Pierre Lemaitre: Matar a la prensa es matar a la democracia

De visita en México y entrevistado por Proceso, Pierre Lemaitre –el autor de novela negra más exitoso hoy en Europa– pasa revista a varios temas de la actualidad francesa y estadunidense –el ascenso de la ultraderecha– y mexicana –el crimen, la corrupción–, que en su opinión tienen un ingrediente en común: la “desculturización” de la sociedad. El escritor francés también habla de la violencia contra la prensa en México: “Cuando uno quiere matar a la democracia siempre se empieza por matar a la prensa”.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Pierre Lemaitre es hoy el autor de novela negra más importante de Europa. El suspense es el camino que escogió para explicar la violencia y los efectos sociales del capitalismo a ultranza que ha “desculturizado” a las sociedades, a las cuales la corrupción les parece normal y que, a manera de una víctima del síndrome de Estocolmo, lleva a sus victimarios al poder.

Ante la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos y el ascenso de la extrema derecha en Francia, su país, y en general en Europa, reivindica la memoria y la importancia de la literatura como recurso para entender lo que está pasando.

Lo mismo aplica el autor (París, 1951) para un país como México, representado ahora ante el mundo por la violencia y la corrupción y “donde los desacuerdos o los ajustes de cuentas se hacen de la manera más trágica para la democracia, que es matar a la prensa”.

Profesor de literatura francesa y norteamericana, enseñó durante 20 años técnicas literarias hasta que hace una década publicó Irene, el inicio de una trilogía en la que el hilo narrativo es el comandante Camille Verhoeven, encargado de investigar los asesinatos de mujeres en la Francia del primer mundo, uno de los motores de la Unión Europea política, económica y financiera, pero “a la que le falta la Europa cultural”.

Autor tardío, comenzó a escribir a los 55 años, Lemaitre ha sido ganador de los premios de novela negra europea por prácticamente cada una de sus novelas. Entre ellos, el Premio de Novela Negra Europea, el Premio Goncourt y el Dagger. A Irene, le siguieron Alex y Camille. Traducido a 18 idiomas, la crítica literaria mundial lo describe como un maestro del suspenso. Pero el suspense es su recurso para explicar la violencia de la sociedad contemporánea.

La fragilidad de la democracia y la violencia sin sentido, presentes en su novela Rosy & John, fueron dos de los temas sobre los que conversó con Proceso el pasado 27 de abril en la Ciudad de México, en su primer viaje al país y al continente americano para presentar su obra a los lectores latinoamericanos.

“Ante la violencia o la manera en que se dirige la vida pública, los libros no pueden hacer nada. Ciertos libros han tenido éxito, como El capital de Marx, La Biblia o La interpretación de los sueños, de Freud. Pero no son novelas. No creo que las novelas sean capaces de modificar fundamentalmente una sociedad a nivel político. En cambio, la literatura sí”, dice.

Echa mano de dos ejemplos: La demanda que tuvo en Estados Unidos y en otros países la novela 1984, de George Orwell, a la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, y su propio libro Recursos inhumanos.

En el primer caso, explica, la gente se puso a leer o a releer a Orwell porque les muestra una interpretación de la realidad que los ayuda a entender lo que tienen enfrente. “La literatura no cambia al mundo, pero sí permite darlo a entender”.

En el segundo ejemplo, “falto de molestia”, se refiere a la novela en la que un ejecutivo desempleado se vale de la corrupción con tal de volver a trabajar. “Es un tipo que roba dinero. ¿Cuál es el problema? Es algo normal, ¿no? Y para tener trabajo tiene que dar mordida. ¿Cuál es el problema?

“En mi país, cuando escribí eso, todo mundo estaba escandalizado, pero en México puede parecer un libro extraño. Depende de la distancia entre lo que uno está viviendo y lo que uno está leyendo. Pero no porque aquí sea posible, sea normal en sí. La literatura no va a cambiar la verdad, pero sí puede acompañar a la gente en su percepción de la realidad.

–¿Qué se puede esperar de la literatura ante una realidad como la del narcotráfico en México?

–Creo que de tanto tener series de televisión, novelas e información (ustedes, los periodistas mexicanos, trabajan con eso a menudo en condiciones muy peligrosas) se crea un mundo ficcional, una especie de pantalla entre la gente y el fenómeno, y a través de ese prisma es como la gente ve la realidad. Ni la literatura ni la televisión ni el cine van a erradicar el narcotráfico, pero a través de la ficción puede ocurrir una toma de conciencia paulatina de los valores, actitudes y discursos necesarios para enfrentar esa realidad.

Un país que da miedo

En su novela Alex, Lemaitre hace una mención rápida sobre la violencia en México. Aunque en la entrevista se disculpa por el recurso literario, es contundente sobre la imagen que el mundo tiene hoy de México.

“Es cierto que la primera representación que se tiene de México ya no es la de la antigua y gran cultura. Ya no es el país de Octavio Paz o de Carlos Fuentes. Es un país en el cual hay que tener cuidado cuando uno va caminando. Un país considerado uno de los más peligrosos del mundo. Cuando me venía de Francia, me decían, ¿pero a dónde vas? Me daba la impresión que me mandaban al Lejano Oeste. Un amigo aquí me contó que cuando vino (el escritor) Michel Houellebecq a México se quedó en su recámara porque tenía miedo de salir.

“La representación básica es la de un país violento, en el que hay mucha corrupción. Me dijeron: ‘Tienes que tener dinero contigo’. Para mí es un verdadero sufrimiento, porque he leído literatura mexicana y yo sé que es la cultura mexicana. Si México fuese sólo eso, sería terrible. Por fortuna sé que no es sólo eso y en este país, donde hay tanta violencia, sigue habiendo una magnífica cultura.”

Su visión es más drástica cuando habla de los periodistas. “Estamos en un país donde los desacuerdos o los ajustes de cuentas se hacen de la manera más trágica para la democracia, que es matar a la prensa.

“Esa también es una representación que tenemos de México. Me gustaría que cuando me vaya, sea mucho mejor de la que tenía cuando llegué. He hablado aquí con (el editor y escritor colombiano) Felipe Restrepo acerca de los periodistas amenazados y asesinados en México y es algo dantesco. Si se mata a tantos es porque hay periodistas que están intentando trabajar. No los matan por haberse quedado en casa.”

–Lo peor es acostumbrarse a esa anormalidad.

–¡Desde luego que no hay que verlo como algo normal! Sólo que aquí ya se convirtió en la norma. La norma es deshacerse de un periodista que molesta. Desde el punto de vista de la democracia es una monstruosidad. Cuando uno quiere matar a la democracia siempre se empieza por matar a la prensa, siempre.

–Igual de trágica es la violencia contra las mujeres. ¿Por qué tanto su interés en ese tema?

–Es cierto que mis novelas se refieren a mujeres golpeadas. Pero Alex está dedicada especialmente al tema. Me interesa en varios niveles. Para empezar, numéricamente. Cada tres días hay un feminicidio en Francia por violencia conyugal.

“Lo segundo es que siguen siendo asesinatos invisibles. En esos tres días no tengo un solo título principal que diga: ‘Otra vez golpearon a una mujer y murió en un hospital’. De vez en cuando ocurre, cuando es un asesinato especialmente espectacular; pero será tres veces al año. Hay una desproporción entre la importancia de esta criminalidad y el lugar que toma en la prensa.

“Y la tercera razón es que en el fondo las mujeres siempre han estado colonizadas por los hombres. Todas las colonizaciones han sido violentas. Podríamos pensar que como cada vez hay más mujeres en labores que antes estaban reservadas a los hombres y en puestos de poder, uno podría pensar que la colonización ya está llegando a su fin. Yo no sé si los logros que nos muestran es una manera de avalar la criminalidad de la que son víctimas las mujeres.”

–En México la situación es todavía peor. Los feminicidios no dejan de extenderse desde finales del siglo pasado, pero no alcanzamos a hacer consciente a la sociedad de lo que está pasando.

–Hay que insistir. Lo peor es el silencio. Los periodistas tienen que investigar más y que los novelistas tomen el problema más a menudo. Yo lo hago, pero todavía no lo suficiente y yo mismo me reprocho que al menos debería tener dos novelas sobre el tema y sólo tengo una. No estamos haciendo lo suficiente y sobre todo creo que no hay que banalizarlo.

“Si la situación de las mujeres en México, en cuanto a la violencia, es lo que es, creo que hay razones ideológicas. No tengo la impresión de que la Iglesia católica esté facilitando mucho las cosas en ese ámbito. Es una religión que no comparto. No soy creyente. Pero respeto esas creencias. Sin embargo, la Iglesia católica ante las mujeres, la sexualidad, la pedofilia, ya tuvo oportunidad de jugar un papel y no lo ha hecho.

“La Iglesia tiene una responsabilidad moral y ella también debería alzar la voz, decir más cosas. ¡Cuánto hubo que insistir para lograr que la religión católica admitiese fenómenos de pedofilia que se conocen desde hace generaciones! Lo mismo sucede con las mujeres. Hay generaciones de mujeres golpeadas y la Iglesia lo sabe perfectamente, pero en las mujeres golpeadas encuentra la manera de ejercer su magisterio y consolidar su poder.”

Capitalismo desbocado

Pierre Lemaitre transita también del fin de la Primera Guerra Mundial, hace casi un siglo, al capitalismo salvaje de finales del siglo XX para abundar en la violencia irracional. En Nos vemos allá arriba, tres combatientes salen de las trincheras para dar otra batalla, la de su inserción en el nuevo capitalismo. En Recursos inhumanos echa mano de un directivo desempleado para exhibir al capitalismo corporativo.

“Es un intento por ver los efectos perversos del capitalismo durante el siglo. Podemos tomar el final de la Primera Guerra Mundial o el final del siglo XX, pero en el fondo siempre estamos ante los efectos desastrosos del capitalismo, que ahora nos anuncian los efectos del neoliberalismo y de la mundialización. Nosotros en Francia estamos con altas probabilidades de elegir a alguien que adora la mundialización (Emmanuel Macron), que es un mundializado feliz. Igual que hay imbéciles felices, este es un mundializado feliz.”

–¿Cómo es que la sociedad francesa tiene la posibilidad de llevar a la Presidencia de la República a Marine Le Pen, de la extrema derecha, siendo una sociedad con una fuerte tradición democrática e intelectual?

–No es muy complicado. Ha habido una desculturización progresiva y hoy tenemos un pueblo al que le falta memoria y al que hablarle de la Revolución Francesa para comprender la situación actual se le hace muy complicado. Tenemos un pueblo que se fija en lo que va a pasar mañana, o pasado mañana o en lo que pasó ayer. En el fondo, en la situación de dificultad en la que este pueblo se encuentra, se ha vuelto prosaico. “Cuando uno está desempleado puede hacerse de una teoría de la Ilustración, pero lo primero que se pregunta en realidad es cómo va a recuperar su trabajo. Cuando uno no tiene domicilio fijo o cuando uno se siente amenazado por la precariedad, uno puede recordar la historia de la Revolución Francesa, o volver a leer a (Jules) Michelet y a (Adolphe) Thiers, pero eso no les va a dar de comer mañana.

Debido a que “el estado de precariedad en el cual vive gran parte del pueblo francés, ocho millones de personas más o menos se van por lo más sencillo. El discurso de la extrema derecha es un discurso fácil de entender. Entre más se ven arrastrados por esta precariedad que los lleva a buscar soluciones sencillas, se vuelven más permeables a un discurso muy sencillo que les dice: ‘¿No tienes trabajo y esta mexicana sí? ¿Es normal que una mexicana en tu país tenga trabajo cuando tú no lo tienes? Entonces, fuera la mexicana. Vamos a poner allí a un francés’.

“Es una lógica absurda pero que parece tan de sentido común, tan elemental que la gente dice: ‘¡Ah, pues sí!; por ahí va la cosa’. La precariedad simplificó el pensamiento y la extrema derecha tiene un pensamiento simplificado que viene a moldearse y acercarse a las fantasías de la gente con dificultades. Están hechos para entenderse bien.”

–Es lo mismo que pasó con Trump en Estados Unidos.

–Mutatis mutandis, creo que pasa lo mismo. En el fondo, lo que más me impresiona es ver hasta qué punto los pobres decidieron ayudar a los ricos. El señor Warren Buffet, multimillonario, dice que la lucha de clases existe todavía, pero que ya no es la lucha entre derecha e izquierda y proletarios y ricos. Es la lucha entre ricos y pobres y nosotros los ricos estamos ganando.

“Pocos meses más tarde, el señor Trump, multimillonario, es electo y cuando uno ve su electorado, son los pobres los que lo eligieron. Es una suerte de declinación del síndrome de Estocolmo. En el fondo, tenemos lo mismo, un pueblo que vive en precariedad, una clase media que está perdiendo sus privilegios y empieza a vivir problemas elementales, y lo que quieren son soluciones simples.

“Entonces llega alguien que les dice que hay una solución muy sencilla: ‘Vamos a construir un muro para que no pasen los mexicanos’. La simplicidad de la pobreza, la sencillez en la que nos coloca la precariedad de clase, lo transforma a uno en un blanco ideal del discurso de la simplicidad. Los problemas que se viven con simplicidad ante soluciones que parecen ser sencillas están hechas para ir juntas.”

–En México, la precariedad también ha tenido que ver en el reclutamiento de hombres y jóvenes para el narcotráfico.

–Sin duda. Más que nunca necesitamos intelectuales. Todo esto tiene un solo nombre, es un problema de cultura. Mientras la gente tenga muchas palabras para explicar las cosas, puede llegar a explicar cosas difíciles, pero cuando la gente dejó muy pronto la escuela y tiene que pensar sólo con 600 palabras, no se pueden pensar cosas difíciles. La cultura mantiene la memoria y nos permite utilizar el pasado para interpretar el hoy. Si ya no tenemos cultura, todo se vuelve posible.

Esta entrevista se publicó en la edición 2114 de la revista Proceso del 7 de mayo de 2017.

Comentarios