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La resistencia de la rebelión

Para Ernesto López Portillo, un resistente

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Si algo caracteriza a nuestra época es, como lo mostró Albert Camus, la ausencia de futuro. El mal se instaló en la historia para siempre y borró el horizonte. El cristianismo, que responde al mal con el anuncio de un reino y de la vida eterna después de la muerte, ya no tiene la fuerza del consuelo. A lo largo de 2 mil años de sufrimiento y de injusticias, la esperanza y la fe se gastaron y el ser humano se quedó solo frente a ellos. En el fondo, las víctimas, las multitudes de migrantes, los pueblos y las culturas arrasadas en nombre del capital, son multitudes sin Dios. El hecho mismo de que la promesa cristiana de justicia y de curación esté más allá de la historia, no alivia ya a las víctimas que sufren y mueren en ella.

El materialismo histórico y la teología de la liberación, que intentaron acercar ese más allá, han perdido también esa fuerza. Semejantes al cristianismo tradicional, sus promesas, envueltas en crímenes y horrores, anuncian la redención para un porvenir histórico que, aun si se lograra, está cerrado para las víctimas que, al haber perdido a un ser querido, nunca la tendrán. “¡Si no se salvan todos –clamaba Iván Karamazov–, para qué la salvación de uno solo!”. Después de esos grandes metarrelatos sólo nos quedan el presente y las vidas de aquí y de ahora siempre amenazadas por la imbecilidad del mal.

Frente a ello, la única respuesta es, como lo mostró también Camus, la rebelión. A diferencia de la revolución, que nace de una idea de futuro y que en su nombre también mata, tortura y forma parte del mismo mal; a diferencia también de la resignación que lo acepta bovinamente en nombre de una promesa que está más allá de la historia presente, el rebelde toma la defensa de los seres de aquí y de ahora, y se resiste a aceptar que se asesine y se destruya en nombre de cualquier poder, de cualquier reino o de cualquier mañana. No cree en el futuro, porque cree en el presente. Es en él y sólo en él donde vive y viven seres como él, donde la vida está y debe defenderse.

La rebelión es así un acto de amor por lo real y concreto. Delante de un futuro cerrado e inexistente, es decir, de una ilusión que la persistencia del mal ha desen­cantado, el rebelde rechaza cualquier promesa de salvación que tenga que pagarse con la injusticia y la opresión del presente. “Atrapado –escribe Camus– entre el mal humano y el destino, entre el terror y la arbitrariedad, sólo le queda la fuerza de la rebelión para salvar del sufrimiento y de la muerte a quienes pueden ser salvados todavía”.

Su consigna es, por lo tanto, un “no” perentorio, el “no” que se dice cuando alguien, como Las Patronas, da de comer a los migrantes, cuando alguien se levanta para oponerse a la Ley de Seguridad Interna que legalizará los crímenes de las Fuerzas Armadas, cuando alguien detecta una fosa clandestina y obliga al gobierno a identificar los cuerpos y a entregarlos a sus familiares, cuando alguien protege a otro de ser violentado o lo abraza para consolarlo de una pérdida irreparable, cuando se construye un dique de resistencia civil fraterno y solidario; en síntesis, cuando alguien, en nombre de la vida misma, va al encuentro de otro aquí y ahora. Esos actos de rebelión, que son actos de resistencia, no terminarán con el mal ni con la imbecilidad, pero, al darle todo al presente, rescatan el futuro en él.

Camus eligió como emblema de esa rebelión sin futuro, la figura de Sísifo. Sísifo, que pretendió robarles la inmortalidad a los dioses, fue castigado a subir por la eternidad una roca hasta la cima de una montaña sin lograrlo nunca. Ese esfuerzo sin recompensa constituye para Camus no sólo la dignidad del que resiste, sino su propia felicidad: la de defender la vida, a pesar de todo.

Para mí, que sigo siendo un cristiano, pero sin ideología clerical, ese emblema continúa siendo el de Cristo y su testimonio de amor: Lo imagino, escribí en mi novela El deshabitado, “avanzar trastabillante bajo el sol del mediodía, escarnecido, aferrado a la cruz y a su conciencia, ajeno a la esperanza. El grito que pronunciará unas horas después (…) –“Padre, ¿por qué me has abandonado?” – es contundente.

Sin embargo, aferrado a algo que ya no sabe qué es, que carece de cualquier sustento en la realidad, Jesús continúa avanzando (…) Sabe ahora con toda su carne la magnitud insondable de la miseria del mal. Ella, que está en las víctimas por las que siempre se interesó, ha caído sobre él igual de absurda, de injustificable y atroz. No obstante continúa avanzando. Impotente y rebelde sabe que esa realidad que lo aplasta y constituye su fracaso consuma, al mismo tiempo, su victoria: aferrado a su cruz, pero sin dejar de amar, es superior a su destino, es más fuerte que el mal.

En ese espantoso momento donde sólo habitan la tortura, la burla, la soledad, la muerte y el silencio de Dios, su amor, que no devuelve un gramo de odio, reitera el no que mantiene la vida. Su fidelidad al amor, como un molino que moliera en el vacío, es todo: no una justificación ni una promesa, sino una respuesta, una relación con una presencia inefable. Sabe, en medio de su fracaso, que cada esfuerzo que hace para sostenerse en ella basta para mantener el sentido y la dignidad sobre la irracionalidad y el absurdo”.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a José Manuel Mireles, a sus autodefensas y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales y abrir las fosas de Jojutla.

Este análisis se publicó en la edición 2104 de la revista Proceso del 26 de febrero de 2017.

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