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“Yo, Daniel Blake”: el monstruoso Estado contra el indefenso ciudadano

MONTERREY, NL. (apro).- El mundo es cruel con los marginados. Daniel Blake (Dave Johns), un ciudadano inglés en edad de retiro, acude periódicamente a una oficina para sentarse frente a una asistente social insensible que le niega una pensión a la que tiene derecho.

El hombre se desespera aunque, resignado, sigue las instrucciones que le dictan. Sabe que los procedimientos indicados lo hundirán cada vez más en el pantano de la burocracia, pero sigue las órdenes, con resultados anticipadamente estériles.

De esta forma, el pequeño contribuyente muere a diario, aplastado centímetro a centímetro por un Estado voraz que lo ha relegado, porque ya no le resulta útil.

Yo, Daniel Blake (I, Daniel Blake, 2016) es un relato seco, austero, pequeño, sobre los esfuerzos, generalmente inútiles, que emprende un hombre solo ante el monstruo conformado por el enorme aparato de gobierno, que se rige por un absurdo sistema de reglamentos que conducen a un laberinto kafkiano sin salida.

Ken Loach ha concentrado su carrera en trabajos que hablan del universo británico. Es un inglés entre los ingleses. En esta ocasión toma el guión de Paul Laverty para mostrar la lucha de un hombre contra el mundo que lo ha olvidado. El comentario político es evidente, con un reproche hacia el sistema exasperante y disfuncional.

También en las naciones desarrolladas hay miseria, dice el realizador. Y no todo en Inglaterra es Londres.

Daniel vive en Newcastle, al norte de la isla. Viudo y enfermo, recién ha sufrido un síncope cardiaco. La ley le impide volver a trabajar, pero, al mismo tiempo, le niega beneficios de la seguridad social. Es un paria que no puede ejercer su pasión que es la carpintería, un oficio que desempeña con exquisitez.

Está lejos de ser un héroe de la clase trabajadora. Su lucha es bastante desigual y no la puede ganar. Los empleados que lo reciben, hombres y mujeres fastidiados, son como diablillos que lo atormentan con su desprecio e indiferencia. Para ellos el veterano es sólo un número, un haragán que quiere escamotear algunas libras al presupuesto.

Como analfabeta digital, no puede consumar ningún trámite. Todas las solicitudes deben ser presentadas en línea. Los formatos deben ser llenados en la página del gobierno. Lo sientan en un módulo, frente a una computadora. Este hombre nunca ha tomado en su mano un mouse. Hasta él mismo siente pena de su propia ignorancia. Una maldita máquina, que no sabe cómo manejar, decide el destino de su vida.

En medio de la miseria siempre hay espacio para la solidaridad. Los desheredados se buscan y se encuentran. Existen imanes invisibles que atraen a las personas en desgracia. Por mera casualidad, Daniel halla a una familia desintegrada con la que encuentra respaldo.

No hay mucho cómo ayudarse pero, allá en el fondo del agujero de sus existencias, por lo menos intercambian sonrisas y palabras de consuelo. No lo sabe, pero la lucha por mantener intacta su dignidad toca a las personas que lo rodean.

En su suave momento climático, el carpintero experimenta una catarsis que le permite gritar al mundo su desesperación y comunicar la frustración de millones que no pueden gozar del sistema de beneficios públicos a los que, por derecho dignamente conquistado, pueden acceder para no quedar desamparados el resto de sus vidas.

Yo, Daniel Blake toca aspectos importantes de la vida, como el abandono de los jubilados y la indiferencia de la sociedad hacia personas que no pueden seguir aportando beneficios. No importa que sean seres humanos. Si no producen, deben ser suprimidos.

Es un drama muy humano sobre seres anónimos.

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