Músico, a pesar de su madre

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Para una gran mayoría de individuos con vocación por las artes, las reticencias familiares para que se dediquen a ellas son tan severas que acaban por ceder, traicionando la verdad más íntima de su ser y su espiritualidad. Lugares comunes y prejuicios heredados son la norma, pues cómo va ser posible que alguien se gane la vida con “pasatiempos” y “ensoñaciones” de dónde no podrá obtenerse una remuneración “digna”, ni tampoco el respeto de una sociedad que ve con temor aquello que no entiende. Por supuesto que no, primero hay que estudiar una carrera “seria” y después, si hay todavía ganas, a manera de una “afición” inocua, podrá seguirse tocando algún instrumento, manchando algún lienzo, o canturreando melodías no sólo en la regadera, sino para públicos medio educados…

Empero, son unos cuantos elegidos quienes tienen las agallas para contradecir los decretos familiares, o simplemente, son aquellos cuyas pulsiones internas son tan fuertes que no existe otra posibilidad más que dedicarse a lo que más aman, costándoles lo que les cueste. Casos insignes abundan y en todas las culturas, mas lo paradójico es que muchas veces las negativas familiares para escoger un camino volcado al arte, sirven de catalizadores de la voluntad y acaban por convertirse en el trampolín del que se salta para escoger una existencia vivida de acuerdo a los propios designios.

De uno de estos elegidos, para quien se sumó, además, la ceguera religiosa en la que cualquier deleite era pecado, podría servirnos de ejemplo para valorar la necesidad de acatar los mandatos vocacionales. A la larga, una profesión ejercida sin pasión genera huecos en la personalidad que coartan la plenitud emocional del individuo. Y viceversa, una “carrera” artística desempeñada con devoción, generalmente da frutos de valía.

Pues bien, hablamos de un compositor que se las vio negras con la negativa de su progenitora para permitirle ‒no obstante las señales de que su capacidad podía depararle fama, reconocimiento y riquezas materiales‒ que se dedicara a seguir los dictados de su interioridad. Su nombre Gëorg PhilippTelemann y nos acercamos ahora a su figura, ya que en este 25 de junio de 2017 se celebra el cuarto de milenio de su desaparición física.

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Es mucho lo que puede escribirse sobre su relevancia histórica y, de hecho, ya lo hemos abordado en otros textos ‒lo mencionamos como el compositor más prolífico de Occidente, como creador de una música acuática equiparable a la de su amigo Händel, como autor de una suite sobre el Quijote en la que aparece un primer ejemplo de ironía musical y como el padre de una de las suites de música de mesa más notables de su género (Händel “plagió” no menos de 15 de sus temas), pero no está por demás establecer que también fue un pionero en el repertorio de concierto, al escribir ‒así se cree‒ el primer concierto para un instrumento sobre el que nunca hubo muchas expectativas, es decir, para la viola[1], amén de que en su época se le consideró como el compositor más prominente de su generación, eclipsando, ni más ni menos, que al mismo J. S. Bach.

Con lo antedicho podemos proceder al relato de su larga y productiva vida ‒murió a los 86 años‒, sin importar que debamos contentarnos con los aspectos más sobresalientes. Su nacimiento acaeció en Magdeburgo en 1681, dentro de una familia de luteranos ortodoxos. Su padre era clérigo, su madre era hija de clérigo y su hermano mayor también se formó en la clerecía, de hecho, se esperaba que también él tomara los votos (sería su aptitud musical aquella que vendría a interponerse). Desde la más tierna edad dio muestras de unas facultades fuera de serie, aprendiendo a tocar en poco tiempo la flauta, el violín, la cítara y el clave. Las lecciones le fueron concedidas en el entendido de que la música era parte de la educación general de un hombre piadoso y culto. Cuando cumplió 12 años realizó una proeza impensable para su clan familiar. Había tomado clases de teoría musical pero no de composición y, de la lectura del Monólogo de Segismundo ‒o del libreto originado por‒ de Calderón de la Barca surgió la escritura de una ópera.[2]

Lo interesante del asunto es que la hazaña del niño no fue objeto de orgullo familiar sino de consternación. Su obtusa madre y la parentela materna opinaron que en la creación de una ópera residía un germen de perdición y que habían de tomarse medidas drásticas para impedir la desviación del infante… No obstante, con ese veto en el aire y la prohibición de seguir recibiendo lecciones, Gëorg Philipp buscó la forma de salirse con la suya. De motu proprio se puso a analizar, transcribir y modelar sus siguientes obras a partir de las partituras de los maestros más connotados de su época (particularmente Corelli, Caldara, Stefani y Rosenmüller). Vino entonces el enrolamiento en el Hildesheim Gymnasium de su ciudad ‒acabando ahí el equivalente de los estudios de secundaria y preparatoria‒, de donde saldría listo para acometer los estudios universitarios. Ya que la vida en la fe había debido abortarse, la señora Telemann exigió que la carrera a cursar fuera la de Leyes. A Gëorg Philipp no le quedó otro remedio más que inscribirse en alguna de las universidades cercanas y fue admitido en 1701 en la de Lipsia, sin embargo, a la hora de mudarse a esta urbe se detuvo mañosamente en Halle, para conocer a otro joven músico que estaba dando mucho de qué hablar: Gëorg Friedrich Händel.

Fue en las aulas universitarias donde G. P. acabó de convencerse de que su futuro como abogado era lóbrego y que lo mismo le pasaría si estudiaba ciencias o lenguas. Por tanto, aguantó algunos meses como alumno regular pero simultáneamente se las ingenió para darle rienda suelta a sus pulsiones sonoras. Fundó el Collegium Musicum de Lipsia para dar conciertos públicos ‒más adelante Bach lo dirigiría‒ compuso obras para el teatro de ópera y aceptó el puesto de organista en la NeueKirche. Naturalmente ese frenesí de actividades no fue apreciado por algunos colegas, quienes se sintieron amenazados. Franz Johann Kuhnau, predecesor inmediato de Bach en la Iglesia de Santo Tomás, fue aquel que más quejas puso en el ayuntamiento sobre el “arribismo” del joven intruso.

Entre los gruñidos del viejo Kuhnau y el provincianismo de Lipsia, Telemann terminó por aceptar, en 1705, el maestrazgo de capilla de la Corte del conde Erdmann II en Sorau, un sitio cosmopolita con gran demanda de músicas italianas y francesas. Lamentablemente, una posible invasión del ejército sueco disolvió la Corte y Telemann se quedó sin trabajo. Surgió ahí su designación como maestro de conciertos en Eisenach, lugar donde conoció a Bach, donde contrajo nupcias y donde la relativa estabilidad lo capacitó para componer innumerables cantatas, piezas de ocasión y obras de música orquestal y de cámara. En 1711, con sólo tres años de casado, quedó viudo.

Con la soledad al hombro decidió cambiar de aires y de ello afloró su estadía en Frankfurt-am-Main, donde fue merecedor de los puestos más codiciados: la dirección musical del municipio y el maestrazgo de capilla de la Barfüßerkirche para la que compuso cinco ciclos anuales de cantatas de iglesia. Por si fuera poco, también fue contratado por el príncipe de Bayreuth para que le proveyera toda su música. En ese lustro de vida volvió a contraer matrimonio y nacieron sus primeros hijos.

Hacia 1721 y de ahí en adelante fueron sucediéndose éxitos eslabonados. Hamburgo le ofreció un relevante cargo como presidente del Johaneum, la dirección musical de sus cinco principales iglesias y la titularidad, si renunciaba a sus cargos eclesiásticos, del gran teatro de ópera. Como no quería privarse de nada, Telemann amenazó a los clérigos que si no le permitían encargarse del teatro se iría a otro a lado (hizo en 1722 la solicitud de empleo como Kantor en la iglesia de Santo Tomás de Lipsia, siendo elegido por encima de Bach). De manera que los clérigos doblaron las manos y permitieron que ejerciera la música profana. Adicionalmente se dio tiempo para fundar un periódico musical, el primero de su especie en Alemania, que recibió el nombre de “El fiel maestro de música”. Con él se intentó impartirles, con cada edición, lecciones de música a sus lectores.

A pesar de que su nombre se asocia con Hamburgo ‒donde muere en 1767‒, no puede soslayarse que también en Berlín y París realizó actividades. Como compositor fue fecundo hasta grados inverosímiles (están como ejemplo sus 1043 cantatas sacras, sus 600 suites y sus 46 Pasiones). Y como auto promotor también fue destacado, tanto, que llegó a cotizarse como el mejor músico germano de su tiempo (su salario en Hamburgo fue tres veces superior al de Bach en Lipsia); residiendo la clave de su éxito en su inaudita capacidad de trabajo y en la dicha de haber vivido haciendo lo que más amó.

La moraleja es que el amor materno no siempre sabe qué es lo mejor para sus hijos…

[1] Se sugiere la audición del mismo, así como de otras de sus obras. Audio 1: G. P. Telemann – Largo del concierto para viola en Sol Mayor. (Stephen Shingles, viola. Academy of Saint Martin in the Fields. Sir Neville Marriner, director. DECCA, 1990) Audio 2: G. P. Telemann – Allegro del concierto para viola en Sol Mayor. (Stephen Shingles, viola. Academy of Saint Martin in the Fields. Sir Neville Marriner, director. DECCA, 1990) Audio 3: G. P. Telemann – Duetto del oratorio Mesías (1759) (Hamburg Philharmonic, Wolfgang Zilcher, director. CHRISTOPHORUS, 2011). Audio 4: G. P. Telemann – Coro de la cantata Einweihung (1756) (Hannoversche Hopfkapelle, Ulf Stötzel, director. CAPRICCIO, 2001)

[2] Se trató de Segismunda, un melodrama que se extravió y que se basó en un libreto de Christian Heinrich Postel (1658-1705).

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