Alaíde, otra vez

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En diciembre de 1980 Alaíde Foppa acababa de cumplir 67 años y pese a que estaba de duelo, pues su hijo menor había muerto luchando en Guatemala y su marido había fallecido atropellado en el Distrito Federal, estaba llena de ilusión por su nuevo proyecto: ser la embajadora cultural del pueblo guatemalteco. Viajó a ese país a visitar a su anciana madre y, en cuanto llegó, recibió una llamada de su hijo Mario, conminándola a que se asilara en la embajada de México. Con su inexperiencia política no calibró lo grave de la situación y decidió pasar antes al mercado a comprar unos recuerditos.

Además, en agosto de ese año ella había viajado a la ciudad de Guatemala a llevar las cenizas de su marido, Alfonso, y la recibió su cuñado, ministro del régimen de Lucas García, que tenía una postura política totalmente opuesta, pero al fin de cuentas era su familia. ¿Cómo iba ella a imaginar en el segundo viaje que su vida estaba en riesgo? ¿Por qué esta vez el ministro Solórzano no hizo nada para protegerla? En el mercado la interceptaron junto con su chofer, y fue secuestrada y desaparecida. Cuando su hija no regresó del mercado, doña Julia empezó a buscarla en hospitales y puestos policiacos, y acabó dando aviso de su “desaparición” a los dos hijos que vivían en México, Julio y Laura Solórzano, que inmediatamente se movilizaron.

Recuerdo la desesperación de tantísima gente; la tristeza de José Luis Balcárcel; la valiente oferta de Jorge Carpizo, Gastón García Cantú, Leopoldo Zea, Juan José Bremer y Socorro Díaz de volar a Guatemala a indagar con el gobierno sobre su paradero. A Elena Poniatowska le hablaron por teléfono conminándola a que se presentara en un hotel donde le dirían dónde estaba Alaíde. Por suerte, sus amigas le impedimos que se arriesgara a enfrentar a un loco o a un extorsionador. Fueron días pavorosos, de miedo y dolor.

A mediados de 1981 llegó lo que temíamos: la confirmación de su muerte. Las filtraciones de algunos miembros del ejército narraron una historia atroz: Alaíde había sido llevada a la casa del ministro del Interior, Donaldo Álvarez Ruiz, quien tenía una cámara de tortura. Ahí falleció pocos días después de secuestrada. Años después, el juez Grande Malarska, de la Audiencia Nacional de España, giró una orden de aprehensión contra Donaldo Álvarez Ruiz, porque además de ser ministro del Interior de Guatemala de 1978 a 1982 (justo en el momento de la desaparición de Alaíde Foppa) se ocupaba personalmente de las torturas. Álvarez Ruiz, responsable directo de la muerte de miles de guatemaltecos, vivió tranquilamente en México varios años, pues consiguió la residencia y la protección. Miguel Ángel Granados Chapa, en un artículo de su columna Plaza Pública (Reforma, 19 de diciembre de 2004) dijo que Álvarez Ruiz huyó de Guatemala a Estados Unidos en 1982 y fue recibido en México siete años después, cuando era secretario de Gobernación Fernando Gutiérrez Barrios. Álvarez Ruiz recibió con velocidad su formato FM2 de inmigrado y se instaló cómodamente: compró casas en Tlalnepantla y en San Luis Potosí. Cuando se dio la orden de captura internacional, la justicia mexicana fue deliberadamente torpe y dejó escapar a este criminal y genocida. ¿Vive todavía en México el torturador asesino de Alaíde y de miles de guatemaltecos más? No sé qué es más terrible, que Álvarez Ruiz ande suelto o la complicidad criminal de ciertos funcionarios mexicanos.

Alaíde fue torturada y asesinada no sólo para averiguar qué sabía de sus hijos, sino porque había manifestado su voluntad de ser una embajadora itinerante de la causa del pueblo guatemalteco. Con sus contactos en Europa, con su prestigio personal, Alaíde iba a conmover a muchas cabezas y muchos corazones. Había que eliminarla. Esa dama de letras, refinada crítica de arte, maestra universitaria, poeta y feminista era un peligro para los criminales que gobernaban. Una muestra de lo que hubiera sido su trabajo la dieron los varios “comités por la vida de Alaíde Foppa” que surgieron en París, Buenos Aires, Roma, Nueva York y otras ciudades, que se manifestaron frente a la embajada guatemalteca de cada país.

Este año se cumplen 37 años de su muerte. La organización guerrillera en la que perdieron la vida dos de sus hijos y en la que militó una de sus hijas inició el camino de la legalidad democrática y hoy es un actor político en la reconstrucción de Guatemala. De sus cinco dedos de la mano, como llamó a sus hijos, quedan tres: Silvia, la médica guerrillera, que se acercó al feminismo que apasionó a su madre; Laura, la bailarina que echó raíces en Ecuador, y Julio, el cantante y productor cultural que circula por todas partes.

Alaíde era un ser luminoso, y del desgarramiento que produjo la pesadilla de su desaparición hemos transitado a un sordo dolor. Su recuerdo regresa con fuerza por momentos cuando se organizan encuentros en su memoria, como el que se llevó a cabo en la Universidad Iberoamericana el jueves 4. Sin embargo, el tiempo no apacigua la tremenda sensación de injusticia. Toda muerte es inevitable, pero hay distintas formas de morir, y la muerte de Alaíde es una herida abierta, una herida que comparten y sufren varios cientos de miles de familiares y amigos de personas igualmente desaparecidas en nuestro continente.

Este análisis se publicó en la edición 2114 de la revista Proceso del 7 de mayo de 2017.

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