La violencia en la “era del show”

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Lo que vivimos en México en cuanto a asesinatos, desapariciones, tortura y corrupción, es espantoso. Pero lo es más ver que esa realidad se va volviendo parte de nuestra cotidianidad. Podemos hacer convivir nuestra vida diaria –trabajar, ir al cine, tomarnos unas copas con los amigos– con los crímenes más abyectos, como lo hizo la mayoría de los ciudadanos alemanes bajo el nazismo. Ciertamente nos indignamos –aún las reacciones humanas no se han extinguido del todo–; somos incluso capaces –como sucedió en el caso del asesinato de mi hijo Juan Francisco y de sus amigos o de los muchachos de Ayotzinapa o el del asesinato de Javier Valdez– de unir nuestras fuerzas y salir a protestar y a buscar una solución. Pero pasada la catarsis, la mayoría vuelve a un estado de normalidad, diluyendo su indignación en la ilusión de que con los procesos electorales algo cambiará.

Muchas son las causas de esa actitud. Pero tal vez la que en estos momentos podría definirla mejor es la banalidad: el mal, como de alguna forma lo mostró Hannah Arendt en su polémico libro Eichmann en Jerusalén, se volvió parte de la trivialidad de la vida diaria.

El asunto, para hablar de México, está relacionado con lo que Tomás Calvillo ha llamado “la velocidad de las tecnologías” o con lo que podríamos nombrar, de manera illicheana, la “era del show”. Pese a que políticamente la democracia está derruida y acaparada por las partidocracias, cuyos vínculos con el crimen organizado han generado el estado de violencia que padecemos, la vida diaria parece transcurrir de manera democrática: las ofertas de la comunicación son inmensas –periódicos, revistas, canales de radio y televisión, internet y redes sociales se han vuelto accesibles a casi todos–, los eventos deportivos se multiplicaron exponencialmente –del consabido partido dominical hemos pasado a ver tres o cuatro diarios y a una infinidad de torneos de otros deportes–, las telenovelas se convirtieron, mediante Netflix, en una enorme oferta de series a las cuales podemos acceder a la hora deseada; hay decenas de conciertos de diversos géneros musicales y una inmensidad de videojuegos al alcance de nuestras manos y de nuestro apetitos; tenemos también, para satisfacer nuestro resentimiento o nuestras mezquindades, una gran cantidad de talk shows que van de las vulgaridades más íntimas a las vulgaridades de la vida política de los procesos electorales.

En esas condiciones, el horror, vuelto parte de esa oferta de espectáculos, se vuelve tan banal como ella. Si todo es importante, nada, en consecuencia, lo es. Nos hemos vuelto esclavos de una libertad impuesta por el show tecnológico. Basta simplemente que nuestro humor coincida con el control remoto de la televisión o con la tecla del mouse para que pasemos en un segundo del horror real al espectáculo que en ese momento puede satisfacer nuestra demanda de confort moral.

Embriagados de un poder virtual nos convertimos simultáneamente en esclavos de nuestra voluntad, en rehenes de mercancías diseñadas para satisfacer nuestros deseos más profundos o más vulgares. Encerrados en nuestras demandas de confort, liberados de las obligaciones que implica enfrentar un estado de violencia mortífera, presos de lo inmediato e instantáneo del show, quedamos atrapados en la banalidad misma de nuestra aparente libertad democrática, de una libertad sin límites y ajena a la responsabilidad. No necesitamos estar conectados a la compleja cadena técnica y burocrática de la muerte, de la que hablé en mi artículo “Violencia y modernidad” (Proceso 2110), para ser parte de la violencia que nos corroe. Con simplemente conectarnos al complejo entramado del show, diseñado para satisfacer cualquiera de nuestros deseos, la indiferencia que nos produce ante el horror termina por permitirlo y consentirlo. Así podemos cotidianamente convivir con la violencia más extrema y fingir, dedicándonos a nuestras tareas diarias, que vivimos en la normalidad.

En un mundo así ya no hay arriba ni abajo, atrás ni adelante, izquierda ni derecha, no existe lo urgente, lo importante y lo prescindible; no existe el silencio que permite mirarlos, fijar la atención y actuar; no hay lugar para la contemplación ni para la admiración ni para la rebelión, no hay sitio para la solidaridad, la amistad y la resistencia ante el mal; no hay posibilidad de pensar límites a la vida política y a la violencia.

A pesar de nuestro malestar, de la violencia que no cesa, de las protestas desarticuladas y desacompasadas que surgen repentinamente aquí, allá y más allá para después apagarse –protestas imbricadas paradójicamente con el imperio del show– carecemos de una resistencia al todo democrático de la técnica desenfrenada y reducida al consumo del show que nos ha atrapado. Esa carencia termina, paradójicamente también, con las verdaderas resistencias democráticas al poder, al control, a las diversas formas de dominio cuya expresión más absoluta y aterradora es la violencia que diariamente vivimos y que crece día con día.

Tal vez, en una época tan apocalíptica como ésta, las únicas resistencias que quedan sean las de aquellos pequeños grupos y comunidades que al margen del show se concentran en la amistad, para, como las primeras comunidades cristianas, que lo aguardaban en su inminencia, preservar en los límites del amor los restos de lo humano. Tal vez.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a las autodefensas de Mireles y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia y juzgar a gobernadores y funcionarios criminales.

Este análisis se publicó en la edición 2118 de la revista Proceso del 4 de junio de 2017.

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