“El ruido de los huesos que crujen”

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Hay niños que trabajan y viven la explotación, como aquí en México y en África; y también hay niños soldados que son igualmente explotados y obligados a matar y a sufrir un sin fin de vejaciones. Están aquí cerca de nosotros, reclutados por el crimen organizado y los narcos, y también los hay en las guerras, guerras que suceden en otros continentes y que sin ningún miramiento utilizan a los niños como carne de cañón, como seres que cubrirán sus necesidades y harán las tareas más detestables.

El horror está a la vista, y la canadiense Suzanne Lebeau alza la voz con toda la crudeza y el dolor que se puede sentir frente a las atrocidades que viven estos niños, en la obra El ruido de los huesos que crujen, que se presenta en el Teatro Julio Castillo.

La obra de teatro se estrenó en el Festival Cervantino con la compañía quebequense Le Carrousel, y en el 2011 se realizó una coproducción con la Compañía Nacional de Teatro bajo la dirección de Gervais Gaudreault –cofundador de Le Carrousel–, junto con Suzanne Lebeau y actores de la Compañía estable, encabezados por Luisa Huertas. De ese tiempo a la fecha, El ruido de los huesos que crujen se ha presentado en distintos escenarios de la República mexicana y causado un gran impacto entre la concurrencia.

La historia tiene dos guías narrativas que nos van llevando por el mundo de Elikia, una niña que escapa de los rebeldes junto con un niño más pequeño, internándose en la selva a la búsqueda de un pueblo donde estar a salvo, en medio de una guerra civil. Al mismo tiempo escuchamos el testimonio de la enfermera que los alberga, al final de su camino, después de meses de estar escondiéndose. Ella le cuenta a un público –pareciera una exposición ante representantes de alguna organización–, sobre la llegada de Elikia al hospital, del diario que escribió mientras estaba en la enfermería (del cual lee algunos fragmentos), y finaliza con preguntas fundamentales para reflexionar acerca de la postura a tomar ante los niños soldados que han matado pero que son víctimas, que han robado pero que son abusados. El contrapunto en la estructura dramática crea un texto dinámico a pesar de la forma narrativa que describe acciones, sucesos y pensamientos. Es un texto lúcido y sin conmiseraciones, abierto y lleno de poesía.

Luisa Huerta, como la enfermera, está en un primer plano, en la realidad del presente, o del futuro, según se quiera ver; y tras una gasa y en semioscuridad, Elikia, interpretada por Ana Ligia García, y Joseph por David Calderón. La naturalidad y el ritmo sumamente pausado de la enfermera se combina con la exaltación y el manierismo en el trabajo de los niños. La explicación de la primera –que sube de tono en la medida en que percibe la incomprensión de sus escuchas–, con la travesía de dos niños –que casi mueren de hambre y de sed al tratar de evadir tanto a los rebeldes como a los soldados–. Queda claro que en una guerra ambos bandos representan la destrucción y el poder frente a los infantes.

El director Gervais Gaudreault elige la sobriedad en el movimiento escénico, regalándonos imágenes insólitas de gran belleza con juegos de luz y sombra. A Elikia y Joseph los vemos como si siempre, fuera de noche, por ser el momento en que pueden caminar sin correr tanto peligro.

El ruido de los huesos que crujen es una obra de teatro impresionante donde salimos tocados emocional e intelectualmente. Las preguntas se quedan en el aire y la tristeza de esa realidad en nuestros corazones.

Comentarios