Había una vez…

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Ese hidalgo llamado Don Quijote, uno de los más entrañables –y sabios– personajes de la literatura universal, estaba convencido de que hubo un tiempo en el que el mundo realmente era como debía ser y dedicó su vida a restaurar esa época paradisiaca –descrita en el capítulo XI de la novela de Cervantes– ante un grupo de cabreros: Dichosa edad y siglos dichosos aquellos en que los antiguos pusieron el nombre de dorados… en los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío… Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia. Las delicias de la naturaleza se conseguían sin esfuerzo alguno y no existían las leyes porque no eran necesarias.

Asimismo, relata que el fin de esa edad de oro lo obligó a unirse a la orden de los caballeros andantes, para defender a las doncellas, amparar a las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos. Imbuido en el laberinto de su propia imaginación, Don Quijote estaba resuelto a recuperar un pasado ideal.

La misión del Caballero de la Triste Figura estaba condenada al fracaso porque implicaba “una rebelión contra el tiempo, que es irreversible e inconquistable”, afirma el humanista estadunidense Mark Lilla en su libro más reciente, The Shipwrecked Mind. On Political Reaction (2016: La mente náufraga. Sobre la reacción política). El especialista en el pensamiento político y religioso de Occidente toma a Don Quijote como ejemplo literario de la mente “reaccionaria”, para establecer un paralelismo un tanto forzado entre Don Quijote –a quien considera un mesías tragicómico y, a la vez, un símbolo del sufrimiento cristiano– y el radicalismo islámico, cuya narrativa intento sintetizar, basado en el epílogo titulado “El caballero y el califa”:

Antes de la llegada de Mahoma el mundo vivía en la edad de la ignorancia, jahiliyyah. Los grandes imperios estaban sumidos en la inmoralidad pagana y los árabes eran supersticiosos, bebedores y apostadores. Al arribo de Mahoma, los primeros califas transmitieron su mensaje y se empezó a construir una sociedad normada por la ley divina del Corán. Surgieron la justicia y la virtud, y durante varios siglos se desarrollaron las artes y las ciencias, pero el progreso trajo consigo el lujo y éste engendró el vicio y el estancamiento.

Durante el siglo XIX la colonización se convirtió en otra Cruzada de Occidente, no para convertirlos a otra religión, sino para imponerles un orden secular mediante los descubrimientos de la ciencia y la tecnología. Las élites musulmanas se volvieron fanáticas del desarrollo y la nueva oferta logró someter a los fieles. La combinación de secularismo, individualismo, materialismo, indiferencia moral y tiranía condujo a una nueva jahiliyyah. Hoy, todo fiel musulmán debe luchar contra la nueva era de la ignorancia. El Corán puede usarse para convertir el rencor y la venganza históricos en sentimientos sagrados.

Cuando la edad de oro se mezcla con el apocalipsis la tierra empieza a temblar. Surge así un terrorismo suicida sin fronteras, muchos perpetradores de los atentados han nacido en Europa. En 2014 se crea el grupo terrorista autodenominado Estado Islámico y su líder se proclama nuevo califa de todos los musulmanes. Lilla concluye: “Actualmente, los cuentos infantiles parecen ser más potentes que las fuerzas económicas… Nos damos cuenta de que las consignas revolucionarias más poderosas (y terribles) de nuestro tiempo comienzan con la frase: Había una vez…”.

En efecto, la mente náufraga ha tenido una influencia mundial preocupante debido a que los reaccionarios contemporáneos han descubierto que la nostalgia del pasado puede convertirse en un poderoso instrumento de motivación política, aun más potente que la esperanza. “La esperanza puede defraudar. La nostalgia es irrefutable”. Los reaccionarios no son conservadores, sino “militantes de la nostalgia”. Más allá de las ideologías tradicionales de izquierda y derecha, operan en la dimensión mítica de culturas y naciones tan disímbolas como Estados Unidos, Rusia, Francia o el mundo árabe.

El caso de Francia se verá más claramente cuando se conozcan los resultados definitivos de los comicios del domingo 7, aunque ya desde la primera vuelta electoral sabemos que el sistema de partidos ha dado un vuelco histórico al haber quedado eliminados los dos más grandes, los que dominaron la escena política de la V República durante medio siglo: el Republicano y el Socialista. Hoy los franceses se debaten entre el reaccionario ultranacionalismo de extrema derecha de Marie Le Pen (Frente Nacional) y el europeísmo de centro-izquierda de Emmanuel Macron (¡En Marcha!), quien se perfila como el ganador de la contienda.

Independientemente del vencedor, Francia enfrenta un desafío planteado por Michel Houellebecq, autor de la controvertida novela Sumisión, en la que se narra la elección de un presidente musulmán en Francia en 2022.

Al respecto, Lilla comenta: “Houellebecq piensa que Francia ha perdido, desgraciada e irremediablemente, su sentido de identidad no debido al feminismo, la migración, la Unión Europea o la globalización sino porque hace dos siglos hizo una apuesta con la historia: que cuanto mayores fueran sus libertades, más felices serían los franceses. En su opinión, Francia perdió la apuesta. Por tanto, el país está a la deriva y susceptible de someterse a una tentación mucho más antigua: la de los que aseguran hablar en nombre de Dios, quien permanece tan remoto y silencioso como siempre”.

El poder de los mitos históricos para motivar la acción política sigue ascendiendo en pleno siglo XXI. En cualquier parte del mundo, la mezcla de ignorancia y pensamiento mágico del electorado en manos de los demagogos y sus expertos en manipulación de masas se convierte en un arma sumamente peligrosa. Había una vez un pueblo engañado…

Este análisis se publicó en la edición 2114 de la revista Proceso del 7 de mayo de 2017.

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