Édgar González, entre el influyentismo y la gloria

El Clásico Mundial de Beisbol arranca esta semana. El representativo mexicano será dirigido por Édgar González, quien jugó en Grandes Ligas y en 2015 tuvo una muy buena temporada como manager de Águilas de Mexicali. Pero en el mundo del diamante no hay consenso respecto de su designación. Se afirma que sus méritos son pocos y que llegó al cargo gracias a su hermano Adrián, uno de los mejores peloteros en la historia del país. Además, un error de Édgar en 2013 eliminó a México del torneo que hoy empieza.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- El 7 de marzo de 2013, Édgar González se echó hacia atrás para tratar de atrapar la pelota que Anthony Rizzo bateó hacia el jardín izquierdo. La bola golpeó el guante del mexicano y cayó al terreno de juego. En lugar de convertirse en el segundo out de la novena entrada de aquel partido ante Italia que México ganaba 5-4 en el Clásico Mundial de Beisbol (WBC), el error provocó una derrota 5-6. La prensa linchó a Édgar González, hermano de Adrián González. Lo acusó de no tener más méritos que ser familiar de un jugador estrella de las Grandes Ligas.

Édgar González es ahora el manager de la Selección nacional que disputará la cuarta edición del WBC. Sus pininos como piloto de una novena los hizo en 2015 con el club Águilas de Mexicali, en la Liga Mexicana del Pacífico. Fue distinguido como manager del año. Semanas después, la Federación Mexicana de Beisbol (Femebe) lo eligió para guiar al representativo azteca en el Preclásico Mundial que se disputó hace un año.

Con todo y que calificó al WBC, las críticas veladas aparecieron. ¿Qué méritos tiene el hermano de Adrián González para ser manager? Era la pregunta que rondaba en los corrillos. El otro hermano, David, fungió como coach de primera base. Los González se apoderaron de la novena tricolor, se murmuraba. Son el capricho y condición de Adrián para ser seleccionado nacional.

Édgar González sabe de estos cuestionamientos. Ha sido criticado por los jugadores que elige y también por los integrantes de su staff de coaches.

El manager de 38 años cuenta que hace no mucho platicó con un pelotero mexicano que juega en Grandes Ligas. Prefiere omitir el nombre. Pero recuerda el reclamo: “¿Por qué tu hermano escogió el equipo para el Clásico Mundial de 2013?”.

“Le expliqué que fue él junto con otros jugadores. Lo hizo porque el teniente Alonso Pérez (expresidente de la Femebe, ya fallecido) se lo pidió. Y también me reclamó: ‘¿Por qué estabas tú jugando en el jardín izquierdo?’ ‘Porque me pusieron’ (el manager Rick Rentería). Y siguió: ‘¿Y por qué tienes ese staff de coaches para este Clásico Mundial, por qué no tienes a otros peloteros que juegan en México?’.

“Le agradecí que me cuestionara. Lo respeto porque me lo dijo en la cara, es mejor eso que quienes hablan detrás de mí porque hay rumores y negatividad. Él no me conoce, como muchos, no saben cómo pienso. Le expliqué mis razones. No me presiona que me critiquen ni tampoco a mis hermanos, porque estoy seguro de que lo que hago es para lograr el objetivo de ganar, de entregar un buen resultado”, expresa.

Inevitablemente, a Édgar González lo acompaña el nombre de su hermano menor: cada vez que lo mencionan –antes como pelotero, ahora como manager– la alusión termina con la misma frase: es el hermano de Adrián González. A Édgar lo eclipsa Adrián. Lejos de incomodarse se llena de orgullo. Así son los González. Se criaron juntos en los campos de beisbol y se protegen los unos a los otros.

Édgar tiene además el cuero muy duro. Se le curtió durante los nueve años que brincó de un equipo a otro en las Ligas Menores hasta que en 2008 llegó a Grandes Ligas. Los Padres de San Diego, donde ya jugaba Adrián desde hacía dos temporadas, lo subieron al primer equipo. Las dudas, sin evidencia, aparecieron. Qué casualidad que llegaron al mismo equipo, se dijo.

“No me afecta que me digan hermano de Adrián González. Yo sé quién soy. No necesito que la demás gente sepa quién soy ni que me den gloria. Estoy muy orgulloso de mi hermano menor y de lo que ha hecho.”

En la edición 2017, curiosamente, México volverá a enfrentar a Italia en el primer partido del grupo D, este jueves 9. Después se medirá a Puerto Rico (sábado 11) y a Venezuela (domingo 12). Jugar ante los italianos no significa nada para González. No hay deudas por saldar.

“Los errores son parte del juego. Yo ni jugaba como fielder (jardinero). El manager me puso en esa posición porque no había lugar en el cuadro para mí, pero como había estado bateando muy bien no me podían sacar del line up. Yo hice todo para agarrar esa bola. Se me cayó. Prefiero, ahora también como manager, que me digan las críticas y no que las piensen. Yo había estado en Grandes Ligas y ya había jugado en Japón. Jugaba al nivel de muchos que estaban en el equipo. Si no hubiera merecido estar en la selección yo mismo me hubiera ido. Pero sé que sí merecía estar ahí.”

–Has llevado esa sombra durante cuatro años y como manager tendrás todos los reflectores encima, ¿sientes la presión? –se le pregunta.

–No hay un reto al que le voy a tener miedo. No tengo ninguna espina clavada. El error me pasó y se acabó. Prefiero que me haya pasado a mí y no a otro jugador. Eso me prepara para cuando uno de mis jugadores pase por ese momento. Voy a saber cómo decirle: “Calma, hay otro día mañana. Mañana serás el héroe”.

“Yo tomaré mis decisiones, pero ellos tienen que ejecutar lo que digo. En el terreno ganan los que juegan. Me estoy preparando con todo lo que tengo. Sabré escuchar a mis coaches que sé que me van a cuestionar y no a decirme que lo estoy haciendo bien si no es cierto. Por eso los tengo, para que me digan la verdad. ¿El resultado? Pierdo los tres juegos y me critican. ¿Qué tiene? Ya me criticaron con el error y por miles de cosas más. Pueden hablar lo que sea de mí. Estoy seguro de mí mismo. Mientras que mis intenciones sean buenas, yo estaré bien.”

Desde abajo

Édgar fue siempre el más flaco de los González. Tenía unas manos muy finas para fildear, era explosivo y corría rápido. Pero medir 1.77 metros y pesar 64 kilos antes de entrar a la universidad no era precisamente el cuerpo de un prospecto. Nunca pensó alcanzar ese nivel. Jugaba beisbol por gusto, porque compartía el campo con sus hermanos y su padre. No se le olvida que en las ligas pequeñas de Tijuana se ponchaba casi siempre. Sus coaches le pedían que mejor no hiciera swing, que dejara pasar la pelota a ver si al menos se embasaba con base por bolas.

Tenía como 11 años el día que con su bat encontró la pelota. La puso contra la barda. La sensación lo motivó a seguir, aunque sabía que no era un pelotero sobresaliente; bueno a secas, si acaso. Cargó con eso toda su infancia. Sentado en la banca. Entrar de repente a tomar un turno. Cuando ingresó a la preparatoria su familia se mudó a San Diego. Luchaba todos los días por mejorar. Pero nada. Era flaco, flaco. Un palo.

Entró a la Universidad de San Diego State. Pidió la oportunidad de jugar con el equipo de beisbol y le dijeron que sí. Vieron que tenía fuerza, que tenía manos rápidas, que para el cuerpo que tenía le pegaba lejos a la bola. Tenía facultades, pero estaba flaco. “Vas a entrenar, pero no vas a jugar nunca”, le advirtieron. Todos sus compañeros eran más grandes y fuertes que él. Su padre, David González, un empresario dedicado a la industria de los aires acondicionados, no escatimó recursos.

“Mi papá nos contrató un entrenador del Comité Olímpico de Estados Unidos que nos entrenaba a las 5:30 de la mañana. Me decía: ‘Ustedes están entrenando ahorita y casi ninguna persona con la que van a competir hace esto. Haces cosas que los demás no hacen. Las haces cuando nadie te está viendo”. Nos enseñó la dedicación. Con las pesas, Adrián explotó. Yo empecé a crecer y ésa es la razón por la cual pude jugar beisbol profesional.”

El resultado fue tan efectivo que Édgar González consiguió una beca en la universidad. Pero su último año fue pésimo con el bat. Se acercaba la fecha del draft y no tenía la más pálida esperanza de que lo firmaran. Por su casa desfilaban los scouts de los equipos de Grandes Ligas. Adrián iba a ser la selección número uno de Estados Unidos.

Recuerda a su mamá diciéndole a los scouts que se fijaran en él, pidiendo que lo invitaran a un try out. Ninguno le hacía caso. Sólo Craig Weissmann de Tampa Bay quiso verlo. “Bateé muy bien, pegué home runs lejísimos, corrí más rápido que todos las 60 yardas, tiré muy fuerte desde el jardín derecho. La diferencia entre el jugador uno y el tres es una milésima.

“Son las pequeñas diferencias para que te den una oportunidad. ‘¿Firmarías?’, me preguntó Craig. ‘Por la cantidad que sea’, respondí. Me agarraron en la ronda 30 a cambio de mil dólares. Yo era como un relleno en el roster. Diario, antes que todos llegaran, yo estaba en las jaulas de bateo. Aprendí a batear hasta que llegué a ser profesional.”

Un scout le advirtió que para llegar a un equipo de Grandes Ligas, alguien como él –firmado en la ronda 30– tenía que ser extraordinario. Los peloteros contratados en las primeras rondas, en los que se invierten millones de dólares, tienen mejores posibilidades. Si un jugador de primera ronda batea .280 otro, como Édgar, está obligado a batear .350 para que lo volteen a ver. Durante nueve años fue consistente con el bat y nada. Pasó de equipo en equipo.

En 2003, Édgar González estaba con Bakersfield Blaze, el equipo Clase A Alta de Tampa Bay. Pasaba los días en la banca. Apenas sumaba .240 de promedio de bateo y no tenía ni un home run. Tomó valor para hablar con el jefe del equipo. Le pidió que lo pusiera a jugar. A cambio, le prometió, sería el mejor jugador del equipo.

“Sé lo que puedo hacer. Yo soy mejor que todos los que tienes aquí. Si me juegas voy a batear .300. Me dijo que no. Le dije: ‘No sabes de lo que estás perdiendo’. Al día siguiente jugué. Me ponché cuatro veces, cometí tres errores y al tirarme de cabeza por una bola me zafé el hombro. Todo eso después de que le dije que soy el mejor del equipo. Después del cuarto ponche estaba con la cabeza agachada, agüitadísimo en el dugout. El coach de pitcheo, que se supone que no sabía nada de la conversación, se me acercó y me dijo: ‘¿300? ¡Qué madres vas a batear 300!’ Le grité, me gritó. En medio del juego me fui a mi casa. Dije: ‘Se acabó el beisbol para mí’.

“Ese día me hinqué y le dije a Dios: si el beisbol ya no es para mí, por favor quítamelo, prefiero que me dejen ir. Pero si es para mí, ábreme las puertas. Al día siguiente regresé. No pasó nada. Me empezaron a rehabilitar el hombro. No pude jugar en tres semanas. Cuando regresé, un compañero se lesionó. Me tocó jugar. En el último mes y medio batee .490, pegué nueve home runs. Hice pedazos la liga. Terminé bateando .300, exactamente lo que le dije. Y el coach de pitcheo me felicitó. Me dijo: ‘Lo lograste’.”

El día que su agente John Boggs lo llamó para informarle que los Padres de San Diego lo subieron a Grandes Ligas no sólo fue el mejor día de Édgar González. Boggs lloró de la emoción y Adrián también. Ocurrió lo impensable. Y González se unió al equipo, que en ese momento estaba de gira en Chicago, donde enfrentaban a los Cachorros en el Wrigley Field.

Adrián González se encargó de que el debut de su hermano fuera inolvidable. Por Chicago lanzaba el venezolano Carlos Zambrano. Se jugaba la séptima entrada y San Diego perdía 11-0. En su turno al bat, Zambrano conectó hit y se estacionó en la primera base. Adrián le dijo al oído que en la siguiente entrada Édgar entraría a batear. Le pidió que le lanzara una recta para que diera su primer hit. Zambrano aceptó.

“En el dugout Adrián me dijo: ‘ya te lo preparé. Zambrano te va tirar puras rectas, ponte listo. Llegué a batear con hombre en segunda base. Me pasó la primera recta. Se le mueve mucho la bola a Zambrano y tira muy duro. Lanzó otra recta, pegué hit por en medio del campo y empujé la carrera. Zambrano volteó a la primera base donde yo estaba y se bajó la gorra, en señal de que hizo eso por mi hermano.”

En Grandes Ligas, Édgar participó –entre 2008 y 2009– en 193 partidos. Promedió .255 con el bat, conectó 11 home runs y empujó 51 carreras en 478 turnos oficiales.

“Esos números son de un buen pelotero. Los hice saliendo de la banca. Cuando pude jugar todos los días bateé .300. Estoy feliz con mi carrera. Cuando tenía 10 años le decía a mi mamá: ‘Voy a jugar para los Padres’. Adrián le decía lo mismo. O sea, lo que yo había dicho que íbamos a lograr, se cumplió. A base de trabajo y con la ayuda de Dios.”

En 2014, a los 36 años de edad, Édgar González se despidió de los diamantes. Era su segunda temporada con Iowa, el equipo Triple A de los Cachorros de Chicago que en 2013 lo contrató como coach-jugador. Le avisó a los directivos que no jugaría más y en el avión que lo llevó de regreso a su casa escribió para sí mismo todo lo que haría como manager, su nuevo proyecto en el beisbol.

Aquellos apuntes se convirtieron después en un libro de 135 páginas que escribió inspirado en los niños. Es un texto con anécdotas y con historias que vivió en el terreno de juego. Cree que compartirlas ayudará a los pequeños a transitar de forma más amigable entre las espinas que él se enterró.

El lado fuerte

Con los Cachorros de Chicago, Édgar se reencontró con una vieja pasión: los números. De niño tenía una memoria fotográfica, capaz de recordar las estadísticas de las tarjetas de los peloteros de Grandes Ligas. Era tan bueno con las matemáticas que en la escuela lo ponían con niños más avanzados.

Estaba en el equipo perfecto para desarrollar ese talento. En 2011, Theo Epstein se convirtió en el presidente de Operaciones de Beisbol de los Cachorros. Con una combinación balanceada de estadísticas y factor humano, Epstein logró que Medias Rojos de Boston ganara la Serie Mundial en 2004, después de 86 años.

En 2016, con la misma fórmula, Epstein, junto con Jed Hoyer, gerente del equipo, guió a los Cachorros a su primer título de Serie Mundial después de 108 años. No es magia ni alquimia. Se le conoce como sabermetría. Es el análisis del beisbol a través de evidencia objetiva, es decir, de estadísticas que González aprendió a interpretar desde 2013.

Durante el WBC, Édgar echará mano de las estadísticas, que le ayudarán a hacer el line up, decidir quién será el pícher abridor en cada juego y a cuantificar cuánto aporta cada pelotero al equipo.

Este reportaje se publicó en la edición 2105 de la revista Proceso del 5 de marzo de 2017.

Acerca del autor

Estudió Ciencias de la Comunicación y Letras y Literatura Hispánica en la UNAM. Fue reportera de información general en los noticieros Monitor de InfoRed. Desde 2000 ha sido reportera y conductora de deportes en distintos medios radiofónicos y televisivos. Actualmente estudia la Maestría en Periodismo y Asuntos Públicos en el CIDE.

Comentarios