Alma Delia Fuentes, el último suspiro

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Desde la noche del 9 de noviembre pasado, cuando partió en ambulancia de su mansión localizada en Naucalpan, Estado de México, carcomida por la ruina, la inmundicia y un desolador abandono, nada se sabía de Alma Delia Susana Fuentes González, hasta que se pregonó el último de sus suspiros.

Si “el misterio es el elemento clave de toda obra de arte”, como lo planteó Luis Buñuel –su director profético y emblemático–, la vida y la presunta muerte de Alma Delia llevadas al extremo delinean un asombroso guión de irónica fatalidad. Entre ‘La Meche’ de Los olvidados y su intérprete hay apenas una delgada línea que confunde destino implacable, ficción y realidad.

Desprovista de comunicados familiares, esquelas evocadoras, un parte médico, coronas y flores blancas aprisionando los espacios de una sala mortuoria o cirios encendidos en el velatorio, frente al silencioso sonido de un ataúd, la evocación de su muerte apenas se remite a una fecha probable que oscila entre el 2 y el 5 de abril, y alude a la presencia de Alma Delia Azcárraga Fuentes, su hija mayor. La misma que la echó de su casa después de que Proceso dio a conocer, en 2015, las condiciones de abandono en que tenía a su madre.

La misma que la echó casi un año después, en aquella noche lluviosa de noviembre de 2016, dirigió las acciones que concluyeron en la salida definitiva de Alma Delia de aquella inmunda y devastada residencia, espejo del arrabal en que se avecindó ‘Meche’ hace casi 66 años.

Privada también de alguna fuente explícita, la noticia sobre la muerte de Alma Delia, propalada en programas televisivos y radiofónicos de espectáculos y reproducida por medios impresos, en algunos casos apunta como fecha de su posible deceso el 2 de abril. Otros en cambio, aseguran que ocurrió el día 5.

En esto último coincide la única y escueta referencia “oficial” de su fallecimiento. La Asociación Nacional de Intérpretes (ANDI) confirmó la muerte de Alma Delia Fuentes, “acaecido en la Ciudad de México el 5 de abril de 2017”, a través de su cuenta de Facebook.

En la página oficial de la Asociación Nacional de Actores (ANDA) no apareció mención alguna en su obituario ni hubo una sola línea especial dedicada a la actriz, con “número de socio” 5690. Sólo puede leerse un viejo y lacónico perfil de la intérprete.

Sin fecha exacta sobre su muerte, sin documentación que la avale, sin certeza ligada a ceremonias y rituales de cremación o entierro, sin atisbos claros de padecimientos, el destino final de la inquietante ‘Meche’ y de la olvidada Alma Delia parecieran fundirse, intrincarse indivisiblemente en un nuevo guiño buñueliano.

Como ocurre a los personajes de Los olvidados, la invocación fúnebre de la actriz ganadora de un Ariel por la película Historia de un corazón, de Julio Bracho, también está despojada de deudos llorosos, de sobrevivientes cabizbajos. Ni el “titipuchal de nietos” que ella presumía tener, ni sus hijos Julio Carlos, Ana Rosa, Bertha Eugenia, Aurora y Alma Delia Azcárraga Fuentes, se han apresurado a hablar del legado cinematográfico de más de 50 películas que dejó. Tampoco han referido muestras de duelo o de pesar. Mucho menos lo han manifestado su yerno, esposo de Alma Delia, con quien sostenía una relación azarosa, o la familia de su primer marido, Julio Azcárraga, primo de Emilio Azcárraga Milmo.

En Mi último suspiro, Buñuel planteó: “Si fuésemos capaces de volver nuestro destino al azar y aceptar sin desmayo el misterio de nuestra vida, podría hallarse próxima una cierta dicha, bastante semejante a la inocencia”.

De alguna manera, por instantes, Alma Delia lo consiguió. En muchas de las charlas que sostuvimos desde agosto de 2015 hasta las últimas semanas de octubre de 2016, parecía asumir con candidez y simplicidad su sino fatal. Se negaba a salir de su entorno, defendía la elección de quedarse con sus animales y sus recuerdos.

De vez en vez la embargaba la nostalgia y recordaba la filmación de A toda máquina con Pedro Infante, se refería al genio de Buñuel, hablaba de la eterna tristeza de Miroslava, del arte y la finura de Gabriel Figueroa, de la soberbia de un compañero, de la belleza de otra…

Aunque en la mayoría de las ocasiones justificaba su ausencia y negaba el abandono del que era objeto, por momentos también la invadía el desaliento ante la dura indiferencia de su familia.

Nunca reveló la causa real por la que decidió abandonar definitivamente las pantallas cinematográficas y televisivas. Sostuvo que para hacerse cargo de sus hijos que crecían, pero a partir de su retiro, la vida de la actriz se convirtió en un enigma.

Reiteraba una y otra vez que mientras más conocía a las personas, más quería a sus animales, y afirmaba haber sido víctima de gran sufrimiento y dolor. De haberse enfrentado a acontecimientos muy fuertes en su propia casa, en esa que vivió los últimos años recluida dentro del garaje. La misma que fue una elegante residencia de cinco habitaciones, gran jardín, alberca techada y un despacho en el que solía recluirse para estudiar los guiones de sus películas. En esa vivienda construida en desniveles, que se convirtió en ruinas.

El tiempo implacable y la aplastante soledad, arrasaron con todo a su paso.

Si como pensaba el genio de Calanda: “en alguna parte, entre el azar y el misterio, se desliza la imaginación”, Alma Delia se sentía libre para revivir a sus padres, Carlos Fuentes y Eduviges González, y acompañarlos en sueños, en ensimismamientos, al mostrador de la panadería cercana a la casa de su infancia, a regar las plantas de su larguísimo patio en el que jugaba con sus hermanas, a caminar por la avenida Reforma de la mano de su madre.

Lo hizo igual para confesar un buen día lo que al principio de nuestros encuentros ocultaba. Su relación de muchos años con Arsenio Farell Cubillas, hombre férreo del sistema, funcionario de larga trayectoria en varios sexenios priistas. Lo conoció siendo prácticamente una niña, durante la filmación de ‘A toda máquina’. Era abogado de Pedro Infante y lo visitaba en el set de los estudios Churubusco. Ahí conoció a Alma Delia, se hicieron novios, y aun cuando más tarde se separaron, volvieron a reencontrarse en un punto de su existencia. La actriz lo recordaba como el hombre al que más quiso y el con el que desarrolló un gusto especial por la lectura y por el aprendizaje de muchos temas culturales, religiosos, políticos…

Sin embargo, guardó silencio sobre si su cercanía con Farell llegó a relacionarse con el camino que la condujo a la devastación, a sepultarse entre la ruina de una casa que le fue devorando la memoria y carcomiendo la vida.

De los últimos encuentros que sostuve con Alma Delia recuerdo su paulatino declive físico y su acentuado desaseo personal. Varias caídas fueron mermando su salud y se convirtieron en duros golpes que profundizaron su ocaso.

La crudeza descarnada de su imagen sigue siendo un recuerdo azaroso. En la acera, frente a su casa, ataviada con jirones de ropa sucia, caminando encorvada, balanceándose lentamente, apoyada en un bastón, en busca del contacto humano para mitigar el peso del abandono, corroída por la inmundicia, envuelta en olores entremezclados a excremento, orines y soledad lacerante.

De su propio arrabal, del arrabal que surgió ‘Meche’ y que Alma Delia reconstruyó con ahínco en su mansión de Lomas Hipódromo, apoyada por el destino de su propio personaje se recrean incógnitas, contradicciones y misterios tan impenetrables como los acontecimientos mismos que rodearon los últimos años de su vida, la salida de su casa en ambulancia en medio de la lluvia y las sombras y el entorno incierto de su muerte. Hechos, laberintos todavía sin aclarar.

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