Amnesia

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- El 10 de marzo pasado el presidente aseguró: “Hay quienes tienen amnesia, por no decir falta de memoria, y se olvidan de lo que sí se ha hecho”. En días posteriores he leído al expresidente Felipe Calderón omitiendo sus crímenes de lesa humanidad en su indignación por el robo del jersey de un jugador de futbol americano; al presidente del PRI olvidando las desapariciones de miles en los gobiernos de su partido en su petición para que se “le pidan disculpas” a los familiares de Ayotzinapa; y a los dirigentes del Pacto por México negándose a asumir sus responsabilidades en el naufragio en el que flotamos. Le doy, sólo por esa frase, la razón al presidente.

Las conexiones entre política y amnesia tienen un nombre literario: Daniel Paul Schreber. El llamado “Presidente” escribió un relato sobre su propia locura, Memorias de un enfermo de nervios (1903), cuya interpretación enfrentó a Freud, Jung y Lacan. Los tres terapeutas del alma vieron distintos padecimientos en lo que ahí se relata pero, como buenos psicoanalistas, trataron de desentrañar el olvido detrás de la explosión. Freud basó en él su teoría de la psicosis paranoide –“narcisimo, autoerotismo y homosexualidad”–; Jung lo refutó acercándose a las interlíneas entre lo onírico y las mitologías, y Lacan logró arreglar su discurso sobre el “nombre del padre” y el caos poético que su ausencia causa en el orden de las palabras. Pero fue Elías Canetti quien leyó con otra mirada –la del escritor– el relato del paciente y le dio sustancia a una idea perturbadora del poder. Quizás los cuatro lectores estaban en lo cierto: Schreber era un político, era “El Presidente”.

Su historia real es común a más de uno de los hombres de la derecha alemana de esos años: nacido en 1842 en el seno de una familia disciplinaria –su padre creó una pedagogía que buscaba la higiene, la gimnasia, los baños de sol y la buena postura en los niños a base de instrumentos de tortura ortopédicos–, Schreber se convirtió en presidente del Tribunal de Apelaciones de Sajonia. Queriendo ser diputado, se presentó a una elección sólo para perder contra un socialdemócrata. La humillante derrota lo llevó a su primer internamiento psiquiátrico con el neurólogo Paul Flechsig. Dado de alta, y cuando ya había vuelto a escalar posiciones en la política como presidente del Tribunal de Dresde, fue inhabilitado y sus bienes confiscados. Volvió al hospital durante los siguientes siete años. Sus Memorias no son, por lo tanto, un alegato de que no está loco, sino para demostrar que no merece el encierro. Para ello explica en detalle sus delirios: es perseguido por Dios porque ya es el único hombre vivo; los demás han muerto y se manifiestan tan sólo como “nervios” que vienen de las estrellas a hablarle en el vocerío que escucha en sus angustiantes insomnios. Su texto fascina porque tiene todos los rasgos de lo que se busque en él. Si uno se concentra en que es un hombre enfrentando a Dios, puede interpretarse –como Freud y Lacan– que la figura de su padre tiránico está detrás. El narrador delirante sospecha que Dios lo obligará a copular “como hembra” para regenerar a la raza humana. De hecho, Freud lo vincula con su ruptura amorosa con su amigo Wilhelm Fliess: “Se reprime una percepción interna y, para sustituirla, aparece, deformada, como percepción externa”. Así como creía que las conspiraciones que Fleiss se inventaba contra él tenían un origen homosexual, también creyó que Schreber estaba enamorado de su neurólogo: “Lo que se ama se transforma, en el delirio paranoico, en lo que se odia”. Lacan no tradujo el relato en deseos olvidados, sino en palabras ausentes: los instrumentos ortopédicos inventados por el padre de Schreber llevaban su nombre inscrito en metal. La referencia a Dios como un manojo de nervios, sin cuerpo, y al sol como un esfínter, le sirvieron a Lacan para vincular la amnesia del “Presidente” con su propia experiencia de un padre debilitado por su abuelo y un clan de tías voluntariosas. Las literarias torturas de los nervios del pobre de Schreber vienen del cosmos, bajan de las constelaciones “como gotas”, nunca de los aparatos ortopédicos de su padre. Ante esa omisión, Lacan pone de nuevo en circulación una palabra que proviene de los abogados: “forcluir”. En Francia se usaba para todos los que ya se habían olvidado del caso de antisemitismo por excelencia, el de Dreyfus y, por extensión, para la prescripción de los delitos. No era la “represión” de Freud que siempre reaparecía disfrazada, sino una omisión gramatical que ordenaba el resto de los síntomas. El silencio, lo no dicho, no era una simple amnesia, era el centro de “Lo Otro” que, para Lacan, era la metáfora paterna, la palabra que nos designa como separados de la madre. Y más: lo que nos arranca de la naturaleza y nos hace “cultura”. Hay que recordar que Lacan llevaba el nombre de su abuelo, al que aborrecía, y del que escribió: “horrible personaje gracias al cual alcancé precozmente la función fundamental de maldecir a Dios”. Sin mezclar las desventuras de Schreber con su historia amistosa o familiar, Jung encontró en el loco enfrentando a Dios una interpretación más: el sol del texto expresa que las cosmogonías de las culturas humanas tienen conexiones con los sueños, las neurosis y hasta con lo que todavía llamamos ambiguamente “esquizofrenia”. Lo mismo opinó Walter Benjamin cuando terminó, en 1928, la lectura de las Memorias: “Si el mundo del delirio tuviera una biblioteca como la del saber, Daniel Paul Schreber sería el pilar de la parte dedicada a la teología”.

Todas las interpretaciones de los psicoanalistas tenían como objetivo desentrañar qué estaba detrás de la explosión de los delirios paranoicos del “Presidente”. Lo olvidado, lo reprimido, lo rechazado, lo no dicho, la amnesia. Pero a Elías Canetti no le interesó el padre punitivo –a quien Alfons Ritter, un miembro de las SS nazis, le dedicara su tesis sobre “La renovación de la esencia alemana”– ni Dios, sino el narrador o, más exactamente, su ubicación dentro del relato. En Masa y poder, Canetti le dedica dos fragmentos al “Presidente”. En el primero, pone atención en la rigidez del mundo que habita la mente de Schreber; cómo “las palabras se usan como si el lenguaje fuera un puño y el mundo estuviera encerrado en él”. La ubicación del narrador loco de Schreber es imposible: se extiende hasta las estrellas, es el cosmos. En el segundo segmento, hace una declaración con el tema de su largo ensayo: “detrás de cada paranoia, como detrás de cada poder, se oculta la misma tendencia: el deseo de barrer a los demás para ser el único”. O, en su forma suavemente aceptada: “el deseo de servirse de los demás para volverse, con sus ayudas, en el único”. Canetti está trazando una imagen que lo abruma: la decisión de Hitler de que Berlín sea destruida y, con ella, la “debilidad racial” que su propio pueblo ha demostrado durante la guerra contra los Aliados. Asegura que el Führer le mandó diseñar a su arquitecto de cabecera, Albert Speer, una ciudad imperial, sólo para que fuera bombardeada. Porque, como todo poderoso, quería ser el único vivo en la Tierra. Así, ambas figuras, Daniel Paul Schreber y Adolf Hitler, son, al menos en el relato de sus delirios, semejantes: sobre las ruinas del mundo se alzan, únicos, ante la refulgencia de un Dios solar. Ambos reciben el apoyo de las almas muertas que los encumbran pero que, luego, les quieren hacer daño y, por ello, deben ser eliminadas.

Volvamos ahora a la frase sobre la amnesia del presidente mexicano. Las sociedades, en efecto, miran hacia otro lado, se quieren olvidar de su verdadero rostro monstruoso. Lo hemos hecho con la “guerra sucia” y con la del Ejército y la Marina en la década que no termina de pasar. Ante esas atrocidades, los “logros en vivienda” –a lo que se refería originalmente el presidente en su discurso– no tienen peso. Pero quizás la mayor “forclusión” viene de los delirios de los poderosos: confesarse que los demás sólo son instrumentos por eliminar. Que lo que esconde el gusto por el poder no es sólo que los otros les obedezcan, sino quedarse solos. Únicos vivos, los poderosos enfrentan, sobre las ruinas, a un Dios muy distinto del de Schreber. Es acaso el del silencio de los sepulcros.

Esta columna se publicó en la edición 2108 de la revista Proceso del 26 de marzo de 2017.

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