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El 10 de mayo “somos sonrisas fingidas con un dolor que consume cada año”: madres de desaparecidos

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- El padre Carlos Aurelio Ramírez, miembro de la Iglesia Anglicana de México –que lo depuso por hacer declaraciones contra el gobernador de Morelos, Graco Ramírez–, acompaña a madres y padres de desaparecidos en lo que llama un auténtico viacrucis.

Los ayuda a transitarlo con palabras del Evangelio, acompañándolos y caminando. Les habla de amor, de esperanza y de Dios cuando cuestionan su existencia, inmersos en tanto dolor, tanto sufrimiento, víctimas de tanta maldad.

“Les explico que en este mundo hay muchas fuerzas que actúan, no solamente el mal. Ellos son muestra de que Dios nos usa como instrumentos de cambio. El mal es producto de la ausencia del bien. La oscuridad no existe, es ausencia de luz”, predica el cura.

Lo escuchan Elsa Maldonado, hermana de Bruno, un policía federal desaparecido por el crimen organizado en Matamoros, Tamaulipas, y Mónica Orozco, madre de Benjamín Ulises Medina, desaparecido el 27 de julio de 2013 en Hidalgo.

Tenía 19 años, cuenta. Se le pregunta por qué habla en pasado.
“Porque él desapareció a los 19 y para nosotros, su familia, ahí paró todo. Paró la vida. Yo sé que va a cumplir 23 años y estamos preparando algo para él. Pero, finalmente, 19 es la edad en la que lo dejé de ver.

“En la desaparición no se alcanza nunca la paz, no duermes. Es una agonía diaria, a toda hora, constante. Como si se hubiera detenido el tiempo”, dice Mónica, entre pausas.

Se niega a decirlo, pero piensa en la muerte de su hijo. La busca, en caso de no encontrarlo con vida, como un alivio.

“Desafortunadamente, por el país en el que vivimos, sabemos que no estamos exentos de que le hayan arrebatado la vida. Nosotros no vivimos ese duelo porque no está, y la esperanza es lo último que voy a perder, pero sería un alivio. Entras a otro proceso, de resignación, de duelo, algo que con él también nos arrebataron”.

Madres de desaparecidos marchan en la CDMX. Foto: Octavio Gómez

Madres de desaparecidos marchan en la CDMX. Foto: Octavio Gómez

Erika Berenice Cueto desapareció el 12 de noviembre de 2014, en Puerto Vallarta, Jalisco. María, su madre, lleva su imagen ceñida al pecho. No ha tenido noticias suyas desde entonces. Sólo sabe que el automóvil de su hija apareció vandalizado al costado de un río.

Las autoridades, apunta, la han dejado sola, forzada a hacer las veces de investigadora, abogada, psicóloga y madre de una chica desaparecida al mismo tiempo. No está esperando a su hija. La está buscando. Y en eso se le va la vida.

“Una desaparición es una muerte en vida. Porque mi hija no está muerta, no está viva, simplemente no está. Eso destruye. No saber si la están golpeando, si la están lastimando, si come… Te acaba como familia”, cuenta María en un 10 de mayo que le resquebraja el alma.

La desaparición de un hijo, señala mientras intenta alejar la humedad de su mirada, es peor que su muerte:

“Cuando un hijo se muere el dolor es inmenso pero es natural, y ahí está. Quizá te llegue la resignación, quizá no, pero sabes dónde está tu hijo y tu dolor. Tienes donde llorarle. Tienes certeza. (La desaparición) Es peor que la muerte”, relata.

Y se enoja. Con la vida y con la gente, la sociedad que no se solidariza. “Yo quisiera que la sociedad se sensibilizara y entienda que a cualquiera en este país le puede pasar. Ya no necesitas tener mucho dinero o andar en malos pasos; nos puede pasar a cualquiera.

“Lo que ayuda es la unión y somos un pueblo desunido. En esta manifestación ¿cuántas madres que no tienen a sus hijos desaparecidos vienen como madres a sensibilizarse con nuestro dolor? Muy pocas. No nos acompañan. Dios quiera que no les toque porque se van a sentir en la orfandad. Sólo pedimos que vean las fotos de nuestros hijos, que nos digan si saben de ellos, que no volteen la mirada, que nos ayuden a convertirnos en una piedra en el zapato de las autoridades para que esto ya no exista”, lamenta e implora María.

¿Aun en la tragedia cree en Dios?, le pregunta el reportero.
María responde como reflejo: “Claro. Bueno…”. Titubea, aprieta los labios y difiere del cura Ramírez:

“Mi fe ha cambiado mucho. Al principio tenía mucha, pero ya me cansé de pedirle tanto a Dios, de hacer tantas cosas. Pero tengo que seguir viviendo. Aun así, todos los días me despierto con la esperanza de encontrar a mi hija”.

La suya es una de cientos de historias que caminan juntas, una de miles alrededor de un país plagado de desaparecidos, convertido en una enorme fosa común y clandestina.

“Nos gritamos, lloramos y nos peleamos. Pero el dolor nos hermana. Estamos juntas. Juntas por el dolor. Somos vasos rotos, que aunque nos peguen mil veces, no servimos más. Estamos incompletas. Nos faltan nuestros hijos. El 10 de mayo no lo celebramos. Somos sonrisas fingidas que arrastran un dolor que, más allá de menguar, te consume cada año”.

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