Corea del Norte: la ilógica muerte de Otto Warmbier

BEIJING (apro).- La muerte de un estadunidense detenido durante más de un año en Pyongyang sugiere otro episodio del tétrico historial norcoreano de violaciones de derechos humanos.

Se estima que unos 100 mil nacionales son encerrados en kwanliso o gulags, esos fósiles de represión estalinista donde la anulación del individuo y el castigo consustanciales al régimen se subliman y la resistencia humana se mide a diario con palizas y hambre.

Pero un vistazo a la hemeroteca alimenta las dudas: los estadunidenses son tratados con mucha más delicadeza por su alto valor estratégico.

La sorprendente renuncia de los padres de Otto Warmbier a la autopsia impedirá probablemente que algún día se sepa qué llevó a un joven sano a ese estado. En su caso hay un puñado de certezas y muchas conjeturas.

Warmbier era un estudiante de Ohio de 22 años que en diciembre del pasado año decidió viajar a Corea del Norte antes de proseguir sus estudios en Asia. Una grabación granulosa de las cámaras del hotel Yanggakdo le muestra robando un póster propagandístico del antiguo líder, Kim Jong-il.

En otro país no trascendería de la travesura juvenil, en Corea del Norte es un asunto serio. Warmbier fue detenido en el aeropuerto al día siguiente cuando se disponía a salir. Su amigo ha revelado que mostró una sonrisa sin miedo aparente. Warmbier apareció dos meses después en televisión confesando su delito e involucrando a Washington. El estudiante fue condenado dos semanas más tarde a 15 años de trabajos forzados por actos hostiles contra el régimen.

Esas imágenes del juicio, en las que se le ve clara y comprensiblemente alterado, son las últimas de él con vida. Poco después entraría en coma.

El 13 de junio, 17 meses después, Warmbier fue liberado y llegó a Estados Unidos, donde murió seis días más tarde.

Aquí acaban las certezas.

Corea del Norte asegura que Warmbier contrajo botulismo (una intoxicación alimentaria grave) y entró en coma después de ingerir un somnífero. Los médicos estadunidenses han rechazado la versión del botulismo, pero no han encontrado indicios de palizas. El coma llegó por un daño neurológico grave debido a la falta de riego sanguíneo.

Corea del Norte ha respondido al informe estadunidense aludiendo al “misterio” de la muerte de quien tenía un estado de salud normal. Pyongyang también se ha señalado como la principal víctima porque está soportando una “campaña de difamación” global.

Así que, sin ninguna certeza en ese ovillo de informes de los que no saben lo que pasó y los que no quieren desvelarlo, sólo quedan conjeturas basadas en la continuada falta de oxígeno.

“Creo que pudo haber intentado colgarse con las sábanas u otro objeto en su celda. Dudo que los norcoreanos se lo hicieran voluntariamente. También pudo ser un accidente debido a la violencia física. No creo que los norcoreanos tengan ningún interés en intentar matarlo. Después de que entrara en coma, pudieron esperar más de un año a devolverlo a Estados Unidos para que las marcas del intento de suicidio desaparecieran”, señala Bruce Cumings, norcoreólogo de la Universidad de Chicago.

La posibilidad del suicidio es mencionada por otro analista consultado por Apro que pide el anonimato por la sensibilidad del asunto.

La ausencia de marcas de golpes es compatible con la casuística. Los 16 detenidos estadunidenses en Pyongyang desde 2009 han sufrido más abusos verbales, interrogatorios maratonianos y otras presiones psicológicas que violencia física, con una tendencia hacia la suavización y siempre con la prioridad de proteger el activo diplomático.

El misionero católico Robert Park sufrió los peores castigos. Fue detenido en 2009 cuando blandía una Biblia tras pasar la frontera y soportó tales torturas que pidió morir. Park ha contado que varias mujeres le golpearon los genitales entre risas.

Otro misionero, Kenneth Bae, fue condenado a 15 años y trabajó ocho horas diarias durante seis días a la semana en una fábrica de soya. Perdió casi 30 kilos y fue hospitalizado tres veces. Bae desveló en su biografía No está olvidado que nunca fue golpeado pero soportó interrogatorios diarios de 15 horas durante un mes. Todo cambió tras confesar su voluntad de conspirar contra el gobierno. Bae pudo leer entonces e-mails de su familia en Estados Unidos e incluso la Biblia.

Laura Ling, periodista, fue condenada a 12 años de trabajos forzados. Fue enviada primero a una celda sin ventana de menos de dos metros de largo por dos de ancho antes de ser trasladada a una habitación más amplia para curar sus úlceras. Ni ella ni su compañera, Euna Lee, hubieron de trabajar. Lee relató en su libro El mundo es más grande ahora que fue enviada a una casa de invitados e interrogada durante un mes, pero nunca golpeada. Lo peor, señaló, fueron las amenazas de que no volvería a ver a su hija.

Los relatos de los últimos prisioneros coinciden en la cordialidad de los captores. El californiano Matthew Miller fue liberado seis meses después de ser condenado a seis años de trabajos forzados de los que tampoco cumplió ni un día. Fue enviado a otra casa de invitados y pudo utilizar su iPhone y escuchar su música en el iPad. Miller rompió su pasaporte en Corea del Norte para ser detenido y vivir una aventura.

“Aunque suene extraño, estaba preparado para ser torturado, pero me abrumaron con su amabilidad y me arruinaron el plan”, dijo en una entrevista a NK News.

Jeffrey Bowle estuvo encerrado en una habitación de las plantas altas del hotel Yanggakdo con la orden explícita de no cruzar el umbral del pasillo. Otros detenidos han ido a parar a ese hotel que destina las plantas más bajas a la prensa occidental que visita el país.

Es habitual que Corea del Norte niegue las documentadas denuncias de violaciones de derechos humanos y se presente como un país respetuoso con la legislación internacional. Un antiguo prisionero describiendo una letanía de torturas arruinaría la estrategia.

El objetivo de Pyongyang con los condenados estadunidenses “no es sólo tratarlos bien sino extremadamente bien”, señaló recientemente a France Press Andrei Lankov, probablemente el experto más reconocido. Lankov también apuntaba al accidente.

“Hay una actitud general de evitar la violencia física contra estadunidenses, aunque no parecen refractarios a las tácticas psicológicas”, ha recordado Robert R. King, antiguo enviado especial de Washington para asuntos de derechos humanos en Corea del Norte.

King, que gestionó el caso Warmbier hasta su jubilación en enero, cree que Corea del Norte nunca pretendió ese desenlace. “Los estadunidenses retenidos por los norcoreanos no han sufrido abusos físicos, aunque son sometidos a un largo régimen de interrogatorios con privación de sueño”, añade Cumings.

La prensa presenta a los líderes norcoreanos como un atajo de maniacos imprevisibles. Quizá lo primero sea cierto, no lo segundo. El pequeño y empobrecido país ha resistido durante siete décadas los embates de la primera potencia mundial cumpliendo una lógica de supervivencia que no deja nada al azar. Y la muerte de Warmbier no sólo atenta contra la hemeroteca y su voluntad de presentarse como un gobierno respetuoso con los derechos humanos sino contra esa lógica.

Warmbier y los otros tres prisioneros tienen un formidable valor diplomático en el actual contexto prebélico con Washington, con amenazas cruzadas de ataques preventivos.

La jugada es recurrente: ciudadano estadunidense detenido en Corea del Norte por cualquier vaporoso cargo, condenado a varios años de trabajos forzados y entregado poco después por razones humanitarias a algún alto funcionario enviado por Washington. Es fácilmente vendible a la audiencia interna como prueba de un gobierno poderoso y misericordioso a la vez.

“Los juicios en Corea del Norte son totalmente ridículos: los cargos no están claros y no existe la posibilidad de defenderse o presentar evidencias. Son sólo pantomimas que usa el régimen para avergonzar y humillar”, señala Stephan Haggard, director del programa Corea-Pacífico de la Universidad de San Diego.

Los prisioneros son vistos como armas diplomáticas para obligar a la genuflexión de Washington que el ego norcoreano demanda. Expresidentes estadunidenses han volado a Pyongyang para llevarse de vuelta a compatriotas después de mostrar sus honores al régimen estalinista.

Jimmy Carter sacó en 2010 a un activista religioso afroamericano que había cruzado la frontera para convencer a Kim Jong-il de que confesara sus pecados. Carter pidió disculpas por el comportamiento del religioso y Corea del Norte le liberó por la manida fórmula de las “razones humanitarias”. Bill Clinton había llegado un año antes a Pyongyang para llevarse a las dos periodistas con una fórmula parecida.

Aquella grabación granulosa con la travesura de un estudiante le dio a Corea del Norte la posibilidad de repetir la jugada diplomática. Pero esta vez, por alguna razón, algo salió mal.

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