“El Inmóvil”, en memoria de Pimpo

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Tres personas se encuentran en el departamento que han comprado, pero se dan cuenta que han sido víctimas de un fraude inmobiliario. El vendedor de bienes y raíces se los ha vendido a los tres y ha desaparecido con el enganche que cada uno le depositó.

Un callejón sin salida es lo que plantea Juan Carlos Vives, autor, director y actor de esta obra. Es una situación absurda que se convierte en una realidad apabullante, no sólo en la ficción que plantea el autor, sino en nuestro país, donde el riesgo de ser engañados está en cada oportunidad o posibilidad de transacción.

El Inmóvil fluctúa entre el absurdo y la realidad, entre tres personajes comunes y corrientes y personajes inverosímiles; la comedia y la farsa sumidos en esta realidad en la cual el espectador se va adentrando progresivamente hasta descubrir los secretos que cada uno de ellos guardan. Mildred, Flora y Pablo se confrontan y buscan estrategias para salir exitosos de esta competencia voraz por quedarse con el departamento. Las razones por las que lo quieren son diferentes, pero de vital importancia: Mildred está entregada al esoterismo, Flora se dedica a dar fisioterapia, y Pablo es un vendedor de cocinas. Ninguno de ellos sobresale por su inteligencia, pero sí sufren por las decisiones que han tomado, viven lamentándose o buscando un nuevo comienzo y cargan con un pasado del que no pueden desprenderse.

Hay situaciones cómicas que invitan a la risa o tragedias interiores vividas por los protagonistas. Los actores sacan adelante sus personajes. Emma Dib, en el papel de Mildred, sobresale por su creencia escénica y el trabajo minucioso para articular el entramado de su personaje; Juan Carlos Vives da vida a un Pablo colérico y apocado, mañoso y simplón; mientras que Guadalupe Damián nos presenta a una Flora gris y sin matices.

El autor, para irnos develando cada una de las historias, hace que los actores interpreten a otros dos personajes más con los que revivir momentos críticos o dolorosos que explican el comportamientos de cada uno, y por lo que los actores se vuelven versátiles. Desafortunadamente, el también director utiliza la simultaneidad en el decir, haciendo que dos actores hablen al mismo tiempo, lo cual resulta molesto y monótono para la concurrencia. No ayuda el constante deambular de los personajes, temiendo, equivocadamente, que la inmovilidad puede apoyar la expresividad sutil y de contenido del personaje.

El diseño del espacio de Raúl Castillo es sintético y lo construye con un armado metálico que insinúa lo que serían las habitaciones, y en donde los personajes imaginan, desde perspectivas diferentes, la forma en que lo arreglarían. Es un acierto el manejo de los cuatro frentes por parte del director así como el concepto del espacio escénico. Los actores resuelven y proyectan esas paredes y puertas que sólo están en su imaginación y dentro de las cuales deben moverse.

Las historias de cada uno de los personajes son hilarantes y trágicas a la vez. El autor las va entrelazando y mezcla la situación del presente con los hilos del pasado, dándonos una visión cada vez más completa del personaje. Hace evidentes los juegos de poder y el chantaje desesperado buscando, siempre, quedarse con el departamento.

Juan Carlos Vives es un creador teatral prolífico y en constante búsqueda que celebra, con esta puesta en el Foro la Gruta, el noveno aniversario de su Compañía Búho Grande.

Esta reseña se publicó en la edición 2106 de la revista Proceso del 12 de marzo de 2017.

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