“Nada siempre, Todo nunca”, las diferentes caras del deseo

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Un estreno teatral incitante como Nada siempre, Todo nunca que plantea la importancia del deseo en la sublevación corporal, es susceptible de apreciarse como evento dancístico.

La obra tiene su motor en la condición de vulnerabilidad del cuerpo que actualmente se vive en el país y el mundo.

Por ello propone al público desafiantes juegos de inversiones como desahogo por desgaste, reunión por encierro, placer por angustia, utopía por desencanto y deseo por necesidad.

Incluso espacialmente, cuando el público y el elenco intercambian posiciones o puntos de perspectivas, donde el primero observa desde el escenario, y el segundo –constituido por siete actrices de diferentes generaciones desde la más joven hasta la más adulta– baila una coreografía explosiva con el rock “Demolición” de la banda peruana sesentera Los Saicos, encima de las butacas.

Este cambio en el orden convencional del teatro y la danza a partir del espacio, suscita una empatía afectiva y la percepción de que la obra está siendo creada por todas las presencias durante su temporalidad.

Nada siempre, todo nunca (Teaser) from Colectivo Macramé on Vimeo.

Otra osadía interesante, planteada por las mujeres del elenco –Aura Arreola, Ana Valeria Becerril, Regina Flores Ribot, Alma Gutiérrez, Abril Pinedo, Miriam Romero y Mariana Villegas–, es retrasar los relojes de los celulares sesenta minutos con el propósito de tomar el tiempo todos juntos como acto de sublevación, para dedicarlo al verbo desear.

¿Cómo se convierte el deseo en una práctica, una secuencia de acciones, una serie de movimientos?:

De acuerdo con la lógica de la obra, participantes y artistas juegan a desahogar sus necesidades a un tiempo límite, mientras cuatro de las siete actrices realizan ejercicios de entrenamiento físico (abdominales y sentadillas) de manera mecánica, veloz y ansiosa, como si la necesidad humana se expresara en el cuerpo a través de estos rasgos.

Luego de dicha sacudida de necesidades, todos fundan sus deseos personales al escribirlos en un pequeño cuaderno ilustrado, que la producción obsequia a cada participante.

Y comienzan a realizarlos de una vez en la obra sin esperar al mañana, afectados por los niveles de pulsión de tales deseos, bajo sus agencias propias, con la complicidad de otro participante y viceversa, como si llevaran a cabo una manifestación de los anhelos en el Cine Tonalá.

Culminan con un baile celebrativo a ritmo de “La cumbia de los pajaritos”, del grupo setentero Los Mirlos, también peruano.

En síntesis, la propuesta formula que el deseo, actividad humana correlacionada con el tiempo, articula primero la catarsis y luego la libertad a modo de una secuencia de estados corporales. El deseo libre e identificado es impulso y voluntad de la sublevación corporal contra el desgaste, el encierro, la angustia, el desencanto y la necesidad, que hacen la vida vulnerable.

Y evoca la frase que Franco Berardi, Bifo, a propósito de su libro La sublevación (Surplus Ediciones, 2014), escribió sobre la distinción conceptual entre deseo y necesidad que los filósofos Deleuze y Guattari iniciaron:

“El deseo no debería verse como una condición de escasez o carencia, sino más bien como un potenciador de la visión, como una actividad creativa.”

Es una teatralidad de Eros o una danza expandida del deseo, imaginada por un equipo artístico interdisciplinario integrado por Mariana Gándara en la dramaturgia; Mariana Arteaga, coreografía y asesoría corporal; Jésica Elizondo, iluminación; y Abril Castillo, ilustración. Sigue en temporada este miércoles 14 de junio: ¿Quién ocupará el tiempo en desear junto al Colectivo Macramé?

Esta reseña se publicó en el número 2117 de la revista Proceso.

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