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“La favola d’Orfeo”, fallida inauguración

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Con antecedentes tan remotos como el Orfeo de Poliziano de 1480, es sin embargo La favola d’Orfeo de Claudio Monteverdi (1567-1643) –estrenada en el palacio ducal de Mantua en 1607– la que se considera como la primera ópera-ópera propiamente dicha.

Esa razón: 410 años de su inauguración –así como los 450 de nacimiento de Monteverdi, más el medio siglo de la nueva orquestación que le hizo Bruno Maderna, nunca escuchada en México–, fue motivo suficiente y justificado para que este Orfeo fuera la función de apertura de la presente edición del Festival Centro Histórico (FCH).

Originalmente compuesta en un prólogo y cinco actos, la versión de Maderna la reduce a sólo dos grandes partes que fueron las que escuchamos, y de alguna manera “vimos” en la presentación de apertura del FCH. “Vimos” porque la más que cuatricentenaria ópera no se presentó con toda la parafernalia necesaria para que luciera en todo su esplendor, sino como una especie de ópera-concierto que al final no fue ni la una ni lo otro, sino un híbrido horrendo que hizo ver mal a los cantantes y mal escucharlos…

Para la versión en concierto pueden utilizarse, si así se desea, únicamente siete solistas que interpretan varios personajes cada uno, como sucedió en este caso. Estos solistas pueden, por tanto y sencillamente, colocarse frente a un atril y, vestidos adecuadamente, interpretar a sus distintos personajes sin necesidad de cambio alguno de vestuario ni de distractivos “movimientos” escénicos. Vale mencionar que hubo supertitulaje, por lo que no existía riesgo de que el público se confundiera con un mismo intérprete pero diferente personaje, porque la traducción en pantalla dejaba claro quién era quien.

Empero, no se procedió de esa manera, sino que la directora de “Movimientos escénicos y gestualidad” (cito al programa de mano) y, presumo, también de vestuario, optó por, entre otras cosas, unos risibles sombreritos yucatecos, una ridícula chaquetita –tal vez de piel de conejo– para Eurídice, al tiempo que le puso un elegantísimo sombrero de zorro, marta cibelina o similar. La incongruencia total al igual que el resto de las vestimentas (teatralmente no se puede llamar vestuario a eso) que, aunadas a la “gestualidad” y “movimientos escénicos”, solo ensuciaron tremendamente la escena y, esto sí, provocó más de una confusión, e hizo totalmente fallida la escenificación.

Así, lo salvable fue la estupenda música de Monteverdi, dirigida por el maestro Guido María Guida en un gratísimo retorno a nuestros escenarios, lástima que haya sido en estas condiciones; el canto del coro, conducido esta vez por Pablo Varela, y el desempeño de la bella soprano Leticia de Altamirano (Euridice) y el barítono Josué Cerón (Orfeo), seguidos por el tenor Enrique Guzmán (Apolo) y los otros solistas.

Si por razones económicas no se podía montar la ópera como tal, ¿por qué no hacer una versión concertística decente y no tratar de inventar el agua tibia con “escenificaciones” tan pobres, dignas sólo de final de escuelita? ¿Por qué desperdiciar así una presencia como la de Guida y el buen trabajo de Varela y el de los solistas? Qué pena.

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