PANAMA PAPERS GANA PULITZER

De pieles (II)

OAXACA, Oax. (Proceso).- Las pieles me interesan porque en mi familia eran zapateros, estuve cerca del taller de mi tía Felicitas, entre pieles; cuando leo sobre este tema o escucho que alguien cuenta algo relacionado, lo registro porque me acuerdo de ellos.

Por el oficio familiar, mi papá tenía una obsesión por las pieles, y cuando llegó al sur de Veracruz había mucha selva y animales, él compraba pieles que a veces utilizaba para forrar sillas.

Cuando me visitó en París andábamos paseando y vimos pasar a un hombre africano con un portafolio, mi papá me dijo: vamos a seguirlo, para preguntarle de qué piel es su portafolio.

A mí me daba un poco de pena, no sabía si el señor hablaba francés, le dije a mi papá que sólo lo íbamos a seguir para ver el portafolio, él estaba muy intrigado por saber de qué animal era la piel, porque no era de los animales que conocía. Tenía un amor muy grande por las pieles.

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De pieles, de Francisco Toledo.

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Piel de vieja

Había un rey con tres hijas mujeres. Fue a la feria y antes de partir preguntó a las hijas qué regalo querían. Una pidió un pañuelo, otra un par de botitas, la tercera un cartucho de sal. Las hermanas mayores, que no podían ver a la más pequeña, le dijeron al padre:

–¿Sabéis por qué os pidió la sal, esa bribona? Porque os quiere salar el pellejo.

–¡Ah!, ¿sí? –dijo el padre–. ¿A mí quiere salarme el pellejo? Pues yo la echo de casa –y así lo hizo.

Abandonada a su suerte, con su nodriza y un saquito de monedas de oro, la pobre muchacha no sabía a dónde ir. Todos los jóvenes que encontraba la molestaban, y entonces la nodriza tuvo una idea. Llegaron al funeral de una vieja muerta a los cien años, y la nodriza le preguntó al sepulturero:

–¿Nos vende la piel de la vieja?

Tuvo que regatear un buen rato; luego el sepulturero cogió un cuchillo, despellejó a la vieja arruga por arruga y les vendió la piel entera, con la cara, los cabellos blancos, los dedos con las uñas. La nodriza la hizo curtir, le cosió un forro de batista y cubrió a la muchacha con la piel. Y todos se quedaban mirando esa vieja centenaria que hablaba con voz argentina y caminaba con toda desenvoltura.

Se encontraron con el hijo del rey.

–Esa mujer… –le dijo a la nodriza–, ¿cuántos años tiene esa vieja?

–Pregúnteselo usted –dijo la nodriza.

–Abuelita, ¿me oye, abuelita? –dijo él. ¿Cuántos años tiene?

–¿Yo? –dijo muy alegre la muchacha. ¡Ciento quince!

–¡Cáspita! –Exclamó el hijo del rey– ¿Y dónde nació?

–En mi aldea.

–¿Y sus padres?

–Son mi papá y mi mamá.

–¿Y a qué se dedica?

–¡A salir de paseo!

El hijo del rey se divertía.

–Traigamos a esa viejecita a palacio

–dijo al rey y a la reina–. Mientras viva, nos alegrará.

Y así la nodriza dejó a la muchacha en el Palacio Real, donde le dieron un cuarto en el entresuelo. El hijo del rey, cuando no tenía nada que hacer, iba a charlar con la vieja y a divertirse con sus respuestas.

Un día la reina le dijo a Ojos Podridos (la llamaban así porque esa piel de vieja tenía los ojos llenos de legañas):

–¡Qué lástima que con esos ojos ya no pueda hacer ninguna labor!

–Pues –dijo Ojos Podridos–, ¡de joven sí que sabía hilar bien!

–Bien –dijo la reina–, trate de hilar este poco de lino, a ver si consigue hacer algo.

Cuando se quedó a solas, la vieja se encerró con llave, se quitó la piel, e hiló el libo que era una maravilla. El hijo del rey, la reina y toda la Corte se quedaron boquiabiertos al ver que una vieja decrépita, temblequeante y medio ciega había podido realizar semejante labor.

La reina hizo la prueba de darle a coser una camisa. Y ella, en cuanto estuvo sola, cortó y cosió la camisa con pespuntes, y recamó el petillo con florecitas de oro tan bien terminadas que causaban asombró. Los demás no sabían qué pensar. Pero el hijo del rey sospechaba que había gato encerrado, y en cuanto la vieja se metió en su cuarto fue a espiar por el ojo de la cerradura. ¿Y qué vio? La vieja se quitaba la piel y debajo aparecía una muchacha joven y hermosa como un ojo de sol. El hijo del rey, sin pensárselo dos veces, derribó la puerta y abrazó a la muchacha, que pudorosamente intentaba cubrirse.

–¿Quién eres? –le decía–. ¿Por qué te disfrazaste así?

Y la muchacha le contó que también ella era hija de Rey, que la habían echado de casa y maldecido.

El hijo del rey fue en seguida a ver a los padres y les dijo:

–¿Sabéis? He encontrado una hija de rey para casarme.

Se pregonaron los festejos de la boda y fueron invitados todos los reyes vecinos y alejados. Vino también el rey padre de la novia, pero no la reconoció con esos velos y esas guirnaldas. La novia le había hecho preparar la comida aparte, toda sin sal menos el asado. Sirvieron la sopa. Todos los invitados comían, pero el padre de la novia probó una cucharada y basta. Sirvieron la carne hervida y el padre apenas la probó. Sirvieron el pescado y el padre lo dejó todo en el plato. “No tengo hambre”, decía. Pero cuando llegó el asado le gustó tanto que repitió tres veces. Entonces la hija le preguntó por qué los otros platos apenas los había tocado, y el asado sí, y el rey dijo que no sabía por qué, pero el asado le había parecido sabroso y el resto insípido.

–¿Os dais cuenta de lo desagradable que es la comida sin sal? –dijo la hija–. Por eso vuestra hija pidió sal cuando fuisteis a la feria, y esas pérfidas de mis hermanas os dijeron que era para salaros el pellejo…

Entonces el padre reconoció a su hija, la abrazó, le pidió perdón y castigó a las hermanas envidiosas.

(Montale Pistoiese)

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Del libro Cuentos populares italianos de Italo Calvino.

De pieles, de Francisco Toledo.

De pieles, de Francisco Toledo.

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El gran oso

Una mujer se escapó de su hogar porque su hijo había muerto. En el camino encontró una casa en cuya entrada había pieles de osos. Y ella entró.

Comprendió que los que vivían allí eran osos en forma humana. Sin embargo, aun sabiendo eso, se quedó con ellos. Un gran oso solía salir a cazar para buscar comida para todos. Se ponía su piel, salía y permanecía mucho tiempo alejado. Siempre regresaba a la casa con algo que había cazado. Un día, la mujer que había escapado, empezó a sentir nostalgia por su hogar y deseos de ver a su familia. Entonces el oso le dijo:

“No hables de nosotros cuando regreses con los hombres”. El oso tenía miedo de que los hombres mataran a sus dos cachorros.

La mujer fue a su casa, y sintió un gran deseo de contar lo que había visto. Y un día, cuando estaba sentada en su casa con su marido, le dijo:

“He visto osos”.

Esto causó que un grupo de hombres en trineos fuera a buscar a los osos. Y cuando el gran oso los vio acercarse a su casa, sintió tanta pena por sus cachorros que los mató a mordidas para que no cayeran en las manos de los hombres.

Más adelante salió a buscar a la mujer que lo había traicionado. Entró a su casa y la mató a mordidas. Pero cuando el oso salió, los perros lo cercaron y lo atacaron. El oso los golpeó. Sin embargo, asombrosamente, tanto el oso como los perros se volvieron luminosos, y se elevaron al cielo en forma de estrellas. Y son estas las que ahora llamamos Qilugtussat: las estrellas que parecen perros ladrando a un oso.

Desde entonces, los hombres han aprendido a tener cuidado con los osos, ya que pueden oír lo que los hombres dicen.

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Del libro Inuit Folk tales de Knud Rasmussen.

Traducción por Daniel Brena.

De pieles, de Francisco Toledo.

De pieles, de Francisco Toledo.

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El niño que no tuvo cama

De niño no tuve cama, dormí siempre sobre la piel que usaba papá para hacer zapatos, él me despertaba con el silbido de las tres sílabas que forman mi nombre, Chi-co-Min.

En cuanto conseguía levantarme, él comenzaba a recortar la piel “ra, ra, ra”, para hacer el par de zapatos que le habían encargado; cada día mi cama se hacía más chiquita, al final de la semana sólo existía un lienzo lleno de hoyos con la figura de todos los pies: patas chicas, patas grandes.

Una de las tantas noches que no podía dormir, me puse a imaginar figuras sobre la pared de la casa. Después de un buen rato logré cerrar los ojos y mi cuerpo se hundió dentro de uno de los pies recortados de la piel. Fui cayendo bajo tierra y en el camino encontré huellas y suelas de todos los tamaños. Me tapaba la cara para evitar chocar con ellas y quise detenerme de una de las suelas, pero no pude. Sólo lograba caerme más y más, hasta que fui a dar a una pradera llena de vacas comiendo pasto.

Cuando me acerqué a ellas me di cuenta de que todas ¡estaban perforadas! Y el pasto se le salía por todos lados. Una estaba tan agujereada que pude ver por su costado un árbol que estaba al fondo.

Sentí mucha pena y me atreví a acercarme a la vaca que parecía la mamá de todas. Ella me miró enojada y me dijo: «mis hermanas están agujereadas por las heridas que tu papá les ha hecho para hacer zapatos de la gente». Yo le pregunté cómo podía reparar el daño y que ya no se le saliera la comida, y ella contestó: «mira niño, busca una lezna vieja de tu papá y con eso las vas a coser».

Comencé a caminar y buscarla con mis ojos, hasta que encontré un zapato sin terminar, lo levanté y en su suelo estaba la lezna. La tomé y volví al lugar de las vacas y comencé a cocer sus heridas, A una le cosí las costillas, a otra le cosí el cuello, a otra las piernas, a otra las nalgas.

Las vacas me pateaban mucho y me aventaron uno que otro pedo a la hora de ver la lezna. Cuando acabé fui con la vaca mandona, ella se alegró mucho cuando vio mi trabajo y, a cambio, me prometió que no soñaría más con vacas perforadas ni volvería sentir que un ejército de ellas me seguía.

Yo le iba decir algo a la vaca pero en eso escuché el silbido de papá llamando: Chi-co-Min. Sentí un gran alivio y lo abracé fuerte como si lo hubiera dejado de ver durante años.

Pasó el tiempo y crecí hasta convertirme en un señor. Cuando pude, me compré la cama más grande y bonita que existe, aunque a veces sueño que papá llega con su cuchillo afilado y «ra, ra, ra», recorta mi cama. Hay días en que mis hijos me encuentran hechos bolita en el suelo, tal vez porque mi cuerpo extraña dormir sobre la piel con que mi papá hacía zapatos.

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Extracto del cuento “Ba’Du’ gui ñapa Luuna” (El niño que no tuvo cama), de Natalia Toledo.

De pieles, de Francisco Toledo.

De pieles, de Francisco Toledo.

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Sacrificio inhumano en la dedicación de su primer santuario

En el centro de los cuatro cuarteles estaba el santuario de Huitzilopoch­tli, al que cada día tributaba mayor culto. En su obsequio ejecutaron por este tiempo un sacrificio horrible, de cuya precisa narración no puede menos de resentirse la humanidad. Enviaron una embajada al señor de Colhuacán suplicándole les concediese una de sus hijas para consagrarla por madre de su dios protector, expresándole que su mismo dios la pedía para exaltarla a ese honor. El Colhúa, o codicioso de la gloria de tener una hija deificada, o temeroso de alguna grave desgracia si contradecía a la demanda de un dios, acordó luego lo que se le pedía. Llevaron los mexicanos a la doncella a su ciudad con grande regocijo; pero apenas llegada, mandó según dicen, el demonio, que la sacrificasen, que después de muerta la desollasen y se vistiese de su piel uno de los más esforzados jóvenes de la nación. Interviniese o no la dicha orden del demonio, todo se ejecutó al pie de la letra. Convidaron al señor de Colhuacán para que fuese a hallarse presente a la apoteosis de su hija. Fue el desgraciado padre para ser espectador de aquella gran función y uno de los adoradores de aquella nueva deidad. Introdujéronlo en el santuario en que estaba en pie a un lado del ídolo, el joven vestido de la sangrienta piel de la sacrificada doncella, pero la oscuridad del lugar no le permitió ver lo que en él había. Pusiéronle en las manos un braserillo y un poco de copal para que comenzase sus cultos; pero habiendo visto a la luz de la llama que levantó el copal el horroroso espectáculo que tenía delante, se le conmovieron de dolor las entrañas, y poseído de un tropel de violentos afectos salió como loco dando gritos a su gente y ordenando que tomasen venganza de tan bárbaro atentado; mas no atreviéndose ninguno de los suyos a una acción, en que sin duda perdieran todos la vida oprimidos de la multitud, se volvió inconsolable a su ciudad a llorar su infortunio lo restante de su vida.

Quedó desde entonces aquella doncella constituida diosa y madre honoraria, no solamente de Huitzilopochtli, sino de todos los dioses; que eso significa el nombre de Teteoinan, con que en adelante fue conocida y reverenciada, como diremos en otro lugar. Tales fueron en aquella nueva ciudad los ensayos del bárbaro y execrable sistema de religión que después veremos.

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Del libro Historia antigua de México de Francisco Javier Clavijero.

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Pues yo voy, extranjero, a explicártelo todo fielmente: cuando el sol en el cielo ha llegado al zenit, el anciano adivino del mar deja el agua a merced de la brisa del poniente, encubierto en el negro temblor de las ondas; fuera ya, va a acostarse en las huecas cavernas y en torno un rebaño de focas reposa con él, descendencia de la bella Halosidna: salidas del cano oleaje, aún transpiran el acre vapor de los fondos marinos.

Yo hasta allí te guiaré cuando venga la aurora: en tu puesto quedarás acostado, mas antes elige tres hombres en la nave de sólidos bancos, los más valerosos.

Entretanto la diosa, surgiendo del seno anchuroso del océano, consigo sacó cuatro pieles de foca, todas ellas recién arrancadas; tramaba el engaño a su padre y, después de ahuecar en la arena unos lechos, a esperar se sentó; mas llegando a su encuentro nosotros, tras tendernos en fila una piel nos echó a cada uno.

Horrorosa emboscada fue aquella: nos daba la muerte el olor pestilente de foca nacida en salumbre, porque, ¿quién acostarse podrá con un monstruo marino?

Pero ella a salvarnos halló poderosa triaca: ambrosía nos llevó, nos untó la nariz y con ellos el dulcísimo aroma mató los hedores del monstruo.

En tal guisa aguantamos pacientes la entera mañana; en rebaño vinieron las focas del mar y al momento se acostaron en fila en la playa que baten las olas.

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Del libro Odisea de Homero.

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