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Sigur Rós, rock islandés en el Auditorio Nacional

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Un viaje por infinitos universos sonoros y visuales alucinantes ofreció anoche la banda islandesa Sigur Rós (cuyo nombre significa “Rosa de la victoria”) en el Auditorio Nacional, dejando encantados a cerca de 10 mil fans.

La presencia del guitarrista y vocalista Jón Þór Birgisson se sintió pasando las 20:40 horas, cuando arrancó el recital en el que se acompañó del bajista Georg Hólm, así como el baterista Orri Páll Dýrason.

El escenario del foro de avenida Paseo de la Reforma se transformó en un espacio minimalista, a nivel producción, para generar una especie de intimidad concentrada en su propuesta musical, en tanto las pantallas laterales y una central estaban dispuestas para su exploración visual.

La agrupación, considerada dentro del género post-rock, inmediatamente dio una cátedra instrumental con su primer corte llamado Á, siguiendo un selecto repertorio que hizo estremecer las fibras sensoriales. Los cánticos de Birgisson hicieron gala en todo momento, además de su experimental forma de rasgar la guitarra con un arco de chelo, que forma parte de su peculiar estilo de distorsiones ásperas y ambientales.

Continuaron Ekki múkk y E-bow, en la que Hólm también hizo de las suyas con profundos bajeos en ostinato que se ensimismaban con la espectralidad vocal y los espasmos de las percusiones.

Formados desde 1994, los pasajes gélidos y volcánicos de Islandia bañaron al recinto capitalino, donde además se logró sentir Glósóli, Nidur y Smáskifa, cerrando así el primer acto a las 21:48 horas con un intermedio de 20 minutos.

Alargaron el espectáculo para conceder nuevamente su sensibilidad etérea; esta vez, saliendo por detrás de una malla dentro de la instalación escénica, viéndoseles fantasmagóricamente a cada uno de los integrantes de este trío, que dio Óveður, Starálfur y Sæglópur.

Luego de caer la red que los ocultaba como telón gaseoso, regresaron a la estructura que los cobijaba, misma que por períodos disparaba luces multicolores para luego oscurecerse y volver a iluminarlos, entre ensueños de arrebato melódico.

Dentro de las pantallas se dibujaban gráficos de arte tridimensional, cinético y electrónico, pasando por explosiones cósmicas, cúmulos de estrellas, rostros perdidos y arterias que palpitaban en el corazón de los espectadores, que en algunos instantes de silencio no lograron aquietar alguno que otro berrido, cuando aún no terminaban las canciones de Sigur Rós.

Se sumaron Vaka, Festival y Kveikur, para concluir con Fljótavík y Popplagið, al tiempo que Birgisson tiró una de las bocinas frontales del escenario y azotó su guitarra (cual Pete Townshend reencarnado), pero sin lograr destruirla.

Georg Hólm y Orri Páll Dýrason se acercaron también al frente desatando la euforia de los presentes que corrieron al entarimado para poder sentir el roce de las manos de los Sigur Rós y así despedirse al unísono en una catarsis que detonó los ánimos colectivos.

La banda actuará hoy 4 de abril nuevamente en el Auditorio Nacional a las 20:30 horas, para deleite de sus fieles adeptos.

(La presente crónica fue solicitada a César Muñoz Valdez para nuestros lectores de la agencia informativa Apro).

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