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“La posesión de Altair”: actividad paranormal mexicana

MONTERREY, NL. (apro).- De inicio, La posesión de Altair (2017) se introduce en una calle sin salida: toda la acción es presentada a través de una videocámara que los personajes se van pasando, entre ellos, para registrar los acontecimientos en los que participan.

A lo largo de la película viven numerosas situaciones en las que debiera suspenderse la grabación. Pero no. Una persona se está desangrando y quien lo acompaña, en vez de atenderla, sigue grabando. Ejemplos de esos abundan en esta obra regiomontana de bajo presupuesto escrita, producida y dirigida en el 2012 por Víctor Dryere. Por razones de postproducción se estrenó cinco años después.

La época es los setenta. Con una buena ambientación, y filmada en una sola locación, se presenta la relación de una pareja joven que entra en una etapa disfuncional cuando ella comienza a experimentar letargos, evasiones mentales, catatonia.

Manuel (Rolando Breme) acciona de manera constante su cámara de formato 8 mm, con la que va capturando las cotidianeidades al lado de Altair (Diana Bovio). El dispositivo va filmando cómo el matrimonio pasa de una jovialidad contagiosa, en exitosas reuniones con amigos y en una intimidad de camaradería, a una repentina disrupción, que lo lleva a él a cuestionar la salud mental de su mujer.

El joven se interesa en el pasado de ella y descubre un terrible secreto, a través del que pueden ser explicados los fenómenos que ocurren en la casa.

Contagiado, al parecer, por el éxito de la serie de Actividad Paranormal (Paranormal Activity), Dreyere crea un universo sobrecogedor similar, en el que personas ordinarias entran a un mundo oculto de acechanzas sombrías, y todo es grabado por un manejo nada profesional de la cámara, lo que da una mayor sensación de indefensión. Y, también, como en aquella aventura paranormal, en esta posesión inusual la historia se reconstruye a partir de la edición casera del pietaje.

Los formatos son muy similares, aunque la temática varía ligeramente. Las situaciones aquí son muy conocidas y los sustos muy anticipados. A media noche, la chica deja la cama y el marido la encuentra en una actitud muy extraña. En otro momento, ella está de espaldas, en actitud concentrada. Cuando la cámara la encara, algo horroroso aparece.

Como apunte original hay que destacar que, en esta ocasión, la posesión no es satánica. Aunque parece que en la atmósfera se mueve un ente sobrenatural, que puede suponerse proveniente del averno, la realidad es muy diferente, como se ve en la escena climática en la que se revela el verdadero misterio que hay en el pasado de la mujer atormentada.

Aunque está bien actuada, por momentos mueve a la risa involuntaria. Algunas escenas son tan ingenuas, y los efectos especiales tan básicos, que parece el trabajo final del primer semestre de una academia de cine. Pero hay un interés genuino por transmitir esa sensación de realidad provocada por la edición premeditadamente torpe.

Más allá de los méritos que tengan los productores y los aplausos que merecen por levantar un proyecto que, de acuerdo con notas difundidas en medios, costó 4 millones de pesos, La posesión de Altair tiene una calidad tan escasa que parece impresentable para la corrida comercial.

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