Tributo fílmico de Víctor Gaviria a mujeres vejadas

Pese a los avances legales que establecen la igualdad de género, la violencia sexual prevalece en un mundo machista. Así lo revela con dureza el reciente largometraje del director colombiano Víctor Gaviria La mujer del animal, basado en hechos reales sucedidos en barrios de Medellín y protagonizada por actores “naturales”. El filme también habla de la pobreza y la exclusión, “en honor a esas mujeres que han sido violentadas”, desglosa el cineasta en esta entrevista.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Uno de los cineastas colombianos más reconocidos a nivel internacional, Víctor Gaviria, tras 10 años de ausencia en la pantalla grande, se halla recorriendo varios países con su cuarta película bajo el brazo, La mujer del animal, ocasionando polémica.

Los críticos de su país han descrito que es su largometraje más duro, demoledor, oscuro y sufrido. El mismo realizador, nacido el 19 de enero de 1955 en Liborina, Antioquia, acepta en entrevista con Proceso que la historia “es muy dura”.

Como en sus anteriores proyectos de ficción –Rodrigo D: No futuro (1990, selección oficial en Cannes), La vendedora de rosas (1998, selección oficial en Cannes) y Sumas y restas (2005, selección oficial en San Sebastián y galardonada con 11 premios internacionales)– retrata la realidad social con actores naturales.

En La mujer del animal, con la cual ganó en diciembre pasado como Mejor Director en el Festival Internacional de Nuevo Cine Latinoamericano en La Habana, Cuba, Gaviria se acerca a la vida de los barrios marginales de Medellín de los años setenta, con un triste relato basado en la tragedia real de Margarita Gómez.

Es el grave problema de la violencia sexual doméstica.

Por la pantalla grande vemos a Amparo Gómez, una chica de 18 años, quien tras ser expulsada de un internado, y por miedo a que su padre la golpee, se va a residir con su hermana a un gueto agresivo y de pobreza extrema, donde Libardo Ramírez, un delincuente temido por todos y conocido como el Animal, le da (sin que ella se dé cuenta) “burundanga”, una droga que adormece a las víctimas, y la secuestra, la viola y la golpea.

El Animal la mantiene con él amenazada, sin proporcionarle alimentos, y si bien tanto la familia del criminal como los vecinos son testigos de ello, nadie la ayuda.

“El filme no sólo es sobre la violencia de género; también de la pobreza y la exclusión”, destaca Gaviria en una charla durante la 32 edición del Festival Internacional de Cine de Guadalajara, efectuado del 10 al 17 de marzo pasado. Al final de las proyecciones de La mujer del animal, el público, salía preocupado, desencajado. Hombre y mujeres referían a Proceso:

“Se siente como un puñetazo en la cara”, “¡Qué fuerte, pero qué bien contada está la cinta!”, “Es una historia terrible y dolorosa!, “Sin duda, la mejor película del director”, “¡Qué bien dirigió a los no actores!”, “¡Guau!, dan ganas de llorar”, “Se siente dolor, mucho dolor, pero qué bien está la fotografía y los protagonistas”, o: “Muestra una tremenda violencia hacia la mujer sin amarillismo y lastima mucho”.

Mientras, Gaviria, relajado y contento porque en los cines de Colombia se estrenaba este relato cinematográfico, platicó cómo inició La mujer del animal:

“Estábamos haciendo una investigación para otra película sobre la violencia en los barrios, y alguien llevó a una mujer llamada Margarita Gómez. Ella se presentó: ‘¡Yo soy la mujer del Animal!’…

“La entrevisté con un amigo mío. En directo definió al marido con esa expresión calificativa de ‘animal’, quien fue un delincuente, asesino y violaba a las mujeres a mediados de los setenta. Nos contó todo lo que le pasó, de que ella estaba en un internado y luego de una travesura que hizo, las monjas la corrieron, y por miedo al papá ella se fue con una hermana, quien residía en un barrio situado en terrenos invadidos por gente sin recursos.”

Ahí llegó, “de arrimada”.

Estaban todos los familiares del cuñado, cuenta, y uno de ellos era un hombre que había estado en la cárcel, y al que le decían el Animal. Se la llevó a la fuerza al campo. La secuestró, abusó de ella y la golpeó por siete años, y nunca le creyeron; con ese hombre Margarita tuvo tres hijos. Pero en aquel momento no estaba interesado en plasmar dicha situación:

“El proyecto sobre la violencia en los barrios en el que trabajaba no se concretó. Pero a los dos o tres meses, me volvió el recuerdo de la mujer del Animal y la volví a llamar. Me pareció una historia muy triste y me impresionó su queja de que no le creyeron y los testigos nunca la ayudasen. Ahí vi que era un largometraje muy interesante. Me di cuenta que esa situación no quedó en la memoria; se había perdido, nadie registraba que también ella había sido una víctima de ese tipo, como si no lo hubiera sido. Una verdad tan fuerte nadie la había tomado en cuenta.”

Gaviria evoca que buscó a la hermana del Animal, llamada Olga en la cinta:

“Ella niega lo de Margarita. Testifica que su hermana Margarita estuvo con él porque a ella le gustó aquel hombre y que además formaron una familia con tres hijos. Eso me hizo pensar en aquellas familias que nacen de un abuso tan brutal; pero, a los 10 minutos de platicar con la hermana del Animal, confesó que él también la había violado cuando contaba con 10 años de edad.”

Felonía masculina

Al también poeta y escritor le intrigó el alias del violador:

“Cuando Margarita me hablaba del Animal y el pánico que le inspiraba, me parecieron dos aspectos que le daban a la historia un contexto metafísico. Me explicó, a través de la existencia de tal animal, ese odio contra la mujer. Puso en la mesa ese rasgo cultural del machismo, el cual es creer que la mujer como tal es un ser con quien se puede hacer lo que se quiera, y que cualquier cosa que le ocurra a las mujeres es deleznable.”

Es decir, no produce ningún remordimiento todo el manejo contra la mujer.

“Esos hombres ni siquiera son conscientes de que la mujer pueda sufrir una humillación y se le dañe su dignidad, ni que esos actos vejatorios marquen la vida de una mujer en un antes y un después.”

Sin embargo, el guión fue rechazado por los productores.

“Nadie quería filmar la historia. A todo mundo le parecía un exabrupto, una cosa absolutamente inconveniente para que gustara al público. Yo arrastré el proyecto durante muchos años y sí, fue complicado escribir el guión… Yo empecé a buscar la vida del Animal a través de los vecinos, de la gente del barrio, porque Margarita me hablaba de esa persona desde su punto de vista y era una cosa de maltrato absoluto. Por lo tanto, pensé que debería buscar otro punto de vista.

“Lo más amargo es que cuando yo charlaba con los habitantes del barrio, siempre caían en que el tipo era inverosímilmente malo, malo… Al comienzo no lo reconocían, pero al final revelaban: ‘¡Le tenía pánico!’ Las mujeres expresaban: ‘Tocaba a mi casa, y no le abría, porque sabía que me violaría’.”

Fracaso del Estado

Sorprende la situación de la pobreza extrema del lugar. Gaviria narra que ese asunto lo trabajó al detalle:

“Tengo la idea de que también la situación social es el gran animal. Es decir, este gran animal construye a ese animal de barrio. Quise reflejar esa crueldad de la sociedad de permitir que la gente viva en situaciones muy malas económicamente. A mí me golpea la pobreza extrema.”

–Usted siempre busca personas que vengan de situaciones similares a las que presenta en sus películas para que sean los actores, ¿cómo encontró a quien recrea el personaje del Animal?

–¡Está increíble en la cinta el hombre! Se llama Tito Gómez. Para mí es muy importante que los actores sepan de ese mundo, que lo hayan vivido, que hayan visto la crueldad, ese abuso. Cuando me encontré con él, me dio a entender que conocía bien eso en su propia familia. Me confesó que hombres como el Animal se encuentran donde sea, que él los conoce… Él es del campo y había sido parte de organizaciones ilegales. Interpretó al personaje de una manera muy acertada, con una furia que nunca se calmaba.

–A Natalia Polo (Amparo Gómez) la encontró saliendo de un colegio y ella también actúa por primera vez. ¿Le dio un taller actoral?

–No. Yo los ubico en un lugar, que son de ahí, conocen ese mundo y lo han vivido. Mi idea del actor natural es un actor que improvisa y nunca hablamos de actuación. Lo único que hago es ponerles unos ejercicios muy sencillos frente a la cámara, para que al rodar no les importe la lente y la soporten cerca. Pero lo que ellos son es lo que deben ser frente a la cámara.

Al expresarle que literalmente paraliza al público que haya rodado en calles de tierra y de difícil acceso, en un barrio real llamado Nueva Jerusalén, el cual se ubica en los límites de Medellín con Bello, añade que pretendía mostrar esas zonas que la gente construyó invadiendo los terrenos.

“Medellín es una ciudad muy orgullosa de sí misma; pero el 30% de la ciudad es planificada y el 70% es autoconstruida por la gente, y aún tiene las huellas de esos callejones. Los recuerdos de la gente son tremendos, llegan huyendo de la violencia política del campo y viven en unos ranchitos muy pequeñitos, familias de 10 o 12 integrantes.

“Mira, yo aspiraba a que el público recordara cómo es que nació esta metrópoli. La película también evidencia algo a lo que nos hemos acostumbrado: los barrios marginales como un paisaje. Eso no es paisaje, sino el fracaso de la sociedad, del Estado, del humanismo que se supone existe”, esclarece.

La filmación se prolongó 12 semanas.

–¿Por qué tardó 10 años en crear otro largometraje?

–Porque me equivoqué con otros proyectos que no cuajaron, casi siempre por culpa de los productores. El problema que enfrento para filmar es que siempre les digo a los productores (será para justificarme), que el trabajo de actores naturales es una cosa muy distinta, y hay una incertidumbre tremenda en todo el proceso…

“Los guiones basados en la realidad, muchas veces no logran cerrar del todo. Igual nunca quise cerrar con mis conjeturas, y siempre iba investigando, por eso también me retrasé mucho tiempo. Cuando empecé La mujer del animal me demoré para entender la evolución de ella, no la entendía muy bien hasta que se me presentó el Animal yúnior, un muchacho de 30 años, rubio y de ojos claros, y me reveló: ‘Yo soy hijo del Animal, pero no de Margarita Gómez, sino de otra Margarita…’.”

Ahí “entendió el guión”, porque le faltaba “la evolución” de Margarita.

–¿Cómo siente las reacciones de las personas que ven el largometraje?

–Hay gente que le parece una película insoportable, que maltrata al espectador, que es exagerada e inadecuada; pero también muchos han reaccionado muy bien. Muchos creen que al mostrar al Animal, servirá de algo…

“Es un filme en honor a esas mujeres que han sido violentadas como Margarita. Deseo que se convierta en un autoparlante de esos dolores.”

–¿Cuál es su sentir de que mientras Colombia está buscando todavía la paz, usted presente otro crudo retrato social?

–Es un momento afortunado para presentar este retrato. El conflicto político que hemos vivido desde hace 50 y pico de años, es el que ha escondido estos animales. Cuando uno lee toda la historia del paramilitarismo, de los asesinos que se han enclavado en unas regiones, casi siempre lo que sale es una crueldad contra las mujeres. Eso es impresionante; pero está como en segundo plano.

La mujer del animal continúa recorriendo festivales internacionales. El pasado 2 de abril obtuvo cinco distinciones en la 23 Mostra de Cinema Llatinoamericá de Catalunya, en Lérida.

Este reportaje se publicó en la edición 2111 de la revista Proceso del 16 de abril de 2017.

Acerca del autor

Nació en la Ciudad de México. Estudió ciencias de la comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Desde 1991 inició en el periodismo. Ha trabajado en los diarios mexicanos El Universal y La Jornada, entre otros, y el periódico español El País. En 1999 ingresó a Proceso, donde labora hasta la fecha.

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