“Mi Fausto”, de una gran belleza estética

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- El poeta, ensayista y filósofo francés Paul Valéry (1871-1945) dejó una obra sólida que trasciende hasta nuestros días como una de las más importantes de la poesía gala del siglo XX. A pesar de ser aclamado por sus libros de poemas, se dedicó finalmente al ensayo y a la filosofía. En teatro apenas legó una obra inconclusa, Mi Fausto, que más que un texto dramático es un ensayo crítico sobre el mito donde reflexiona alrededor de la convivencia del ser persona y el ser escritor, de lo que queda escrito y lo que se ha vivido, del amor y la ternura, la razón y la pasión.

Mi Fausto es un acto intelectual que responde a las inquietudes existenciales del poeta y que Sergio Cataño, como director, adapta y ajusta para presentarla en el Foro Sor Juana de la UNAM.

Esta propuesta visual, en conjunto con la escenógrafa Patricia Gutiérrez, es muy atractiva, al igual que el movimiento escénico realizado con Ruby Tagle. El problema del texto es que no hay un concepto dramático que mantenga al espectador atento, y la fragmentación –se trata de un texto inconcluso–, impide seguir el hilo interno de la obra.

En Mi Fausto existen dos espacios físicos y a la vez simbólicos que dan gran aliento a la obra. El de atrás es oscuro y geométrico y está representado con una larga mesa negra, una silla, un piso con rayas blancas serpenteantes, y en el límite una puerta inclinada que sucumbe a la gravedad. Al frente, en triángulo, está la claridad de la arena de mar, donde la tierra y el agua se tocan, donde Fausto puede quedar sediento, moribundo y al filo de la otra orilla antes de cruzar el umbral.

Valery reconoce la leyenda antes de Goethe, pero considera a Goethe como el creador de Fausto y el Otro, elevados al espíritu universal. En su visión de Fausto, Valéry no pone en primer plano el ideal femenino y la traduce en una joven que es su secretaria y confidente y de la que, tal vez, esté enamorado. El tema central se centra más bien en las preguntas que Fausto y Mefistófeles se hacen y que marcan su personalidad y sus conflictos. Fausto transita del quién soy y qué es eso del yo, a su angustia por distinguir entre un tratado científico y las memorias personales del filósofo. Mefistófeles se atormenta al saber que ya no hay abismo demoniaco ni infierno ni demencia. Sucumbe en el alma de Fausto y en la sinrazón de su existencia. El mal ya no está en ti, le dice Fausto, sino en el mismo hombre.

Ana Bertha Espín sobresale interpretando a Mefistófeles frente a la debilidad actoral de José Ángel García como Fausto y Ana Cervantes como Lust, que no logran proyectar hacia el público y comunicarse entre sí sus secretos y angustias. Ana Bertha Espín crea un personaje rico en emociones, matices vocales, actitudes físicas y contrastes. Es de extrañar que el personaje masculino del discípulo y de Astarot sea interpretado por Penny Pacheco, ya que a pesar de su buena interpretación, nos distancia de la problemática del personaje. Tanto Penny Pacheco como Ruby Tagle, en el personaje de Belial, resaltan por su movimiento corporal y sus rutinas dancísticas.

El trazo escénico propuesto por el director crea gran armonía y fluidez a lo largo de la obra, así como una naturalidad en el transitar de los personajes, los cuales ocupan el espacio sustancialmente. Mi Fausto es de una gran belleza estética que, como obra plástica, disfrutamos visualmente.

Esta reseña se publicó en la edición 2121 de la revista Proceso del 25 de junio de 2017.

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