Confianza

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Harold Pinter escribió Betrayal en 1978, una obra de teatro en la que tres personajes se traicionan de distintas formas: un hombre casado, Jerry, tiene un amorío de siete años con la esposa, Emma, de su mejor amigo, Robert; Emma engaña a su amante, Jerry, al decirle que no le ha confesado la infidelidad a su esposo, Robert; éste, por su parte, le ha sido infiel a Emma pero sólo se lo dice cuando le pide el divorcio; Jerry se siente traicionado al saber, muchos años después, que Robert sí sabía de la aventura de su mejor amigo con su esposa desde hacía cuatro años; y Emma, ahora, es amante de un escritor, Casey, a quien los dos amigos, Jerry y Robert, desprecian, por lo que se sienten, ambos, traicionados, habida cuenta de que Emma optó por un mediocre.

En esta trama de engaños, ninguno de los tres puede alegar abuso de confianza y, de hecho, todo el lío se resuelve amistosamente debido a ello. Los traidores no sienten culpa porque parten de la idea de que viven en un mundo en el que todos harían lo mismo. Sin embargo, Pinter cuenta la historia en retrospectiva por lo que, desde el inicio, sabemos el final, aunque no los pasos para llegar a él. La pregunta sobre la traición no es tanto el “qué”, sino el “cuándo”. En toda traición, doméstica o pública, lo que indigna y obsesiona es saber desde cuándo, cuánto tiempo lleva el engañado como objeto de burlas y secretos, en la oscuridad. ¿En qué momento la confianza fue traicionada? ¿En el instante en que se revela o en el momento en que se llevó a la práctica? Ese “cuándo” es la traición.

En la mente de los personajes que hicieron trampas en las elecciones de la semana pasada cabe esperar un poco de Harold Pinter: en una comunidad en la que se compran votos y alguien los vende, después, ¿alguien puede sentirse traicionado si se alteran los resultados? El dispendio de recursos del Estado a favor de un candidato, las amenazas y presiones el día de la elección, los votantes aceptando venderse, los medios comprados a todo vapor en la propaganda de la descalificación y la mentira, ¿no prefiguraban la actitud omisa de la autoridad electoral? Los resultados de las casillas pasaron al conteo sólo después de restarle a la oposición para dárselo al oficialismo. ¿Cuándo es el “cuándo” de esta elección?

El cuarto personaje de la obra de Pinter es la esposa de Jerry, Judith. Podríamos decir que es la verdadera traicionada, porque ella no está incluida en los triángulos amorosos, ni sexuales ni amistosos. Judith jamás aparece en escena y se dice con malicia de ella que “quizás también le fue infiel a Jerry”. Pero la frase se usa como parte de los autoengaños de los traidores para no asumir sus culpas. Todo lo que sabemos es que Judith era la esposa del infiel Jerry. Está fuera. Ese es el otro elemento de la deslealtad. La gran traicionada de la literatura occidental es, por supuesto, la Medea de Eurípides que traiciona a su padre, a su hermano y a su ejército por amor a Jasón quien, una vez que libra con las hechicerías de su prometida su salida hacia Grecia, la abandona para casarse con otra, la heredera del trono del rey Creonte, Glauca. Sabemos que Medea, en venganza por la traición de Jasón, mata a sus propios hijos, pero olvidamos la justificación del abandono de Jasón: Medea es una bruja que no sabe de la civilización griega, en la que confianza y deslealtad son formas institucionales de actuar. Para Medea, Jasón es todo lo que existe y, cuando cae en cuenta de su engaño, es como si todo se hubiera destruido. Ni siquiera sus hijos sobreviven al desmoronamiento. La traición es sentirse fuera.

“El matrimonio –escribe Eric Fromm– es el triunfo de la expectativa sobre la experiencia”. Para que una relación se sienta vulnerada es necesario que antes exista una disposición a creer que el futuro será igual al presente, es decir, que Jasón o Emma sigan siendo un estado y no un suceso. En términos políticos, el sociólogo Niklas Luhmann definió así esa confianza: “Despertar una sospecha de manipulación destruye la confianza siempre y cuando ésta no pueda encontrar una forma que le permita vivir con esa sospecha y ser inmune a ella”. Un estado excluye la idea de la acción inesperada, hace de lo familiar –la historia– algo que se repetirá en el futuro, lo separa de lo extraño, del suceso. La confianza, dice Luh-mann, “reduce la complejidad con la expectativa de continuidad”. En el caso del sistema político mexicano, esa confianza no está del lado de los ciudadanos –que son el suceso– sino del fraude electoral y la omisión de las autoridades. Quienes nos sentimos decepcionados es porque confiamos, no en ese sistema y sus reglas, sino en la capacidad de millones de votantes de darles un giro. Nos hacen sentir fuera quienes, desde los medios de comunicación comprados, nos repiten: “Así es la política, si no, para qué se meten”. Una pluma, para mí incógnita, a pesar de escribir desde una revista reconocida, incluso nos pone adjetivos contradictorios: “Simples y pomposos”. Otro dice: “Cretinos bien intencionados”. Ante la pasmosa continuidad del fraude político –es mucho más que lo meramente electoral–, se acusa a los que confían en las potencialidades del suceso de no saber cómo son “verdaderamente” las cosas, cómo es el estado de las mismas. Como Medeas, no somos griegos, sino hechiceros –se usa mucha descalificación con adjetivos religiosos– o, como Judiths, estamos fuera del triángulo amoroso.

El Estado es el que más ha exigido nuestra más cara lealtad. A cambio de la promesa de certeza, le pagamos impuestos, nos comportamos con civilidad. Por eso su traición es tan sentida. Nos hacen decir, como escribió el cómplice de Shakespeare en los tragos de la Taberna de las Sirenas de Londres, Ben Jonson en Sejanus, Su Caída:

Para los reyes, la traición es la mayor lealtad;

No debe llevar el nombre de traición,

sino de grave y profunda política.

Todos los actos que parecen malos

en aspectos particulares,

son buenos en la regla universal:

Seré honrado y traicionaré

para ustedes

a hermano y padre.

“La ley, escribe Claudio Magris, debiera tutelar a los débiles porque los fuertes no necesitan de ella”. Aquí y por el momento, esto no es así. La ley protege a los exgobernadores pillos, a los fraudulentos, a los cortesanos del patrón. Esa es la ley, las instituciones, a las que nos conminan a “respetar”. La ley puede llegar a sancionar lo inhumano, lo abominable.

Nunca he creído en eso que nos repiten de “que los pueblos tienen a los gobernantes que merecen”. Eso siempre me ha sonado como el pecado original, es decir, a algo anterior a cualquier suceso, un estado inamovible. O como dice Kafka, en un apunte en su diario: “La acción es inocente. La culpa es ser”. No estaría dispuesto a aceptarlo porque, a pesar de que se supone que fue por falta de dinero, a Ben Jonson lo enterraron de pie.

Esta columna se publicó en la edición 2119 de la revista Proceso del 11 de junio de 2017.

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