La prensa, el blanco fácil

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- ¿Por qué se mata a los periodistas en México? Porque se puede. Por la impunidad que garantiza la autoridad. Por la falta de apoyo social y porque la indolencia de la gran mayoría de los dueños de los medios de información es tan asesina como los perpetradores.

Las cifras sobre esa impunidad abundan. Los mapas de mayor incidencia se han construido desde hace lustros. Y los motivos, en muchos casos, son por hacer su trabajo. “No se mata a los periodistas porque se quedan en su casa”, declaró apenas hace dos semanas a Proceso el escritor de novela negra, Pierre Lemaitre.

El inicio de esta tragedia también está bien identificado: la “llegada de la democracia” a México, en el 2000. Desde entonces, más de cien periodistas han sido asesinados. Los números varían según la manera en que cuentan las organizaciones de periodistas o de derechos humanos.

Para la organización internacional Artículo 19 son 105. El Comité Internacional de Protección a Periodistas, con sede en Nueva York, los cifra en 90 más 13 desaparecidos. La Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), en 119.

En todo caso, la conclusión es inequívoca: México está entre los países más peligrosos para los periodistas. Apenas detrás de dos países en guerra: Siria y Afganistán.

México también vive una guerra, esa que el expresidente Felipe Calderón declaró al narcotráfico y ha mantenido el presidente Enrique Peña Nieto. Una guerra en la que grupos de delincuencia organizada se disputan el control de las drogas y las rutas para el tráfico a Estados Unidos. La respuesta armada gubernamental ha incentivado esa guerra.

En el medio de toda esa violencia ha quedado la prensa. Este año ha sido particularmente letal: uno cada 22 días; es decir, seis en lo que va del año.

El agravio y la conmoción rebasaron a México este lunes 15 en cuanto se conoció que el periodista y escritor Javier Valdez, fundador del semanario sinaloense Ríodoce y corresponsal del periódico La Jornada, fue asesinado en una calle del centro de Culiacán.

De todos los homicidios de periodistas, en sólo 0.25% de los casos se ha castigado a los responsables. El costo de matar a un periodista es nulo.

La sociedad asiste, contemplativa. La gran parte de la población no respalda a la prensa. No se identifica con ella. Acostumbrada desde el régimen del PRI a que los periodistas se acomoden al poder, como ha ocurrido con los dueños de los medios que han hecho grandes negocios protegiendo a los poderosos, esa mayoría social le escatima su reconocimiento.

Con razones o prejuiciada, la concibe igual que lo hace el poder político y económico: que se puede comprar o, por lo menos, ignorar. En el peor de los casos, deshacerse de ella.

Como lo dice Lemaitre, en México “la norma es deshacerse de un periodista que molesta. Desde el punto de vista de la democracia es una monstruosidad. Cuando uno quiere matar a la democracia, siempre se empieza por matar a la prensa”.

Ni esa mayoría social ni la clase gobernante ni los poderosos han hecho valer la importancia de la prensa para la democracia. Por eso el riesgo es mayúsculo para los periodistas del primer cuarto del siglo XXI mexicano.

En palabras de Lemaitre: “Si están matando a tantos periodistas es porque están intentando hacer su trabajo”.

La embajadora de Estados Unidos, Roberta Jacobson, le ha llamado “el crecimiento de las zonas de silencio”, pues a los asesinatos ha seguido la autocensura. Así lo escribió en un artículo que publicó en La Jornada el 3 de mayo, el Día Internacional de la Prensa. Y ante las imparables agresiones advirtió: hay que evitar que ese silencio llegue a ser ensordecedor.

¿Cómo empezar? Tal vez es hora de que la comunidad internacional empiece por sancionar al Estado mexicano y envíe un grupo especial con mandato de Naciones Unidas para deslindar y castigar a los responsables de esta tragedia.

Comentarios: @jorgecarrascoa

 

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