Contraproductividad de las partidocracias

Para Miriam Rodríguez Martínez y Javier Valdez, otras víctimas más de la imbecilidad y la corrupción de las partidocracias y el Estado.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- La contraproductividad es un término acuñado por Iván Illich en los años setenta del siglo pasado. Se refiere al hecho de que pasados ciertos umbrales, el funcionamiento de u­na institución –lo mismo que el de u­na herramienta– genera fines contrarios para los que fue creada. Bajo esa premisa y a maneras de ejemplo, Illich tomó los casos de la escuela (La sociedad desescolarizada), la energía y el transporte (Energía y equidad) y la medicina (Némesis médica) para demostrarlo. Este descubrimiento del funcionamiento de las sociedades modernas de servicio puede aplicarse también a los partidos políticos.

Los partidos surgieron como organizaciones democráticas para promover la participación ciudadana en los asuntos del gobierno de una nación. Por desgracia, como lo estamos viviendo en México, los partidos han dejado de servir al propósito de gobernar, para transformarse en entidades de poder. Al erigirse como monopolios de la satisfacción de una necesidad de gobierno previamente construida ­–fuera de los partidos, reza el dogma democrático, no hay participación ciudadana ni democracia–, ya no generan democracia ni participación ni gobierno, sino su inverso: transforman a los ciudadanos en aditamentos del aparato de partido para favorecer intereses que sólo benefician a unos cuantos, sometiendo todo bajo su control y generando luchas intestinas entre los partidos.

Al haberse creado en la vida política el dispositivo de los partidos como la única forma de vivir la democracia, las relaciones sociales –que son la expresión de la vida política– se degradaron en estructuras clientelares, se instauró una tiranía de expertos –la de los políticos–, se incapacitó a las personas para resolver sus problemas en común y las volvió adictas de sus promesas y de las instituciones del Estado.

La expansión de las partidocracias, a las que las candidaturas independientes buscan ponerle un coto sin mucha claridad todavía, constituye, como lo demostró Illich en sus análisis sobre la escuela, la energía y la medicina, una guerra contra la autonomía personal y la autonomía de las comunidades en las que las personas viven. Las priva de la libertad de actuar creativamente para solucionar sus problemas y establece que la única forma de sobrevivir dentro de la esfera política, es decir, dentro de la vida ciudadana, es mediante el consumo de la mercancía partido. De esta manera, se arrojó a los ciudadanos a una pugna entre ellos creando un estado de anomia donde el crimen y la inseguridad imperan.

Una vez rebasados los umbrales en los que los partidos podían funcionar, las partidocracias no sólo se volvieron mercancías de la democracia, sino que transformaron las relaciones sociales también en mercancías y propagaron con ello el dominio de la economía, es decir, del dinero como la base fundamental de la vida social y política. De allí la profunda corrupción de los partidos y sus vínculos con el crimen organizado.

La contraproductividad de las partidocracias, junto con las de la escuela, la energía y la medicina –que los partidos ofertan en sus promesas de campaña: “Si votan por nosotros habrá más escuelas, más hospitales, más transporte”, es decir, más dependencia que beneficia a cada vez menos personas–, representa el rostro más perverso de la expansión económica del neoliberalismo.

Para acceder al consumo de mercancías, parecen decirnos, se necesita dinero, para acceder a él se necesita poder y para acceder al poder es necesario consumir la mercancía que lo genera: los partidos. Por ello, el dinero sucio, el dinero del crimen, el dinero de la corrupción, de la evasión fiscal y del desvío de recursos del erario, funciona como fuente del consumo partidista.

El resultado de esta contraproductividad es que, al colocar como base fundamental de la vida social el dinero y el consumo, las partidocracias generan formas de lenguaje, de razonamiento y de comportamiento “que vuelven imposible la práctica del bien –como dice Humberto Beck al comentar a Illich– entendido ‘como lo adecuado para una circunstancia particular’” y crea el estado de deshumanización y violencia en el que está sumida la sociedad por acceder al dinero y al consumo.

Si todo es dinero, mercancía y consumo, todo, entonces, está permitido para obtenerlos. No hay límite que pueda contenerlo. Virtud y vicio se entremezclan borrando sus fronteras saludables y dejándonos a todos en estado de indefensión.

La única manera de contrarrestar esta contraproductividad, que día con día se vuelve más profunda y espantosa en sus consecuencias, sería –ha sido de alguna manera la propuesta de los zapatistas– reestablecer una noción radical de lo político y reivindicar la vida política y democrática lejos de las partidocracias y, en lo posible, de las instituciones del Estado, con el fin de recuperar, dice Humberto Beck, “la deliberación de una comunidad sobre el sentido de su destino común [para]reformular radicalmente […] lo humano en términos de su autonomía”. En síntesis, repensarnos en una ética de los límites. Algo que se encuentra como una intuición, es decir, como un saber todavía oscuro, en las luchas de los mejores movimientos de la sociedad. Esperemos que no sea tarde.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a las autodefensas de Mireles y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia y juzgar a gobernadores y funcionarios criminales.

Este análisis se publicó en la edición 2116 de la revista Proceso del 21 de mayo de 2017.

Comentarios