“La Belleza”, una historia macabra y emotiva

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- ¿Cuáles son las razones por las que uno se enamora, se apasiona, se obsesiona? ¿Es la belleza un ingrediente fundamental? ¿Cuáles son los parámetros para determinar lo bello?

Julia Pastrana es una mujer que vivió en el siglo XIX y fue tratada como un monstruo, mostrándola en los circos como la “mujer mono”. La compró un estadunidense de nombre Theodor W. Lent y se casó con ella. ¿Amor, interés, perversidad? La relación de Julia y Theodor tiene diversas formas de observación en la obra teatral de David Olguín, La Belleza, que se presenta en el Teatro el Milagro.

Al empresario de circo no se le condena, se le muestra. Es contradictorio y apasionado. Es avaro y negociante, al mismo tiempo que está obsesionado por la rareza de esa mujer por la cual vive económica y emocionalmente. Exaltación de la rareza, principal causa de su amor.

David Olguín escribe y dirige la obra de teatro basándose en hechos reales y con libertad en la recreación e interpretación del caso Julia Pastrana, sinaloense con pelo en todo el cuerpo, doble fila de dientes y rasgos simiescos los de su cara. Su anomalía genética la nombran hipertricosis lanuginosa, pero su dueño, su amo y amante, quiere afirmar que es el eslabón perdido. La liga entre humano y simio. Se incorpora a Darwin como personaje que niega rotundamente esa posibilidad, a pesar de que el empresario quiere aumentar el cartel con qué anunciarla.

Otros personajes deambulan en el escenario, interpretados con versatilidad por el actor Emmanuel Varela. Él es también Florita Wonder, la mujer de tres senos, el enano Tom Thumb que compite y taladra el orgullo de Theodor, y el Profesor Sokolv que lleva la empresa de embalsamar a Julia y a su hijo apenas nacido. Estos personajes, El Otro, acompañan a la relación del matrimonio, se meten en la mente del estadunidense, son su reflejo, lo que lo atormenta y orilla a la desolación.

Laura Almela interpreta con maestría a Theodore W. Lent, un trabajo interior poderoso que transmite el torbellino de emociones que van pasando por este personaje materialista y autoritario, enamorado, obsesionado y con una energía que despliega a borbotones. A Julia Pastrana la interpreta Mauricio Pimentel con un delicado trabajo de movimiento sin buscar la transformación de género. Es lo que es, un hombre barbado y tosco, pero en femenino. Silenciosa, sometida, angustiada y triste. Introspección que contrasta con el desparpajo de Marie Bartel, otra mujer barbuda que aparece al final del espectáculo.

La puesta en escena de La Belleza, es sobria y exquisita, tanto en la dirección escénica de Olguín como en el diseño de la escenografía e iluminación de Gabriel Pascal. Estamos tras bambalinas viendo el foro con piso de madera y al fondo las velas que iluminan el espectáculo de la “mujer mono”. Atrás –en lo que es el proscenio para el que mira– vemos a la pareja relacionándose cuando no hay función, o a los frikies con los que negocia el empresario de circo o cae un telón que permite espacios más íntimos; los de la mente.

Con La Belleza nos trasladamos a una historia macabra y emotiva que nos permite transitar del plano conceptual al real, de la ficción al insólito caso de Julia Pastrana. Los valores éticos sobre los personajes son eliminados y es el espectador el que se debate ante lo que está viendo. Una belleza, La Belleza de David Olguín.

Esta reseña se publicó en la edición 2108 de la revita Proceso del 26 de marzo de 2017.

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