La nueva ruta de la seda

Justo cuando el gobierno de Donald Trump se atrinchera en el proteccionismo, el presidente Xi Jinping lanza el proyecto One Belt, One Road. Se trata de la red de obras de infraestructura que conectará por tierra y por mar a China, los países de Asia Central, Medio Oriente, África y Europa. Pretende cubrir 65% de la población mundial, generar un tercio del PIB global y mover la cuarta parte de los bienes que produce el planeta. Es “la solución china para la recuperación económica global”, afirma la prensa de ese país, al tiempo que los expertos señalan los dividendos geopolíticos que obtendrá el gigante asiático, el cual parece partir de un principio simple: “Quien dicta las reglas económicas, rige el mundo”.

BEIJING (Proceso).- China ha resucitado la mítica ruta de la seda, aquella antecesora de la globalización que unió a Europa y Asia entre los siglos IX y XV.

Los tiempos cambian pero el espíritu comercial chino persiste. Donde había camellos habrá trenes de alta velocidad y los bienes de última tecnología relevarán a su delicada porcelana. Esta nueva ruta de la seda ha sido bautizada como One Belt, One Road (OBOR). Es más extensa y acorde con las ambiciones y medios de la segunda potencia económica del mundo. También es la respuesta china al rancio proteccionismo que pregonan Estados Unidos o el Reino Unido.

China presentó el pasado 15 de mayo el mayor proyecto de obras de infraestructura que haya promovido un solo país en la historia. Cubrirá 65% de la población mundial, un tercio del PIB global y moverá la cuarta parte de los bienes del planeta. Las cifras ridiculizan al estadunidense Plan Marshall, que reconstruyó Europa tras la Segunda Guerra Mundial. Los cálculos más creíbles sitúan a éste en el equivalente actual de 130 mil millones de dólares; en el OBOR se habla de varios billones de dólares.

El evento diplomático del año vino acompañado de la pompa habitual en Beijing: carteles en marquesinas y fachadas, jóvenes voluntarios uniformados en las calles, ditirámbicos editoriales en los diarios y maratónicos programas monográficos en televisión. Nada sobra para ensalzar el que para la prensa oficial será “el legado más perdurable” del presidente chino Xi Jinping.

“La solución china para la recuperación económica global”, añadió el Diario del Pueblo. “El artífice de la nueva era de la globalización”, señaló en alusión al líder más poderoso de China desde Deng Xiaoping, arquitecto de las reformas.

Veintiocho jefes de Estado arroparon a Xi en Beijing, quien en su discurso aludió a Zheng He, aquel mítico explorador de la dinastía Ming que encontró su lugar en la historia “no como un conquistador con barcos de guerra y espadas, sino como un emisario amistoso con caravanas de camellos”.

La lectura de la prensa o la escucha de expertos puede provocar resultados esquizofrénicos: el proyecto conectará a millones de personas, estimulará la economía global, levantará infraestructuras vitales en países pobres y hará del mundo un lugar más feliz. O permitirá que China siga esquilmando a los países en desarrollo, apuntalará la vanidad de Xi, enriquecerá sólo a las empresas chinas y agudizará la pérfida influencia global de Beijing.

Son habituales las posturas irreconciliables cuando está China de por medio en un mundo decididamente polarizado. Estalla el júbilo en los gobiernos africanos y centroasiáticos mientras Occidente frunce el ceño.

España e Italia encabezaron una menguada representación europea a pesar de que la Unión Europea había insistido en su entusiasmo. La ausencia de dos tercios de los jefes de Estado de los países participantes se puede leer en clave geopolítica. Faltaron los de Japón, enconado rival regional, y Estados Unidos, que se disputa la primacía global con China.

Donald Trump, presidente estadunidense, cambió su idea original de enviar a un funcionario de bajo nivel por Matt Pottinger, un relevante asesor. Es una actitud bastante más colaborativa que el artero boicot de su predecesor, Barack Obama, a iniciativas chinas como el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras (AIIB). Y faltó también India, que calificó el proyecto como un intento de mitigar la soberanía nacional. A Nueva Delhi le inquietan algunos proyectos que beneficiarán a su rival, Pakistán.

El proyecto

El proyecto nació en 2013 en un anodino discurso de Xi en una universidad kazaja: la humilde pretensión original era desarrollar Xinjiang y otras atrasadas provincias del oeste de China con obras de infraestructura que las conectaran con las repúblicas centroasiáticas. El proyecto comprende hoy una ruta marítima entre la costa sur china y el este de África, y una serie de corredores que enlazarán al gigante asiático con Europa a través de Asia Central y Medio Oriente.

Pero es sólo su definición estricta actual. En Nueva Zelanda, Gran Bretaña o el Ártico también se planean proyectos asociados al OBOR, que ya alcanza a 70 países. Un diplomático europeo desplazado a Beijing reconoció en el diario South China Morning Post que aún no sabían en qué consistía esto del OBOR ni qué podían hacer por él.

China nunca ha publicado una lista de los proyectos relacionados con el OBOR. La iniciativa es más una filosofía o un eslogan que un plan de márgenes definidos. Lo único claro es que todos los países, empresas y organizaciones están invitados. Cualquier idea que surja en Beijing sobre la globalización queda bajo su paraguas, y el empeño de Xi aceita cualquier proyecto esgrimido con su sello. China ya ha invertido 50 mil millones de dólares desde 2013, según la prensa oficial, y ha apartado 1 billón para los próximos años. Algunas estimaciones hablan de entre 4 y 8 billones.

Entre lo tangible destaca ya un puerto en Sri Lanka, un tren de alta velocidad en Indonesia, un parque industrial en Camboya y un corredor entre China y Pakistán que sintetiza las bondades de la iniciativa: comprenderá un conjunto de carreteras, vías férreas y oleoductos por 46 mil millones de dólares con lo que Islamabad pretende una revolución económica.

El proyecto subrayará el nuevo papel de China como paladín del libre comercio. El OBOR era un vaporoso conjunto de promesas y construcciones sobre el plano hasta que la irrupción el pasado año de Trump y su estrategia de “América, lo primero” le puso en bandeja de plata a Beijing el liderazgo global. El OBOR era, sin duda, el instrumento para el avance y para atraer las simpatías de un mundo espantado por el advenimiento del ­proteccionismo.

Los beneficios para China son variados y vastos. El OBOR compensará la caída de las exportaciones a países desarrollados y de las infraestructuras locales, motores de su crecimiento durante tres décadas. Beijing busca nuevos mercados para sus productos, dar salida a la sobreproducción de cemento, acero y aluminio, y mitigar la anunciada pérdida de 1.2 millones de empleos en los dos últimos años.

El OBOR está encabezado por unas 50 compañías estatales que ya han invertido en casi mil 700 proyectos desde 2013, según datos oficiales. De la vorágine de infraestructuras se beneficiarán los paquidérmicos conglomerados chinos en los sectores energéticos, constructores o de telecomunicaciones, empujados al exterior por la desaceleración interna.

Pero en las obras pendientes, que algunas estimaciones sitúan en 26 billones de dólares sólo en Asia, también hay espacio para las empresas occidentales. Las adjudicaciones transparentes han sido uno de los comprensibles puntos de fricción, ya que en China influye más el amiguismo que el mérito y en el acceso de su mercado a los agentes externos abundan las trabas.

Tampoco parece descabellado que China pretenda la mayor pieza del pastel: suya es la idea y el ímpetu, soporta el grueso de la factura y la mayor parte de los riesgos. Muchas de las zonas bajo la influencia del OBOR padecen inestabilidad política y las inversiones chinas ya han sufrido dolorosos reveses en el pasado. Proyectos ligados al OBOR han generado protestas ciudadanas en Sri Lanka, y Pakistán ha preparado una división militar para proteger el corredor de la amenaza islamista.

La que dicta las reglas

La desconfianza occidental nace en la imbricación de economía y política. ­Scott Kennedy, experto del Centro de Estudios Internacionales Estratégicos, confirma que Beijing persigue ambos fines. “China no necesitaría una conferencia con 28 jefes de Estado para una iniciativa puramente económica. De los asistentes se esperaba una demostración pública de su apoyo al OBOR, al rol internacional de China y al liderazgo visionario de Xi”, señala en un correo electrónico.

Los tercos desmentidos chinos de que persiga aumentar su influencia son difícilmente creíbles. Aquel Plan Marshall o los acuerdos de Bretton Woods muestran que quien dicta las reglas económicas también rige el mundo. China pretende cambiar ese viejo orden occidental que la constriñe y desprecia su relevancia.

El OBOR será más económico en sus inicios, juzga Oliver Rui, profesor de economía de la Escuela Internacional de Negocios China-Europa de Shanghái. “Cuando el programa y la internacionalización del renminbi (la moneda china) avance, se hará más político, pero sólo porque los países emergentes no forman actualmente parte del orden internacional dominado por Estados Unidos y el dólar”, añade.

La magnitud del OBOR amenaza el papel del G-7 o el G-20 como foros para debatir el desarrollo en infraestructura en países en desarrollo.

Las comparaciones con el Plan ­Marshall son habituales en estos días. “Aquel se ejecutó por la creencia estadunidense de que ayudar a las democracias europeas a levantarse no sólo sería beneficioso para ellas, sino para todo el mundo. En ambos casos, los intereses nacionales la espolearon. Pero hay una gran diferencia entre cómo entiende los intereses nacionales una democracia y una dictadura”, explica, vía correo electrónico, Perry Link, profesor de estudios asiáticos de la Universidad de Princeton.

Cualquier mención al Plan Marshall descompone sin remedio a China, que ha recordado otras diferencias notables y también irrebatibles. Aquella iniciativa estadunidense repartió los millones con base en la discriminación ideológica para aislar al bloque comunista, impuso la adhesión a la OTAN y sólo benefició al mundo industrializado.

En el OBOR caben todos, especialmente los países en vías de desarrollo, y queda al margen de las alianzas militares.

Algunos críticos señalan al OBOR como el brazo económico de Beijing para sellar su dominio en Asia en un contexto de reclamaciones territoriales ubicuas con sus vecinos. El petróleo chino, que se mueve en 80% a través del Estrecho de Malaca, podría ser fácilmente bloqueado en tiempos de guerra. Los planeados oleoductos a través de Asia Central y Myanmar solventarían el problema.

“Si el OBOR tiene éxito, China estará más que contenta en usarlo para incrementar la cooperación en defensa con esos países, pero siempre con base en el interés común”, opina Tong Zhao, experto del Centro Carnegie-Tsinghua.

La seguridad, sin embargo, es secundaria frente al enfoque económico. “No creo que ayude que Occidente insista en juzgarlo todo a través de la perspectiva geopolítica. Eso limita las posibilidades de una cooperación sustantiva”, añade.

Es habitual que Occidente vea con preocupación los esfuerzos chinos por hacerse de un lugar mayor en el mundo y aluda a su expansión como una invasión, conquista, saqueo u otros términos bélicos.

Pero a China la desvela menos la litúrgica desconfianza de las potencias tradicionales a su auge, que el pedregoso tránsito del etéreo leviatán anunciando la realidad. Beijing ha juntado a sus bancos nacionales con iniciativas internacionales que apadrina, como el AIIB o el Nuevo Banco para el Desarrollo, pero necesitará contribuciones externas para afrontar la ingente inversión.

En términos simples, el éxito del OBOR parece asegurado: ¿qué país en vías de desarrollo no quiere que China le ponga una central eléctrica o una vía de tren?

Este reportaje se publicó en la edición 2118 de la revista Proceso del 4 de junio de 2017.

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