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Björk, los trinos del divino abedul

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- La cantante islandesa Björk, cuyo nombre en lengua escandinava significa “abedul”, se presentó anoche en el Auditorio Nacional cuando llevó a 10 mil personas hacia un ritual para olvidarse de los problemas del mundo, bajo la magia de su voz y la orquesta que la acompañó.

Este ambiente se reforzó, luego de que en las pantallas laterales del coloso de Chapultepec apareciera la consigna que a petición de la intérprete viking, se solicitaba no tomar fotografías ni videos durante el show, ya que “esto distrae al artista y a las personas alrededor”.

Un respeto generalizado invadió al foro de Reforma con sus fans, que dejaron en oscuridad al recinto y quienes, por esta vez, guardaron los celulares. De este modo, concentrados, admiraron los trinos de la divina Björk, quien apareció a eso de las 20:44 horas, sin mayor parafernalia a nivel producción.

Una orquesta de cuerdas que la cobijaba formando una media luna fue parte del formato escénico que se centró en su figura, mientras ella emergió con una de sus ritualísticas máscaras, que le cubría prácticamente su rostro con un diseño de extravagantes líneas que la hacían ver como un hada bendecida por la diosa Frejka.

Con singular vestido blanco de cortes amorfos y un pequeño espejo al centro de su pecho, también estilizó su encantadora presencia cautivando a los reunidos.

Stonemilker fue el tema con el que dio apertura al programa que se extendió dos horas y donde retumbaron los sonidos de los chelos y violines.

Lionsong, History of Touches y Black Lake formaron parte del repertorio. En algunas ocasiones, entre cada canción se escuchaban exclamaciones declarando su amor a la celebridad nórdica, en tanto ella daba gracias en español.

La noche continuó con Family y NotGet, viéndose a una Björk derrochando su carácter teatral de miradas profundas ocultas, con tambaleantes movimientos corporales acercándose tímidamente hacia el enfrente del escenario y el público mexicano que contenía las aclamaciones hasta el final de cada corte.

Cerca de las 21:30 horas llegó el intermedio y se prolongó por media hora, tiempo en que Björk cambió de vestuario y brotó al foro esta vez con una minifalda blanca y dejando ver la gran plataforma de sus zapatos del mismo tono nevado.

Para este segmento utilizó un antifaz que relampagueaba como rayos de Thor en las tinieblas y que asemejaba una corona extensa entre fulgores blanquizcos de su vestimenta. Así hizo ver su figura entre un espectro y un ser angelical, mostrando su arte de tierna sensualidad.

Aurora, I’ve Seen It All (de la película del danés Lars von Triers Bailando en la oscuridad) y Jóga prosiguieron en este pasaje sonoro, que rápidamente envolvió a la audiencia hipnotizada que mantuvo esa disposición entre la devoción y la serenidad acumulada en un solo espacio.

Después siguió con Bachelorette, Quicksand y Mouth Mantra, instantes en que presentaba a su orquesta, para terminar su recital con The Anchor Song y Pluto.

En el Auditorio Nacional, totalmente lleno, los devotos asistentes se pusieron de pie y desbordaron los vítores entre emotivos aplausos y gritos de satisfacción.

Así concluyó la catarsis de una noche musical que sólo Björk pudo arrancar, gracias a su halo de fantasía y trinos de sagas cristalinas, perdiéndose por la avenida Reforma para volver a encenderse entre los sordos chats virtuales de la soledad urbana.

(La presente crónica fue solicitada a César Muñoz Valdez)

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