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Medio Oriente: Colonos por “obra de Dios”

En junio de 1967 Israel ganó la Guerra de los Seis Días y tomó el control de Jerusalén-Este, Cisjordania y Gaza. Comenzó así una ocupación de los territorios palestinos que aún perdura. Poco ha importado que la comunidad internacional jamás haya reconocido la soberanía de Israel sobre estas tierras. Medio siglo después, decenas de colonias se extienden por Cisjordania y Jerusalén-Este. En ellas viven ya más de 600 mil israelíes convencidos de que están poblando la tierra que Dios les prometió.

COLONIA DE NEVE EREZ, Cisjordania (Proceso).- A primera vista es un lugar lleno de encanto. Un apacible bar con regusto hippy, muebles usados y grandes cojines orientados hacia un mirador desde el cual se domina una vista que quita el aliento: el desierto, el mar Muerto hasta las costas jordanas y al otro lado, los límites de Jerusalén, situada a escasos kilómetros.

Noam Cohen recibe a la recién llegada tocando suavemente un tambor africano. Habla del disfrute del silencio, del respeto por la naturaleza, el amor por la música y el espíritu hospitalario que late en esta pequeña “comunidad”, como él la llama, bautizada hace 18 años Neve Erez, el oasis de Erez.

“La llamamos así en honor a un soldado israelí caído en Líbano”, explica este hombre de 50 años, con cabello largo, sonrisa amplia y manos desgastadas por el trabajo.

Poco a poco su discurso resitúa a la visitante y la realidad se impone. Neve Erez es lo que en Israel se llama un outpost, una colonia establecida en tierra palestina sin ningún permiso del gobierno israelí. Una implantación doblemente ilegal: a ojos del derecho internacional, que cree que todas las colonias sin excepción son ilegales, y del propio gobierno israelí, que por diferentes razones no ha otorgado a estos asentamientos los permisos necesarios. En total hay más de un centenar de outpost en Cisjordania.

“No vine aquí por ideología pero no me supone ningún problema vivir en este lugar. Yo quería tener un hogar en Israel y en el desierto. Nuestro sueño se hizo realidad aquí”, explica.

Noam Cohen sorprende porque no tiene el perfil de colono israelí que sale en las noticias por verse envuelto en enfrentamientos con sus vecinos palestinos y tampoco hace gala de un nacionalismo extremo ni de creencias religiosas estrictas en las cuales encuentre la razón de su presencia en esta zona, considerada ocupada por la comunidad internacional desde hace 50 años.

Neve Erez tampoco muestra la reconocible apariencia de un asentamiento de la Cisjordania palestina: casas idénticas que se multiplican sobre una colina, portones y seguridad a la entrada y un perímetro bien protegido y vigilado por cámaras. El lugar parece más bien un pequeño poblado de precarias viviendas construidas con adobe y materiales reciclados y rodeadas de huertos con verduras y árboles frutales.

“A veces los soldados vienen, pero la mayoría del tiempo su presencia no es necesaria. Nos mantenemos seguros con nuestros perros y confiamos en Dios. Sólo tres de los habitantes van armados”, explica.

Del 5 al 10 de junio de 1967 Israel derrotó a una coalición de países árabes y ocupó Jerusalén-Este, Cisjordania y Gaza. En Cisjordania y Jerusalén-Este, posteriormente anexadas, las colonias israelíes han ido avanzando en estos últimos años de forma paulatina pero inexorable pese a las críticas internacionales.

Actualmente, cerca de 400 mil colonos viven en Cisjordania y otros 200 mil en Jerusalén-Este, según cifras de organismos de Naciones Unidas y organizaciones no gubernamentales israelíes.

Obstáculos para la paz

Las razones que llevan a una familia judía a instalarse en Cisjordania son en gran medida religiosas: el sentimiento de estar donde Dios quiso que el pueblo judío estuviera, pero también políticas y hasta financieras.

“Creo que este es el hogar del pueblo judío. Es nuestro lugar”, afirma Cohen sin titubear. “Y si este lugar sigue siendo ilegal es debido a la presión internacional. El gobierno se ve sometido a críticas internacionales y no sigue construyendo en estas zonas”, lamenta.

Sin embargo, el gobierno del primer ministro Benjamín Netanyahu ha sido uno de los que más ha apoyado financiera y moralmente los asentamientos. Las 25 familias que viven en Neve Erez, por ejemplo, tienen electricidad, agua, servicio de recolección de basura y seguridad.

Cuando se le pregunta por la relación con sus vecinos palestinos, Cohen parece tener bien preparada la respuesta. “Se basa en el respeto y la sospecha. Nos ayudamos cuando hace falta. Por ejemplo, he llevado al hospital a una niña beduina. Pero sé que no iremos juntos a ver el atardecer agarrados de la mano”, dice, irónico.

Cohen y su esposa Tehilla han criado a sus tres hijos en este asentamiento. Describen su vida diaria con un ansia de normalidad que resulta casi irreal. Cuando se les recuerda que numerosas voces en la comunidad internacional califican a estos asentamientos como el mayor obstáculo para la paz entre israelíes y palestinos, su discurso se radicaliza.

“No somos obstáculo para nada. Este no es un conflicto de fronteras, es religioso y es anterior a la guerra de 1967. La Organización para la liberación de Palestina se creó antes de esa fecha. ¿De qué o de quién querían liberarse, si entonces aún no existía lo que llaman ocupación? De nosotros, de la existencia misma de Israel”, aseveran.

Es el discurso de buena parte del gobierno israelí. En su reciente encuentro en Belén (Cisjordania) con Donald Trump, el presidente palestino Mahmud Abbas reiteró, en un claro mensaje al mundo, que el problema no es entre judíos y musulmanes. “El problema es la ocupación, las colonias”, insistió.

Y si mañana se llegara a un acuerdo para la creación de un Estado palestino en estas tierras, ¿qué pasaría con estos asentamientos y sus habitantes?

La pregunta provoca un tenso silencio en la conversación con cualquier colono.

“Si sucediera por supuesto me iría. No quiero ser un extranjero. Vinimos aquí para tener una casa en este lugar, nuestro lugar histórico y bíblico”, afirma Cohen.

“No creo que ocurra y de todas maneras, Ariel siempre se ha situado del lado israelí en cualquier borrador de acuerdo de paz de los últimos 25 años”, responde Avi Zimmerman, judío estadunidense que reside en esta colonia de Cisjordania.

“De Cisjordania no, de Judea y Samaria”, corrige, durante la entrevista, usando la denominación bíblica de esta tierra, como lo hace la mayoría de habitantes de los asentamientos.

Ariel se sitúa del otro lado del muro de separación construido por Israel en 2004 en torno a Cisjordania y 20 kilómetros más allá de las fronteras de 1967, pero forma parte de las colonias a las cuales Tel Aviv jamás renunciaría y han sido incluidas en sus planes de anexión.

Escuchando a Zimmerman, que dirige el Fondo de Desarrollo de Ariel, se podría creer que se trata de un lugar idílico. Unas 20 mil personas, muchas de ellas emigrantes rusos, viven en esta colonia, que tiene universidad, centros comerciales, piscina, instalaciones deportivas y varias escuelas.

“Creo firmemente que esto es Israel”, repite Zimmerman, de 40 años.

Su discurso es firme, estudiado y convincente. No entra en polémica y evita preguntas molestas. Sólo parece enojarse cuando sale a relucir el movimiento de boicot contra los asentamientos israelíes, sus habitantes y sus productos.

“¿Que hay artistas que no quieren actuar en Ariel? Por cada uno que se niega tenemos dos que quieren venir. El boicot nos ha dado una gran publicidad”, afirma, desafiante.

Actualmente 3 mil palestinos trabajan en Ariel, la mayoría en fábricas. “¿A ellos les gustaría perder su trabajo porque la comunidad internacional decide boicotear la empresa para la que trabajan? No lo creo”, reta.

El “ascenso”

Desde el balcón de la casa de la familia Epelbaum se divisa la colina donde, según la Biblia, se alzó la ciudad de Shilo, lugar al que los israelíes llegaron tras pasar 40 años en el desierto después de su huida de Egipto.

“Es un lugar muy importante para la historia de nuestro pueblo”, explica Katja Epelbaum.

Eli, el asentamiento en el que viven desde hace cinco años, es uno de los llamados centros de absorción de Cisjordania, a los cuales llegan las familias judías que hacen su aliyá o instalación en Israel y deciden vivir en un asentamiento. En hebreo, aliyá significa “ascenso”.

“Queríamos un lugar donde pudiéramos acompañar a nuestros hijos al colegio. También buscábamos nuestras raíces”, explican Katja y su esposo Alon, que abandonaron París para instalarse en este asentamiento donde residen 5 mil personas.

Dejaron atrás todo. Ni siquiera votaron en las elecciones francesas de mayo. “Renacimos al venir aquí”, explica Katja.

Su contacto con los palestinos es escaso y mínimamente correcto. Aseguran que su vida está muy alejada del conflicto que sale en la televisión.

“Está claro que tarde o temprano habrá que encontrar una solución. Pero no creo que ceder estos territorios nos traiga paz. Tal vez Israel debería anexionarse estas tierras”, dice Alon.

Alon se refiere a la llamada “Área C”, que abarca 60% de la superficie de Cisjordania y está bajo control administrativo y militar israelí. Es la zona en la que se sitúan los más de 120 asentamientos judíos de Cisjordania.

“Pero si el gobierno israelí determina que hay que salir de aquí, me guste o no me iré, porque yo respeto a este gobierno”, opina por su parte el chileno Daniel Goldzweig, quien reside desde hace seis años en la colonia de Tel Tzion, poblada casi exclusivamente por religiosos.

“Pero los palestinos están felices bajo un gobierno israelí, tienen todos los servicios y sobre todo tienen la seguridad. No lo digo yo, lo dicen ellos”, agrega, convencido, citando sus conversaciones con palestinos que vienen a traer mercancías al supermercado en el que trabaja, dentro de la colonia. Ese es su único contacto con los vecinos.

En Tel Tzion viven entre 750 y 800 familias. El 70% de sus habitantes tiene menos de 18 años. La guerra demográfica, una batalla no declarada entre israelíes y palestinos, encuentra en algunas de estas colonias y familias judías tradicionales su máxima expresión.

Casado con una mexicana, Goldzweig, de 49 años, tiene ocho hijos y llegó a este asentamiento porque quería instalarse en Israel, pero le resultaba imposible por razones financieras hacerlo en una ciudad como Jerusalén.

“Además de eso también tengo motivaciones religiosas. Este es un territorio conquistado en 1967. Diga lo que diga la ONU, es parte de Israel”, afirma, “y vale la pena estar aquí, pase lo que pase. Yo he vivido en México, que es un lugar violento, y aquí estoy muy tranquilo y sobre todo confío en nuestros soldados”.

Retorno espiritual

Esther Sternburg recuerda claramente que siendo una niña iba con su familia a los alrededores de la puerta de Sión, una de las entradas a la ciudad vieja de Jerusalén, y encaramados a una muralla, intentaban ver el Muro de las Lamentaciones. Entre 1948 y 1967 los judíos no podían acceder a este lugar que se encuentra en la parte oriental de Jerusalén. Tampoco residían dentro de este casco histórico de la ciudad.

Hace 28 años, gracias a una asociación que se dedica a comprar casas en partes palestinas de Jerusalén para instalar a familias judías, Esther Sternburg se instaló en el corazón del barrio musulmán, frente a una escuela islámica. Una bandera israelí en una de las ventanas de su casa, en la calle As Saraya, marca inconfundiblemente la presencia de su familia.

“Somos un pueblo de soñadores. Los árabes no pueden entendernos y no nos quieren aquí de ninguna manera. Pero estamos y estaremos porque nuestra fuerza no es física sino espiritual”, asegura esta profesora jubilada.

En 1948 sus padres fueron expulsados de la parte musulmana de la Ciudad Vieja de Jerusalén. Por ello, esta mujer ultraortodoxa y esposa de un rabino repite una y otra vez que no está ocupando nada sino “recuperando” y que ha realizado un “retorno espiritual” a la que considera su casa.

En este departamento, donde todas las ventanas tienen rejas y donde llevan años siendo objeto del rechazo y desprecio de sus vecinos, crecieron sus nueve hijos.

“Quise inculcarles que esto no era un gueto. Hay que gente que vive asustada, pero yo no. Nunca he salido a la calle con guardias”, afirma tajante la mujer de 67 años.

Su aplomo no se tambalea cuando recuerda a un amigo de la familia que residía a poca distancia también en el barrio musulmán y murió apuñalado por un palestino hace año y medio.

Una parte importante de la sociedad israelí considera a Jerusalén su capital eterna e indivisible. La adquisición paulatina, y a menudo silenciosa, por parte de israelíes de casas en los barrios palestinos de la ciudad, sobre todo en lugares muy cercanos al Muro de las Lamentaciones, no ha cesado en los últimos años y unos 2 mil judíos viven hoy en la Ciudad Vieja y zonas palestinas cercanas, como Silwán o el Monte de los Olivos.

Cuando se le pregunta a Esther por qué no se instaló en otro punto de la ciudad donde hubiera menos hostilidad y más seguridad para sus hijos, su mirada es de sorpresa. “Es bueno para todos, para el mundo entero, que nosotros estemos aquí”.

El silencio inunda la habitación.

“Nosotros, los judíos, somos quienes garantizamos la seguridad y limpiamos esta parte de la ciudad. Para los musulmanes es mejor que estemos aquí. Podemos convertir Jerusalén en la ciudad más bonita del mundo”, concluye, convencida.

Este reportaje se publicó en la edición 2118 de la revista Proceso del 4 de junio de 2017.

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