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Pyongyang, el espejismo capitalista

La realidad ha obligado al régimen norcoreano a hacer cambios. El modelo de la dinastía Kim se desmoronó dramáticamente, sobre todo después de la hambruna de finales del siglo pasado, que habría matado a unas 600 mil personas. Ahora Kim Jong-un necesita aplicar reformas que permitan la entrada de capitales, aun a costa de traicionar los legados de su padre y de su abuelo. En consecuencia, en Pyongyang se toleran ahora cosas impensables en el pasado: supermercados de lujo, tiendas delicatessen, salones de belleza que rompen con la estética oficial e incluso un mercado negro de dólares y yuanes. Es la capital norcoreana disfrazada de ciudad cosmopolita.

PYONGYANG (Proceso).- Ri Ryong-woo, estudiante de finanzas, de 24 años, lleva anteojos Ray-Ban y un pin con su “Querido Líder” en la solapa de su chaqueta italiana. Acaba de regresar a la capital norcoreana después de residir dos años en Beijing y degusta un capuchino que cuesta la mitad de un salario medio en una cafetería de maderas nobles, refinados sofás y esculturas romanas con ese aire burgués decadente de las capitales centroeuropeas.

“Todo cambió. Calles, edificios, parques… Me preguntaba si éste era realmente mi país. Aquí no me falta de nada”, asegura.

Y puntualiza: “Cambia a la velocidad de Malima”, aludiendo al caballo mitológico coreano con el que el gobierno metaforiza su desarrollo económico.

El ambiente capitalista impregna estos días Pyongyang. Abundan los restaurantes en las plantas bajas, quioscos con jugos y refrigerios salpican las calles y mastodónticos complejos para el ocio, con piscinas o boliches, se han levantado en los últimos años.

Las grúas y las inauguraciones de viviendas y calles evidencian el boom constructor. La noche ya no condena a la oscuridad absoluta, los cortes de electricidad se espacian y las que eran calles vacías muestran hoy un respetable tráfico.

Las incipientes reformas se abren paso en ese fósil de la Guerra Fría que oficialmente sigue abrazado a la apolillada filosofía juche, o de autosuficiencia, que acuñó siete décadas atrás Kim Il sung, fundador del país.

El proceso es conocido en el mundo comunista: un gobierno paternalista ya no puede cubrir las necesidades de su población y debe elegir entre dejarla morir o abrir la mano. Corea del Norte era, en 1940, el país más industrializado de Oriente, sólo superado por Japón; en 1970 aún superaba a su vecino del sur. Pero la gestión irresponsable y el ingente gasto militar deterioraron la economía hasta que las catastróficas hambrunas de los noventa dejaron unos 600 mil muertos, según estimaciones conservadoras.

La pura supervivencia estimuló la aparición de precarios mercados negros donde se malvendía cualquier bien familiar para comer un día más. Y acabadas las hambrunas, los mercados permanecieron.

La vacilante política de Kim Jong-il subrayó su desconfianza hacia esos atentados contra las esencias. Toleró el menudeo e incluso lo legalizó en 2002 para prohibirlo tres años después. Lo que ocurre hoy se explica por el último y calamitoso intento serio de controlar las fuerzas del mercado. Ocurrió en 2009: el gobierno prohibió la moneda extranjera, obligó a abastecerse sólo en tiendas estatales y acometió una devaluación salvaje (quitó dos ceros al valor de la moneda) para hacer aflorar los ahorros privados. Consiguió una inflación desbocada y protestas en todo el país que acabaron con la derogación de la política, inauditas disculpas oficiales y la ejecución del responsable.

“Veleidades reformistas”

Pak Pong-ju, primer ministro anteriormente purgado por sus veleidades reformistas, fue rescatado y aún hoy sujeta el timón económico. Fue sintomático que Kim Jong-un, el actual líder, saliera en la foto del desfile militar en abril pasado flanqueado por Pak y por Hwang Pyong-so, responsable de las fuerzas armadas. Así subrayaba su política byungjin, que otorga la misma importancia al desarrollo económico que al armamentista.

La permisibilidad intermitente de Kim Jong-il ha virado al desacomplejado estímulo con su hijo. Cuando éste ocupó el trono en 2011, tras la muerte de su padre, anunció que su prioridad era mejorar las condiciones de vida de su pueblo, algo casi contracultural en el país.

Desde entonces los mercados legalizados se han duplicado hasta llegar a 440 y las reformas se han sucedido. Los agricultores venden por su cuenta su cosecha tras entregar la cuota estatal, los empresarios privados han dejado de ser estigmatizados y perseguidos, y los gestores de las compañías estatales son libres para contratar o despedir a trabajadores, subirles el sueldo o repartir beneficios.

Kim Jong-un ha vinculado su legitimidad a la mejora de las condiciones económicas, y las reformas son imprescindibles para la supervivencia del régimen, señala Curtis Melvin, experto en economía norcoreana de la Universidad Johns Hopkins. “El sector estatal del pasado ya no puede competir con las empresas que venden directamente al público y con todo el espectro de negocios formales o informales que producen para los mercados legales e ilegales”, añade.

Cuantificar la mejora es imposible por la ausencia de cifras oficiales y la disparidad de las estimaciones internacionales, que sitúan el crecimiento económico del país entre 1% y 5 % anual en el último lustro.

Stephen Haggard, autor de varios libros sobre las reformas norcoreanas, habla del “espejismo de Pyongyang”: “Los líderes han invertido en viviendas en la capital y permitido mercados para abastecerse. El fenómeno de la construcción refleja la estrategia política de contentar a la élite. Pero las zonas rurales siguen desesperadamente pobres”.

Tres de cuatro norcoreanos están amenazados por la malnutrición, según la ONU.

Son menos dudosos los esfuerzos para estimular la producción local y reducir la tradicional dependencia china. El supermercado de Pothonggang los revela en todo su esplendor. Lo inauguró Kim Jong-il en 2010, augurando que mejoraría la vida en la capital y certifican su acierto las colas en el cajero, donde unos pagan con dólares y otros con tarjeta bancaria. El aroma postsoviético termina en la sobriedad de las instalaciones. Los variados productos de coloridos envoltorios que se aprietan en sus estanterías remiten al capitalismo desbocado.

“Nuestro país ahora produce de todo: chocolates, galletas, papas fritas… Las fábricas funcionan sin parar”, explica la encargada Song Un Ryol. Omite las cifras oficiales de ventas, pero es evidente que el negocio funciona.

El modelo chino

El sistema de responsabilidad familiar agrícola y las zonas económicas especiales aprobadas en 2013, entre otras medidas, remiten a China.

Deng Xiaoping abrazó el pragmatismo cuatro décadas atrás con aquella germinal frase del gato que, blanco o negro, debía de cazar ratones. El orgullo norcoreano impide jubilar la ideología delirante con la audacia china. Palabras como proceso, reformas, apertura o capitalismo son tabú y en la prensa se habla de “nuevos métodos de gestión en nuestro propio estilo”.

Las reformas eran tan evidentes en la víspera del Congreso del Partido del Trabajo, el año pasado, que muchos presagiaron que Kim Jong-un haría alguna sutil alusión a ellas, pero éste acabó criticando el “asqueroso viento de libertad burguesa”, en probable referencia a China.

La dinastía de los Kim ha apuntalado su legitimidad en su sistema propio y el pueblo exhibe orgulloso las superiores virtudes socialistas frente a las drogas, la delincuencia y la degeneración capitalistas. Uno de los guías que acompañaron a periodistas extranjeros en abril pasado aseguró que en el país no hay homosexuales porque contravienen los valores nacionales y otro ofreció al reportero un curso acelerado de socialismo antes de responderle cuál es el monto promedio del salario.

“El salario –aclaró con desdén–, es un concepto capitalista trivial cuando el Estado te da vivienda, comida, sanidad y educación.”

La mención de los cambios supondría reconocer que algo ha fallado en los últimos 70 años, limaría la moral popular, debilitaría la autoridad y estimularía las luchas intestinas.

El Partido Comunista de China concretó que Mao Tse-tung había acertado en 70% de sus acciones y errado en 30%, pero Kim Jong-un nunca admitirá que su abuelo y fundador del país, de quien emana su legitimidad, se equivocó en 1%. La situación apunta al delirio: Corea del Norte reprocha a China los cambios que le copia con descaro.

Haggard enumera algunas diferencias: “En China, las reformas del precio y el uso de la tierra permitieron que los agricultores se beneficiaran. Eso está aún en fase experimental en Corea del Norte. También hay reformas empresariales, aunque menos agresivas. Pero la mayor diferencia es que China se abrió a la inversión y comercio internacional y Corea del Norte lo tiene mucho más difícil”.

Generación “jangmadang”

La encargada de Pothonggang prohíbe fotografiar el whisky Johnnie Walker, el perfume Chanel, la crema facial Lancome, los refrigeradores Siemens, los televisores de plasma Panasonic, los tenis Adidas… El material recién llegado demuestra el fracaso de las sanciones internacionales.

Todos los productos incluyen el precio en wons (moneda local) y dólares con el tipo de cambio del mercado negro. El cambio oficial es olímpicamente ignorado.

El salario promedio de 6 mil wons apenas da para comprar un par de kilos de arroz. Muchos de los productos que se despachan sin pausa en Pothonggang requieren sueldos de varias vidas, pero la economía oficial es anecdótica. Los habitantes de Pyongyang concentran sus esfuerzos en las múltiples vías prohibidas para conseguir ingresos extras.

Al menos 40% de la población está involucrada en algún negocio privado, según el espionaje surcoreano. Los mercados negros compiten con la producción estatal. Los ciudadanos venden ahí pan, dulces o zapatos artesanales y todo lo que haya caído en sus manos, desde tabaco a videodiscos con series televisivas surcoreanas de contrabando. No es raro que un miembro de la familia viaje hasta la frontera, otro guarde la mercancía y uno más la venda.

Los expertos hablan de la “generación jangmadang” (mercado negro) y estiman que la economía gris supone un tercio de la total. La alegre convivencia de dólares, euros y yuanes en las transacciones aconseja una calculadora a mano. Los taxistas exigen el pago y dan el cambio en dólares. La población prefiere divisas extranjeras desde que perdió la confianza en la moneda nacional en aquella criminal devaluación de 2009.

La apertura ha dinamitado la sacrosanta igualdad de clases. El líder se esfuerza por cooptar a los donju o maestros del dinero, casi siempre relacionados con el comercio internacional. No cuesta encontrar huellas de la occidentalización en las calles de Pyongyang. Los jóvenes van pegados al celular, las minifaldas y los tacones han enterrado el rigor comunista de las prendas femeninas y abundan los peinados lisérgicos ajenos a la docena de cortes oficiales de las peluquerías tradicionales. La primera dama, Ri Sol-ju, abrió una senda que los jóvenes siguen con entusiasmo.

En los últimos años se han abierto boliches, parques de atracciones, complejos de esquí, pistas de voleibol y tenis al aire libre, o cafeterías, como en la que Ri suele degustar capuchinos.

El epicentro de los donju es “Pyong-hattan” (ingeniosa contracción de Pyongyang y Manhattan). En sus impolutos rascacielos se juntan estéticas, tiendas delicatessen con queso francés y leche alemana, y restaurantes, como el que en abril pasado sirvió pizzas, sushi o vino español a los enviados de la prensa extranjera. No es probable que los mimados donju acepten regresar a las cartillas de racionamiento

Es el dilema de Kim Jong-un: necesita acelerar las reformas para que aguante el país, pero su posición peligra si se abraza al capitalismo que su padre y abuelo criminalizaron. El contexto exige tacto y ese acreditado espíritu de supervivencia que ha mantenido a los Kim en el poder durante siete décadas.

Este reportaje se publicó en la edición 2116 de la revista Proceso del 21 de mayo de 2017.

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