El asilamiento acompañado de Trump

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Las acciones de Trump en materia internacional durante los últimos días marcan un punto de transición en el papel de Estados Unidos en el mundo. En su encuentro con los líderes europeos desconoció el valor de la alianza político-militar con el mundo occidental, una de cuyas expresiones más acabadas ha sido la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN); festejó la venta de armas a uno de los regímenes más represivos que existen, el de Arabia Saudita, haciendo caso omiso de las graves violaciones a los derechos humanos que ocurren allí; finalmente, al retirar a Estados Unidos del Acuerdo de París sobre Cambio Climático envío una señal muy inquietante respecto a la falta de solidaridad del segundo país más contaminante del mundo, con la lucha urgente contra el calentamiento global.

El abandono del Acuerdo de París es el tema que más reacciones adversas ha recibido. Atinadamente, algunos analistas de la prensa liberal estadunidense (Carl Bildt, The Washington Post, 06/06/2017) han llamado la atención sobre forma y contenido del discurso con que se anunció esa decisión. No fue, como algunos esperaban, un razonamiento sobre los motivos de la misma. No era difícil hacerlo ya que el Acuerdo puede ser objeto de mejoras o simples modificaciones formales a un texto en que el expresidente Obama (siempre un enemigo para Trump) había puesto mucho empeño.

Sin embargo se trató de otra cosa. El discurso perseguía dejar claro el grado en que Trump es indiferente y falto de respeto a compromisos internacionales con los que se intenta enfrentar una de las amenazas más serias para el futuro de la humanidad. Desde su punto de vista, tal amenaza es un invento de quienes buscan perjudicar a Estados Unidos impidiendo, entre otras cosas, poner en funcionamiento las minas de carbón. Su referencia a haber sido elegido para “defender a los trabajadores de Pittsburg y no a París” contiene, en su irracionalidad, un mensaje importante: a Trump no le interesa reflexionar sobre problemas que se debaten en el ámbito internacional. Para él y sus asesores “América primero”, como slogan y propósito, es también América sin alianzas ni principios internacionales que respetar, desprovista del sentido de liderazgo y responsabilidad internacional que durante más de un siglo había dado el tono a la política exterior del país más poderoso del mundo.

La reacción a los hechos anteriores ha sido muy intensa. Los dirigentes europeos, en particular Merkel y Macron, han hecho explícito su malestar. La primera, señalando que Estados Unidos ya no es el aliado confiable del pasado y pronunciándose a favor de un incremento de los recursos europeos para su propia defensa; el segundo, haciendo un llamado para mantener viva la lucha contra el calentamiento global invitando, a través de un video que ha recorrido al mundo, a los científicos estadunidenses a instalarse en Francia.

En ese panorama destaca la política de China, lista a un acuerdo con la Unión Europea, que ya ha sido cuidadosamente trabajado sobre diversos aspectos de colaboración científica, tecnológica y financiera, para llevar adelante el Acuerdo de París. A China le corresponde, en opinión de muchos, ocupar el lugar que Trump está dejando vacío.

En Estados Unidos la fuerza de la sociedad liberal se ha hecho sentir. La prensa ha publicado numerosas opiniones y estudios sobre el costo que tendrá dejar de lado la lucha contra el calentamiento global así como el significado tan inquietante de la influencia que adquieren en el círculo cercano a Trump las voces más anticientíficas, fanáticas y mal informadas respecto a las consecuencias negativas de reducir investigación y trabajo para promover fuentes alternativas de energía. Los presidentes de las universidades más prestigiadas y directivos de grandes empresas han enviado cartas abiertas expresando su consternación ante la decisión adoptada. Estados como California o Nueva York han expresado su decisión de seguir adelante con los esfuerzos para reducir la emisión de gases contaminantes, independientemente de las líneas que mantenga el Ejecutivo.

Ahora bien, todas esas movilizaciones no ocultan el hecho de que las fuerzas que apoyan a Trump son numerosas y con poder. En primer lugar el Partido Republicano. Si bien hay voces en su interior que tienen reservas respecto a la acción internacional de Trump, esto no trasciende hacia una política del partido que contenga visiones claras sobre lo que cabe esperar del papel de Estados Unidos en el ámbito internacional. El Partido Republicano ha perdido cualquier reflexión sobre esos temas. Su acción en el Congreso está muy lejos de buscar influencia para decidir sobre el futuro de la OTAN o el avance contra el calentamiento global.

Por otra parte, los seguidores de Trump –cuyo voto tuvo que ver con las consecuencias sociales y económicas de la desindustrialización en el llamado “cinturón oxidado”, con el estancamiento de las expectativas de la clase media para mejorar su bienestar y con la antipatía hacia los migrantes– son bastante indiferentes a lo que ocurra en las alianzas con el mundo occidental o el alejamiento de los compromisos para frenar el calentamiento de la Tierra.

En Estados Unidos están presentes dos grandes corrientes que, grosso modo, apuntan en direcciones opuestas: una hacia el internacionalismo y el avance del conocimiento y otra hacia los objetivos cada vez más parroquiales, xenófobos y nacionalistas. Para estos últimos una América blanca, ensimismada en ella misma y los espectáculos televisivos que otrora auspiciaba Trump, son el universo dentro del cual están satisfechos. Lo inesperado es que esa corriente sea la que ahora tiene el poder político. Para los primeros, el juicio político a Trump y el carácter pasajero de la situación actual llegará pronto; sin embargo, es probable que no ocurra.

En las elecciones intermedias de noviembre de 2018 se verá hasta dónde se modifican las relaciones de poder en el Congreso. Si los republicanos vuelven a retener el control de las dos Cámaras será una señal de que el Trump aislacionista se encuentra acompañado y muy posiblemente terminará su primer periodo. Las consecuencias de ello, para un orden mundial en el cual lo que haga o deje de hacer Estados Unidos es importante, son impredecibles.

Este análisis se publicó en la edición 2119 de la revista Proceso del 11 de junio de 2017.

Comentarios