Unas breves líneas en memoria de Juan Bañuelos

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- A fines de 1968 leí en el suplemento de la revista Siempre!, que dirigía Fernando Benítez, el poema de Juan Bañuelos “No consta en actas”, y me conmovió y me estremeció. Cuando diez años después hice una compilación de poemas del Movimiento Estudiantil, me volvió a conmover y a impresionar. Era con mucho lo mejor que se escribió entonces sobre el Movimiento. Fue el primer poema de él que leí.

Conocí a Juan de casualidad meses después, en mayo de 1969, en casa de los ejemplarmente generosos Carmen Toscano y Manuel Moreno Sánchez, luego de la entrega del premio Diana Moreno Toscano a la promesa literaria, que se otorgó al poeta y biólogo Víctor Manuel Toledo, y le hablé a Juan entusiasmado de los poemas suyos que había leído. Me invitó al taller de poesía de la UNAM, que él coordinaba en el décimo piso de la Rectoría, y que era el único de poesía que había entonces.

No pudo haber azar más afortunado. Juan fue el primer escritor importante que conocí y traté. Por ese entonces yo leía muchísimo, pero no tenía a quién mostrarle mis poemas (si podían llamarse poemas). Andaba a la deriva. Sin Juan, lo he dicho numerosas veces en público y en privado, yo no habría sido poeta. O lo hubiera sido todo de otra forma. Él me dio el impulso y la confianza iniciales que resultaron definitivos. Nunca conocí un mejor maestro de taller que él. Fue mi mentor, y pese a la diferencia de edades, uno de mis mejores amigos. Tenía una enorme intuición para saber cuándo era bueno un verso o un poema.

A los miembros del taller de fines de los sesenta y principios de los setenta –Juan en lo alto– nos unían la poesía, el 68 y una posición de izquierda. Juan nos dio la certeza, o al menos me la dio a mí, de que la poesía es ante todo emoción, que debe ser escrita, como quería Nietzsche, con sangre, y debe tener una fuerza telúrica. Él lo dijo rabiosamente a su manera: “No sirve ya el papel. No sirve el llanto. Escribo en las paredes”. Juan fue, en los últimos cincuenta años, el poeta político por excelencia entre nosotros. Él se sintió poeta y en la poesía y en la mujer descubrió el mundo y creó su mundo.

Su trato con los jóvenes se daba también extra taller. Con él conocimos no sé cuántas cantinas de barrio bajo. En aquellas décadas de los sesenta, setenta y ochenta, cuando él llegaba a las casas a reuniones todos se ponían contentos. Tenía a la vez una vena pícara chispeante y una ingenuidad que no ocultaba su honda nobleza.

Participé en numerosos homenajes que se le hicieron y armé dos antologías de sus poemas, a las que, luego, poniéndose de acuerdo con el editor, él acababa metiendo y sacando textos. Resignado, yo acababa por decirle: “Juan, en la segunda edición ponemos que la(s) hicimos juntos”. Juan fue también, como resumió muy bien el sonorense Juan Diego González, “el poeta profundo de la selva chiapaneca”.

En los años finales tuve con Juan algunos desencuentros, pero nunca olvidé lo mucho que aprendí de poesía con él y los buenos momentos de la vida compartidos. Mi más sentido pésame a su magnífica esposa Graciela y a sus hijos Cecilia y Juan Sebastián, de los que Juan se sentía tan orgulloso.

Ido el amigo que conocimos hace 48 años, lo recordaré en la escritura como lo que fue: uno de los mejores poetas contemporáneos. Dondequiera que esté que lo acompañen la iluminación de los astros y los recuerdos de esta tierra que nunca dejó de amar.

Este texto se publicó en la edición 2109 de la revista Proceso del 2 de abril de 2017.

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