“Cien años de soledad”: Un suceso que no cesa

“La odio”, dijo en una ocasión el escritor Gabriel García Márquez en referencia a su novela más premiada: Cien años de Soledad, que este lunes 5 cumplió 50 años de salir a librerías y que pronto se convirtió en un fenómeno literario global. La han leído 60 millones de personas alrededor del mundo, 136 cada hora en promedio, dos cada minuto. Para los expertos, se trata de “la obra maestra de la literatura hispanoamericana del siglo XX” que “no sólo ganó la aceptación de la crítica más rigurosa, sino el fervor del público común”; “una especie de Biblia de América Latina que condensa la historia de la región, desde su feliz fundación hasta su apocalipsis, en un límite de 100 años que cuenta la pérdida del paraíso, sus fracasos y su violencia”.

BOGOTÁ (Proceso).- Veinte años antes de que se publicara Cien años de soledad, un escritor colombiano, Eduardo Zalamea Borda, había visto en Gabriel García Márquez a un “genio de la literatura”.­

Fue el sábado 13 de septiembre de 1947 cuando Gabo –como lo conoce todo Colombia– era un estudiante de derecho de 20 años y Zalamea Borda editaba el suplemento Fin de semana del diario El Espectador.

Ese día el suplemento desplegó a toda página el cuento de García Márquez “La tercera resignación”, lo que marcó el debut del incipiente escritor en los medios impresos.

El relato, sobre un niño que muere y sigue creciendo en un ataúd de adulto que le mandó a hacer su madre, fue escrito por el joven García Márquez en medio de la indignación que le causó una nota de Zalamea Borda. En ella, el editor afirmaba que las nuevas generaciones de escritores colombianos “no ofrecían nada” y que no veía “por ninguna parte un nuevo cuentista ni un nuevo novelista”.

Según recordó García Márquez en una conferencia en Caracas, el 3 de mayo de 1970, Zalamea Borda no sólo publicó el cuento, sino que lo acompañó con una nota en la que reconocía que se había equivocado, porque “con ese cuento surgía el genio de la literatura colombiana o algo parecido”.

El estudiante de derecho pensó: “¡En qué lío me he metido! ¿Y ahora qué hago para no hacer quedar mal a Eduardo Zalamea Borda? Seguir escribiendo, era la respuesta”.

El periodista y editor de Fin de semana murió en 1963, cuando Gabo ya había publicado las novelas La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba y La mala hora, así como el libro de cuentos Los funerales de la Mamá Grande. Pero apenas estaba imaginando Cien años de soledad, su obra maestra.

Desde que tenía 19 años, meses antes de que publicaran su cuento “La tercera resignación” en El Espectador, el estudiante de leyes ya sabía que quería ser escritor y comenzó a pensar en Cien años de soledad, aunque en ese entonces no tenía ni idea del título.

En 1965, a los 38 años, García Márquez viajaba en su automóvil –con su esposa, Mercedes, y sus hijos, Rodrigo y Gonzalo– de la Ciudad de México a Acapulco, cuando de pronto algo lo sacudió.

En ese momento, relató años después, “me sentí fulminado por un cataclismo del alma tan intenso y arrasador, que apenas sí logré eludir una vaca que se atravesó en la carretera”.

A su amigo, el periodista y escritor Plinio Apuleyo Mendoza, le dijo que en ese instante dio la vuelta y regresó a la Ciudad de México para comenzar a escribir la “novela desmesurada” que durante tantos años le había dado vueltas en la cabeza.

“Me senté ante la máquina de escribir y empecé: ‘Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo’.”

Ese fue el arranque de Cien años de soledad.­

“No tenía la menor idea del significado ni del origen de esa frase ni hacia dónde debía conducirme –recordaría hace una década en una conferencia en Cartagena–. Lo que hoy sé es que no dejé de escribir ni un solo día durante 18 meses, hasta que terminé el libro.”

En 1967 envió por correo los manuscritos en dos partes a la editorial Suramericana, en Buenos Aires. El primer tiraje de la novela, que fue de 8 mil ejemplares, una cifra inusual en esa época, se terminó de imprimir el 30 de mayo de 1967 en los talleres gráficos de la Compañía Impresora Argentina.

El pasado martes 30 de mayo Colombia y otros países conmemoraron el primer medio siglo de ese acontecimiento. Y este lunes 5 de junio se conmemorará el 50 aniversario de la salida a librerías de esa obra maestra que pronto se convirtió en un fenómeno literario global, y que confirmó a Gabo como “genio de la literatura”, tal como lo había anticipado desde 1947 Eduardo Zalamea Borda.

Un “boom” dentro del “boom”

El académico colombiano Ariel Castillo Mier, un experto en la obra de García Márquez, afirma que, desde su primera edición, hace medio siglo, Cien años de soledad ha sido “un suceso que no cesa”.

La novela, asegura el filólogo y doctor en letras hispánicas de El Colegio de México, forma parte del esplendor bibliográfico de los sesenta conocido como el boom latinoamericano, en el que se destacaban Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Jorge Luis Borges, Alejo Carpentier y Carlos Fuentes, entre otros.

“En ese marco se inserta Cien años de soledad, como un boom dentro del boom, pues se constituyó en el caso extraordinario de una obra de alta calidad literaria que no sólo se ganó la aceptación de la crítica más rigurosa, sino el fervor del público común”, indica el profesor de literatura.

En su medio siglo de existencia, Cien años de soledad ha sido leída por 60 millones de personas alrededor del mundo, 136 cada hora en promedio, dos cada minuto. Sólo en China, en los últimos seis años han sido editados 6.5 millones de ejemplares en mandarín.

Para Castillo Mier, una de las claves de Gabo –nacido en Aracataca en 1927 y fallecido hace tres años en la Ciudad de México– fue que rompió con el intelectualismo, como lo había hecho el novelista estadunidense Ernest Hemingway, y se dejó influir por el mundo popular.

García Márquez fue un escritor “salido de la calle, que se formó en el periodismo raso, en las ruidosas salas de redacción y en las tertulias nocturnas de los burdeles, más que en las aulas universitarias, los museos o las bibliotecas”, dice el profesor de la Universidad del Atlántico.

Señala que Cien años de soledad tiene “la virtud de la significación” y por ello es “una especie de Biblia de América Latina en la que se condensa la historia de la región, desde su feliz fundación hasta su apocalipsis, en un límite de 100 años que cuenta la pérdida del paraíso, sus fracasos y su violencia”.

Tras la aparente sencillez de la novela de García Márquez, según Castillo Mier, “se oculta o se disimula” un arduo trabajo de preparación técnica basado en el examen que el escritor de Aracataca hizo del relato oriental Las mil y una noches y de obras occidentales, desde el francés Francois Rabelais hasta la mexicana Elena Garro.

El académico, quien conoció a García Márquez en México y lo frecuentó en su casa de San Ángel, señala que el Premio Nobel de Literatura también se apropió de las técnicas de la novela moderna de James Joyce, Franz Kafka, Virginia Woolf, William Faulkner y Albert Camus, y de los hábitos narrativos de maestros latinoamericanos como Jorge Luis Borges, Alejo Carpentier y Juan Rulfo.

“Pese a los notables cambios que se han dado en el mundo entre 1967 y 2017, Cien años de soledad mantiene su vigencia porque García Márquez, en lugar de distraerse con las apariencias de su tiempo, caló hondo en la esencia de la solitaria e insolidaria condición humana”, afirma Castillo Mier.

Macondo y Comala

Macondo, la aldea donde se viven “cien años de soledad”, no surgió de la nada. García Márquez decía: “No hay en mis novelas una línea que no esté basada en la realidad”. Y el Macondo de su novela, según el escritor, surgió porque le gustó la sonoridad de ese nombre. Lo escuchó siendo niño porque una finca bananera cercana a su natal Aracataca se llamaba así, igual que un árbol que se daba en esa región del caribe colombiano.

Precisamente, para el escritor y sociólogo Édgar Rey Sinning, Cien años de soledad y García Márquez son producto del Caribe colombiano, de los “cuentos de velorio” de esa zona, de las vivencias que él recogió desde niño en esos pueblos donde se escucha vallenato y se baila cumbia, y de los relatos de su abuela guajira, Tranquilina Iguarán.

“Lo que él hizo fue beber de esa cultura popular enraizada en el Caribe interior colombiano y recrearla con maestría, sin caer en el costumbrismo que caracterizaba a algunos escritores latinoamericanos de esa época. Para mí, en esencia, Cien años de soledad es el fruto de 20 mil cuentos de velorio que él elevó de lo local a lo universal”, dice el sociólogo.

La especialista en estudios literarios y en la obra de García Márquez Iliana Restrepo, considera que la novela que relata la saga de los Buendía le dio a Colombia “el sitial que se merecía en el mundo de la literatura; le dio nombre, prestigio y, sobre todo, permitió al mundo enterarse de unas historias que para muchos eran desconocidas”.

Y al ser Colombia un país latinoamericano, “por extensión, le dio lo mismo a Latinoamérica, pero multiplicado, ya que permitió a los lectores encontrarse con un universo desconocido que no se imaginaban y del cual sólo tenían referencias muy fragmentadas”, sostiene Restrepo.

La académica de la Universidad Jorge Tadeo Lozano en Cartagena considera que Cien años de soledad terminó de abrir “el apetito de los lectores del mundo hacia la literatura latinoamericana”.

Para Restrepo, es una feliz coincidencia que en mayo se hayan conmemorado el centenario del natalicio de Juan Rulfo y el primer medio siglo de Cien años de soledad, pues el autor mexicano de Pedro Páramo fue una influencia notable en García Márquez. Uno creó Comala y el otro Macondo, dos pueblos profundamente latinoamericanos donde rondan las ánimas, las tragedias y la desesperanza.

“Son ellos dos los más emblemáticos escritores latinoamericanos del siglo XX”, señala.

El odio a “Cien años…”

Las conmemoraciones en Colombia por el medio siglo de Cien años de soledad no han dejado satisfechos a todos. Para algunos, la celebración –que se ha hecho desde la caribeña Aracataca hasta la suroccidental Cali y las aulas universitarias de las principales ciudades– se ha quedado corta ante los 50 años de una obra maestra. Para otros, a estos festejos les ha faltado pueblo.

El escritor Heriberto Fiorillo, quien fue un cercano amigo de García Márquez, recuerda que si algo odiaba el novelista era la solemnidad y que él mismo no tenía una visión idílica de Cien años de soledad.

En 1968 Gabo dijo: “Mi conclusión es que ningún crítico podrá transmitir a los lectores una visión real de Cien años de soledad mientras no renuncie a su caparazón de pontífice y parta de la base evidente de que esa novela carece por completo de seriedad. Esto lo hice a conciencia, aburrido de tantos relatos pedantes, de tantos cuentos providenciales, de tantas novelas que no tratan de contar una historia, sino de tumbar al gobierno”.

Y en 1991 aseguró al periodista español Tomás García Yerba que el enorme éxito de Cien años de soledad lo había perturbado y le había quitado la tranquilidad por el acoso mediático al que había sido sometido.

“Yo no reniego de Cien años de soledad. Me ocurre algo peor –dijo Gabo–: la odio. Y la odio porque está escrita con todos los trucos de la vida y con todos los trucos del oficio. Eso no lo ha sabido ver ningún crítico. Los críticos tratan de solemnizar y de encontrarle el pelo al huevo de esta novela, que dice muchas menos cosas de lo que ellos pretenden.”

Incluso García Márquez llegó a decir que mientras Cien años de soledad es un libro mítico, su novela El amor en los tiempos del cólera –la historia de amor entre Fermina Daza y Florentino Ariza, que se publicó en 1985– es un libro humano y sería el que, finalmente, pasaría a la posteridad.

Este reportaje se publicó en la edición 2118 de la revista Proceso del 4 de junio de 2017.

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