El muro ecocida

Nadie acepta la delirante propuesta del presidente estadunidense de levantar un muro a lo largo de los más de 3 mil kilómetros de frontera entre Estados Unidos y México. Ahora son los propios ambientalistas de aquel país quienes dan sus razones para rechazar esa aberración: miles de especies de animales quedarán en riesgo de extinción al impedírseles migrar a sus zonas de reproducción. Y uno va más allá: “Es una idea absurda –dice–. No es más que un negocio de Trump”.

EL PASO, Texas (Proceso).- Desde la cima del Emory Peak, el punto más alto del Parque National Big Bend, en el suroeste de Texas, puede apreciarse lo que algunos describen como el ecosistema más grande y diverso de América del Norte.

En ese punto, a 2 mil 387 metros de altura, es posible admirar la majestuosidad rosada de la sierra Maderas del Carmen, de Coahuila; las altas y rocosas paredes del Cañón de Santa Elena, en Chihuahua; y los picos de la sierra de Chisos, en Texas.

Abajo, cruzando lentamente, como una sinuosa e infinita serpiente, está el río Bravo –o Grande, dependiendo desde dónde se le mire– que delimita la franja fronteriza entre Estados Unidos y México.

El Parque Nacional Big Bend ocupa 324 mil 219 hectáreas en Texas y es el hogar de más de 400 especies de aves y 75 de mamíferos, entre osos negros, pumas y ocelotes. En ese territorio residen más de 50 variedades de reptiles y crecen cerca de mil 200 especies de plantas, entre ellas 60 tipos de cactus. Además es el hábitat de 11 especies de anfibios, 40 tipos de peces y unas 3 mil 600 variedades de insectos.

En algunas áreas del Big Bend, como en Santa Elena, la frontera la delimitan las paredes rocosas y verticales del cañón. Los turistas cruzan a pie el río para fotografiarse y presumir que estuvieron en Chihuahua. Les toma menos de medio minuto volver a Estados Unidos. El muro aquí es natural, no tiene propósitos políticos y sirve al ciclo natural de la vida silvestre y de la fauna.

Pero la viabilidad y conservación de este ecosistema, así como de la flora y la fauna a lo largo de toda la frontera, es la preocupación de grupos ambientalistas y opositores a la construcción del muro propuesto por Donald Trump para detener la inmigración ilegal a su país.

Fauna en riesgo

En esta zona, la vida y reproducción de la fauna depende de la libertad de movimiento de los animales.

El oso negro, por ejemplo, prácticamente había desaparecido del Big Bend desde mediados de los noventa, pero en los ochenta, una osa que llegó desde la reserva de la biosfera de Maderas del Carmen hizo posible la recuperación de la especie en Texas.

Hoy, según datos del parque nacional, viven en ese hábitat unos 12 osos negros. Lo mismo ha sucedido con otras especies de mamíferos que cruzan la frontera en busca de una pareja para reproducirse. El muro limitaría su movilidad y afectaría los esfuerzos binacionales de recolonización.

“Hay muchas razones por las cuales construir un muro a lo largo de la frontera con México es una mala idea”, dice Jamie Rappaport Clark, presidente de la organización Defensores de la Vida Silvestre (DOW).

“Además de separar familias y promover una agenda racista y xenofóbica, el muro fronterizo podría dividir y aislar paisajes icónicos de la región y poner en peligro de extinción varias especies, como jaguares, lobos mexicanos y ocelotes. Este indignante, caro e impenetrable muro podría destruir el tejido de nuestros valores americanos, como la igualdad, la justicia y la preservación de nuestra herencia natural”, añade.

El daño es visible ya en vastas áreas de los estados que tienen un muro parcialmente terminado. En California, las barreras fronterizas han afectado a más de una docena de especies en peligro de extinción, incluyendo el sapo de arroyo y la mariposa quino, según ha documentado DOW.

“Cualquier extensión del muro podría partir el río Tijuana, que cruza por el área protegida del Valle Marrón, en San Diego, y por el área silvestre de Jacumba, eliminando rutas migratorias importantes para especies en peligro, como el borrego cimarrón, devastando los esfuerzos de recuperación”, indica DOW.

En Arizona el muro afecta grandes áreas del desierto de Sonora, hábitat del antílope americano, también en peligro de desaparición. Otras especies, como los búhos y las tortugas del desierto, están bajo un enorme riesgo.

Muro en el agua

La pregunta que muchos se hacen es dónde y cómo se construirá el muro en una frontera delimitada en vastas áreas por el cauce del río.

El secretario del Interior de Estados Unidos, Ryan Zinke, dijo en marzo que construir el muro será complejo en algunas áreas, como el Big Bend y a lo largo del río Bravo.

“La frontera es complicada en cuanto a construir un muro físico”, le dijo Zinke a la revista especializada en medio ambiente E&E News. “En el río Grande, ¿en qué lado se va a colocar el muro? No lo vamos a poner de nuestro lado para ceder el río a México. Y probablemente no lo vamos a colocar en medio del río”.

Zinke fue mucho más allá y habló también de levantar las restricciones para proteger a los jaguares amenazados que viven en el norte de México y partes del suroeste de Estados Unidos. Dijo que una exención a la Ley de Especies en Peligro de Extinción permitiría construir el “gran, gran muro” que el presidente Trump ha prometido en areas protegidas para el jaguar.

No sería la primera vez que el gobierno dispensaría la aplicación de leyes ambientales para dar continuidad a la valla fronteriza. En 2005, por ejemplo, el Congreso estadunidense aprobó la ley RealID, que permitió que el Departamento de Seguridad Nacional pasara por alto algunas legislaciones, como la de Protección a las Especies en Peligro de Extinción o el Tratado de Aves Migratorias, para avanzar en el levantamiento del muro en Tijuana.

En teoría, el muro que Trump planea construir se extenderá a lo largo de los 3 mil 100 kilómetros de frontera. En poco más de mil kilómetros ya existe uno que separa a Estados Unidos de México, pero completarlo requerirá no sólo un presupuesto de más de 20 mil millones de dólares, sino un proceso que implica la compra o apropiación de tierras.

La mayor parte del muro que ya existe cubre los estados de California, Arizona y Nuevo México; pero en Texas, el estado más grande en la línea fronteriza, sólo abarca 160 de los 2 mil kilómetros que comprende el área.

El Departamento de Seguridad Nacional reconoció, en un informe fechado el pasado 27 de marzo, que de toda la franja fronteriza en Texas, 203 kilómetros son inapropiados pues son peñascos, lagos o pertenecen al Golfo de México. Además, la mayor parte de la tierra en esta región es propiedad privada y su expropiación costará miles y miles de dólares.

En abril pasado, Texas Civil Right Project, una organización de defensa de los derechos civiles, lanzó una campaña para asesorar y defender a propietarios de tierra de las acciones que emprenda el gobierno para apropiarse de sus terrenos.

“Estamos listos para una prolongada y difícil resistencia al lado de los propietarios texanos”, dijo Efrén Olivares, director de Asuntos Raciales y Justicia Económica de la organización. “Bajo las reglas de apropiación de tierras, un propietario que está en desacuerdo con el monto que le ofrecen tiene el derecho de pedir un juicio”.

Y los juicios pueden acumularse. Según datos reportados por la prensa, el proceso de apropiación de tierra para construir el muro durante la administración de George Bush, en 2006, generó más de 300 demandas, de las cuales unas 90 están aún sin resolverse.

Y en el terreno ambiental las demandas han empezado a surgir.

En Arizona, el Centro para la Diversidad Biológica y el congresista demócrata Raúl Grijalva presentaron una demanda federal contra la construcción del muro. La acción legal pide que el Departamento de Seguridad Nacional y la Agencia de Aduanas y Protección Fronteriza den información sobre el impacto ambiental que tendrá el proyecto.

“El muro de Trump dividirá y destruirá las increíbles comunidades y paisajes silvestres a lo largo de la frontera”, dijo Kieran Suckling, director del Centro. “Impactará todo el medio ambiente desde el Pacífico hasta el Golfo de México, hogar de millones de personas y de especies en peligro de extinción, como los jaguares y los lobos mexicanos, además de afectar tierras protegidas, como el Parque Nacional Big Bend y el Monumento Nacional Organ Pipe Cactus.”

Otros esfuerzos para frenar la construcción del muro incluyen las iniciativas de la congresista demócrata por Nuevo México, Michelle Lujan Grisham, quien presentó un proyecto de ley para prohibir la construcción del mismo, argumentando los daños ambientales que generará así como su elevado costo.

Y Adriano Espaillat, congresista por Nueva York, introdujo una iniciativa similar. Pero es poco probable que cualquiera de estas iniciativas tenga un efecto real, considerando que los republicanos tienen la mayoría en el Congreso.

Una idea absurda

Charlie Angell ha hecho turismo ecológico durante 10 años en Big Bend. Su compañía, Angell Expeditions, organiza excursiones por la montaña, paseos en bicicleta y recorridos por el río.

En esta época del año, antes de que la temperatura supere los 40 grados y haga imposible estar bajo el inclemente sol del desierto, Angell recorre con los turistas hasta 50 kilómetros del río en kayaks o canoas inflables a través del Cañón de Santa Elena, Marascal o el Cañón de Boquillas.

“Nadie quiere ver un muro o una valla en vez de estos extraordinarios paisajes”, dice Angell. “Tendría un efecto muy negativo en la economía, en la región, en el ambiente. Es una idea absurda”.

Angell dice que no ha invitado al presidente Trump o a su gabinete para que se den una vuelta por el área, pero debería hacerlo para que sepan de qué están hablando.

“Piensa, por ejemplo, en el área de El Paso y Ciudad Juárez, donde ya hay un muro pero no hay río. En su lugar hay un canal de concreto. No hay plantas, no hay animales, no hay vida silvestre. No dejaron nada.”

Angell está convencido de que la construcción del muro es un negocio de Trump. “Es un constructor y hay toda una maquinaria que lo respalda”, dice. “No necesitamos ningún muro con México. Debemos construir puentes con México, que es nuestro aliado. No entiendo por qué quieren hacer las cosas más difíciles”.

Este reportaje se publicó en la edición 2118 de la revista Proceso del 4 de junio de 2017.

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