un hombro. Le dije que qué podía hacer por él”. “Rezar.” “Y desde ese día me he puesto a orar”.

Las dramaturgas Estela Leñero (hija de Vicente y Estela) y Elvira Cerón han entrevistado a Estela Franco. El resultado es “Mi vida con Vicente”, un texto que perfectamente condensa emoción, amor, nostalgia, alegría, dolor, fe. Estela Franco da a conocer aspectos propios, personales de su esposo en la vida de todos los días, su disposición al trabajo, su amor y respeto en el trato conyugal, y en el paternal (en relación con sus cuatro hijas) y, quizá especialmente, su relación con Dios, su modo de vivir la fe y de mirar la religión, su religiosidad (“Él llevaba una vida cristiana pero no lo manifestaba verbalmente. Decía, muy curioso: “Yo escribo para no hablar”).

Aparece en esta parte del recuerdo de Estela Franco un punto central en la vida de Leñero: su relación con Iván Illich –el teólogo y sacerdote austríaco, crítico agudo y sostenido de las prácticas educativas, industriales, comerciales, médicas de la sociedad nuestra, que fundó en los sesenta en Cuernavaca el Centro Intercultural de Documentación, censurado más tarde por el Vaticano y por Luis Echeverría– y, luego de alguna reticencia (“siempre los obispos eran ‘los obispos’”, apunta Estela), con Sergio Méndez Arceo, con el que, recuerda de nuevo Estela, “nos interesamos mucho por la Teología de la Liberación y nos empapamos del tema”.

A Vicente Leñero le encantaba conversar. Era muy bueno contando y era insuperable escuchando. Dueño de un optimismo a toda prueba, confió siempre en que la buena fe y la justicia vencerían todo ademán de mezquindad de parte de los otros. Agradecía a su interlocutor mediante su interés y su generosidad y también, desde luego, mediante la plática que desplegaba, a menudo poblada de revelaciones, de secretos o de anécdotas insólitas o graciosas. Uno se explica por todo esto que haya preferido charlar los viernes en las oficinas de Proceso con Méndez Arceo que iba de visita que seguir frecuentándolo, a don Sergio y a Iván Illich, como una suerte de “acólito de curas”. Apunta Estela: “Vicente siguió un camino religioso de manera más solitaria y se desarrolló mucho en el conocimiento teológico”.

Interesado vivamente en los postulados y los conceptos de la Teología de la Liberación, Leñero, junto a Estela, lee años después “uno de los libros que más nos influyó”: La ola en el mar, de Willigis Jäger, “que confirmó nuestra separación de la Teología de la Liberación y nos acercó a una forma más espiritual y filosófica de vivir la religión”, recuerda su esposa. Más adelante encontramos en “Los católicos”, en el hermoso texto emocionado de Javier Sicilia, palabras que refuerzan lo apuntado por Estela:

“Cuando, por fin, hacia los últimos años de su vida se acercó a la mística, no lo hizo por el lado de san Juan de la Cruz ni de santa Teresa: mucho menos del de los flamencos y alemanes que los antecedieron. Lo hizo, en cambio, a través de Willigis Jäger, monje benedictino alemán, influido profundamente por el budismo zen, y su libro… que después de leer con Estela nos regaló a todos en una comida. Sospecho que la mística de Jäger, ecuménica y ajena a una doctrina ideológica, casaba muy bien con su visión no ideologizada y anticlerical del Evangelio.”

En un texto conmovedor Mariana Leñero Franco, participante con su esposo Ricardo Solar en las actividades de “Los católicos”, evoca la amorosa relación con su padre, y da cuenta además del espíritu reinante en las sesiones del grupo:

“No quiero que los recuerdos nebulosos del pasar de los años provoquen que olvide o cambie alguna percepción de lo que sucedía en esas reuniones, pero sí me trae una sonrisa a la boca recordar cómo invariablemente, al finalizar las reuniones, Nacho Solares bromeaba con mi papá sobre Ricardo y decía: ‘Esta vez tampoco lo logramos convertir, Vicente, y creo más bien que va a tener más razones para no creer’. Porque… se valía de todo: opinar sobre la propia fe o la ausencia de la misma; sobre las barbaridades que hace la Iglesia y las bondades de seguir siendo parte de ella en una diferente dimensión.”

A Ignacio Solares lo ha entrevistado para este libro Myrna Ortega –autora de una hermosa “Carta a Vicente Leñero” incluida también en el volumen–. Colega, Solares fue durante largos años amigo y discípulo afortunado de Leñero en los tres campos en que los dos se desenvolverían con brillo singular: el periodismo (los años de Claudia, y en el auténtico Excélsior, el de Julio Scherer, el tiempo compartido en Revista de Revistas, y en el Diorama, los años más recientes de la Revista de la Universidad), la literatura (el deslumbramiento iniciático del jovencísimo Solares ante Los albañiles, la revelación de las vidas y las voces en la ciudad literaria, el descubrimiento de autores y de puntos tangenciales entre las letras y la religión…) y el teatro (en la obra de Leñero Solares halla abundantes y ricas vetas religiosas).

El conjunto de “Los católicos” da una idea plena de cómo vivió la fe Vicente Leñero y a la vez suscita el vivo sentimiento de la comprensión con aquel hombre que siempre estará al lado nuestro.

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* Juan José Reyes ejerció la crítica literaria principalmente en El semanario cultural de Novedades, del cual fue jefe de redacción, y ha sido colaborador de diversos medios, entre ellos Nexos, Letras Libres y Proceso. Fundó y codirigió la revista Textual. Autor de Cuestión de suerte.

Este texto se publicó en la edición 2104 de la revista Proceso del 26 de febrero de 2017.

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