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Releyendo a Melville en Chile

SANTIAGO DE CHILE (Proceso).- Hace 160 años, el primero de abril de 1857, Herman Melville, el autor de Moby Dick, publicó una novela, El estafador (The confidence man), que en esa época pasó sin pena ni gloria. Una alegoría sobre la capacidad infinita de los seres humanos de ser engañados por farsantes y simuladores conocidos como confidence men, hombres que nos hacen confiar en ellos para aprovecharse de nuestra buena fe. La obra transcurre precisamente el primer día de abril de ese año, es decir, el April fool’s day en Estados Unidos, el día de los inocentes desde tiempos inmemoriales en el mundo anglosajón: el día en que a uno lo hacen tonto con todo tipo de jugarretas y picardías.

Y, en efecto, el libro es la historia de un pícaro que asume muchas identidades a bordo de un barco que surca el Mississippi, embaucando a cuanto pasajero se encuentra.

En mis años mozos en Santiago había leído yo ese texto, cuando formaba parte de una extensa biblioteca que mi mujer y yo habíamos acumulado, en desmedro de necesidades domésticas más urgentes. Fue una colección que, por cierto, tuvimos que abandonar cuando nos exiliamos del país después del golpe militar de 1973. Aunque se perdieron muchos tomos, el grueso de la biblioteca todavía nos espera cada vez que retornamos a un Chile ya democrático. Y durante una reciente estadía larga, me puse a releer esa novela, presumiendo que The confidence man podría hacer más comprensible el ascenso de Donald Trump a la Presidencia de Estados Unidos con base en mentiras y promesas fraudulentas.

Y, por cierto, me asombró cómo Melville pudo anticipar, una por una, cada una de las falacias y artimañas, los trucos retóricos y estrategias rapaces que Trump desplegó en su campaña presidencial.

Sin embargo, lo que no pudo pronosticar Melville era la posibilidad insólita de que los embelecos y seducciones del confidence man le permitiesen algún día tomar el mando del barco en que navegaba, volverse el hombre más poderoso del mundo. En efecto, ¿qué pasa si el estafador se convierte en el insano, ególatra y apocalíptico capitán Ahab que, consumido por su odio hacia la Ballena Blanca, termina sumiendo a su tripulación y su nave en un abismo insondable? ¿En ese caso, qué hacemos los desafortunados pasajeros?

Descubrí que Melville tenía una respuesta a estas interrogantes. En tres novelas cortas suyas encontré diversos modelos de cómo es posible resistir las arremetidas de alguien como Trump.

Empecé con Bartleby, el escriba, en la que el protagonista replica, una y otra vez, con las palabras emblemáticas –“Preferiría no hacerlo”– cada vez que su patrón, un abogado de Wall Street, le solicita que realice tareas típicas de cualquier empleado. Esta obstinada negativa a cooperar con el sistema dominante es tan extrema que Bartleby no sólo queda cesante y sin hogar, sino que muere de hambre en una prisión para deudores.

La protesta pasiva de ese personaje enigmático, que Melville concibió como un manifiesto contra la literatura comercial de su época, puede servirnos, en la era de Trump, como un posible grito de guerra, un llamado a una rebelión pacífica y a la vez pujante contra el abuso del poder. Basta con imaginarse que las ciudades e iglesias desde San Francisco hasta Nueva York, cuando se les exija que no ofrezcan amparo a los migrantes indocumentados, anuncien que “preferirían no hacerlo”. Y esa misma frase puede ser bandera de activistas indígenas enfrentados a la violación de sus tierras tribales, de profesores y alumnos ante el asalto a la educación pública, de empleados gubernamentales a los que se les pide que traicionen la Constitución, de ciudadanos que no están dispuestos a que les envenenen el aire y el agua: un “no” colectivo que sea firme y decidido, aunque siempre sereno. El hecho de que Bartleby nunca muestra “inquietud, cólera, impaciencia o impertinencia” desarma a su patrón, menoscaba su agresividad.

No puede esperarse una similar reacción dócil de parte de Trump. Sus tendencias autoritarias y personalidad matonesca lo conducirán inevitablemente a coartar en forma violenta los intentos de cuestionar sus políticas. En ese caso serán los jueces de Estados Unidos los que tendrán que proteger a la ciudadanía y restringir los embates belicosos de este presidente tramposo.

Melville examinó en otra de sus novelas cortas los dilemas de quienes administran la justicia en tiempos turbulentos e insubordinados. Es Billy Budd, su obra más perturbadora, que algunos lectores recordarán por una película de 1962 en que Terence Stamp hacía su debut cinematográfico en el rol de un marinero tan hermoso que parecía un ángel caído del cielo. La belleza y bondad del joven, cuyo único defecto es una tartamudez paralizante, suscitan la envidia y el encono de Claggart, el maestro en armas encargado de mantener la disciplina en ese buque de su Majestad Británica. Claggart, al que Melville muestra como la encarnación de una perversidad casi metafísica, acusa a Billy de organizar un motín, y éste, frustrado por su mudez, responde con los puños, asestándole a su acusador un golpe mortífero.

Vere, el capitán del navío, que siente un cariño paternal por Billy, sabe que el muchacho no es culpable de querer amotinarse y que deberían tomarse en cuenta circunstancias atenuantes para juzgar el homicidio accidental. Pero como necesita evidenciar un control total sobre su gente en una época de sedición y revueltas, termina manipulando a sus oficiales para que condenen a Billy Budd a muerte. Para conseguir tal dictamen (y Melville se esfuerza por calificar a Vere como un hombre honorable, valiente y culto), el capitán debe traicionar su propia conciencia, sacrificarla para servir lo que él estima es la ley superior de la guerra y la razón de Estado. El ángel ha de morir colgado de un mástil.

Si Melville denuncia la fuerza abusiva de Claggart y le duele el modo en que el capitán Vere degrada a la humanidad ejerciendo una violencia estatal y judicial (y esperemos que los magistrados de Estados Unidos sepan defender a las víctimas de esos asaltos del gobierno), lo que más le concierne es el crimen de Billy Budd mismo. ¿Por qué el marino seráfico responde a la injusticia con la virulencia de un golpe, por qué se deja avasallar por aquello de salvaje y bárbaro que también reside en su alma? Podría aventurarse que la creencia misma de Billy en la bondad de sus semejantes lo dejaron indefenso, mal preparado para enfrentar la vileza; es decir, que es demasiado “inocente”, justamente como los pasajeros que terminan burlados por el bribón embustero en The confidence man, como los tripulantes del Pequod que, camino a la perdición, no logran detener al enloquecido Ahab en Moby Dick.

La mirada más profunda de Melville acerca de la relación enmarañada de la inocencia y la violencia se plasmó en la breve novela Benito Cereno, basada en un hecho real acaecido en 1805 en la costa de Chile, no lejos de donde yo me puse a releer esa narración. Un grupo de esclavos se había adueñado de un barco español, masacrando a la mayoría de los blancos a bordo, tanto tripulación como pasajeros, y forzando al capitán Cereno a que los llevase a un país africano. Melville vio en esa historia verdadera una oportunidad para mostrarle a sus compatriotas complacientes el tipo de sangriento desenlace que los atendía si no abolían la lacra de la esclavitud.

Tengan cuidado, Melville les advirtió a sus conciudadanos. Cuando los esclavos se alcen, utilizando los únicos medios feroces a su alcance, van a imitar la crueldad de sus propietarios, van a imponer inevitablemente el terror para conseguir sus fines. Es la amenaza que acecha a toda revolución implacable.

Lo genial es que durante casi toda la novela se le oculta esa revuelta al lector, que presencia la situación a bordo del barco secuestrado a través de los ojos de Assa Delano, un capitán bostoniano que viene a rescatar lo que él cree es una nave a punto de zozobrar, pero donde no parece haberse alterado para nada el eterno orden social de amos y servidores. Sucede que los insurrectos le han armado al capitán estadunidense una mascarada, un espectáculo donde los esclavos simulan ser sumisos y Benito Cereno simula mandar a sus subordinados. Delano, cargado de prejuicios raciales, no puede concebir que las jerarquías se hayan fracturado ni menos que los negros sean tan inteligentes y sutiles como para escenificar una ficción tan elaborada y perfecta. Su ceguera ante la existencia de la maldad deriva, sugiere Melville, de que es cómplice, sin darse cuenta, de aquella maldad.

Assa Delano viene a ser, entonces, un protagonista más de los que pueblan la literatura de Melville, contaminados todos, uno tras otro, por una aterradora inocencia. Los héroes suyos pueden ser engañados porque se engañan a sí mismos. Es lo que ocurre con los pasajeros de El estafador, con el patrón de Bartleby, con la tripulación del Pequod, con el capitán Vere y con el desafortunado Billy Budd.

Releyendo estas obras de ficción en los desastrosos tiempos de Trump, lo que me llamó la atención fue cuántos votantes de Estados Unidos –y me incluyo entre ellos– se cerraron a la posibilidad de que triunfara la malevolencia y la mentira. Suponer que había en ese país suficientes hombres y mujeres decentes que rechazarían ese futuro infame derivó de una ceguera malsana. Tanto optimismo, pensar que la patria de Lincoln es demasiado buena y excepcional y maravillosa para cometer ese error fatal, debería entenderse como una falta grave, casi un pecado.

El hecho de que leía a Melville en Chile le agrega a este juicio severo una cierta ironía histórica, puesto que los chilenos también nos cegamos a la realidad dolorosa que nos esperaba, tampoco nos despertamos a tiempo. Cuando nos embarcamos en la pacífica revolución de Salvador Allende en 1970, proclamamos que nuestro país era diferente del resto de América Latina, que nuestras instituciones democráticas eran tan fuertes y perdurables que ninguna asonada militar podría tener éxito. No imaginamos que alguien como Augusto Pinochet existiera en un mundo peligroso.

Claro que, estando en Chile, fue fundamental además leer las obras de Melville desde la resistencia que opusimos a la dictadura, ya que, con la paciencia obcecada de Bartleby y la resolución angelical de Billy Budd y la valentía de los esclavos sublevados, vencimos a los Claggart de Chile.

¿El pueblo de Estados Unidos será capaz de hacer algo similar?

Le dejo la última palabra a Melville: “Todo lo intento; logro lo que puedo”.

Ariel Dorfman es el autor de La muerte y la doncella y de la novela Allegro.

Este texto se publicó en la edició 2109 de la revista Proceso del 2 de abril de 2017.

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