La persecución

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- “He sembrado dragones y cosechado pulgas –decía Marx. Este país siembra dragones sin cesar, y los produce en épocas de huracán, poderosos, alados, con garras, provistos de un cerebro magnífico, pero su descendencia se extingue en pulgas, pulgas vestidas, olorosas, pulgas, pulgas”. Así piensa Rublev, uno de los personajes de El Caso Tulayev, de Victor Serge, la gran novela sobre la persecución política. La he estado hojeando ahora que, por el New York Times, sabemos que el gobierno mexicano usa la tecnología anti-criminal para expiar la vida privada de sus críticos; algo muy cercano a la ruindad de Stalin. En la novela, Rublev es un viejo revolucionario que escucha los juicios de sus ex camaradas en la radio y se sabe espiado; comprende que pronto las purgas del estalinismo lo tocarán. Así que, reconociendo a los que le siguen a todas partes y hasta entran como ratones a revisar sus papeles, decide citar a dos de sus antiguos camaradas para acordar qué decir al momento de sus inminentes aprehensiones. El diálogo que sostienen los tres no tiene ningún sentido pero está respaldado por lo que piensa el gastado Rublev mientras pasa por la Casa de los Escritores, en el número 25 del bulevar Tverskoy: que las pulgas hicieron que “el hombre más generoso de Rusia”, Alexander Herzen, tuviera que exiliarse o dejarse pisotear por gendarmes. Rublev se ha ido encorvado, menos por la edad que “por la pesada inquietud”. Un niño que se resbala en un solo patín por la nieve de Moscú choca contra él y le dice:

–Perdóneme usted, ciudadano Iván El Terrible.

Rublev se echa a reír. En lo sustancial, el poder no ha cambiado del zarismo al bolchevismo; la condena a muerte sólo ha pasado de ser un asunto del zar a una maquinaria burocrática que se purga a sí misma.

Victor Serge, el autor, había sufrido la persecución política como nadie en Rusia. Nacido Victor Lvovitch Kibalchich, nunca tuvo país. Sus padres, anti-zaristas, se exiliaron en Bruselas, donde el hermano menor, Raoul, murió de inanición. Serge escribirá: “En los malnutridos granujas de París, Berlín o Moscú siempre me encuentro con los rostros condenados de mi propia tribu”. Tras vivir durante cinco años en una prisión, acusado de “bandido”, va a apoyar la Revolución rusa y se afilia al Partido en 1919. Muy pronto ve la transformación del dragón en pulga y se exilia a la Alemania del experimento reprimido de los consejos obreros y termina en Viena, junto a Georg Lukács y Antonio Gramsci, tratando de inventar una forma de reconciliar la libertad con la revolución. En 1925 decide combatir a Stalin y sus persecuciones desde la Oposición de Izquierda, de Lev Trotski. Lo arrestan en 1933 y lo deportan a Ural. Sólo después de tres años de protestas internacionales, encabezadas por André Gide, George Orwell, y Romain Rolland, Serge puede salir hacia Francia, no sin antes la confiscación de dos novelas por la policía secreta de Stalin. A la caída de París a manos de Hitler, Serge se refugia con su compañera, Laurette Séjourné, y André Bretón en una casa de Marsella. Ahí, junto a su hijo –el que conocemos como el pintor Vlady–, se exilia hacia México en el último barco que sale de la Francia ocupada. Es 1941, un año después del asesinato de Trotski en Coyoacán. Es en México que escribe sus novelas, entre ellas, su clásico, El Caso Tulayev, en los apenas seis años que le restan de vida a su corazón quebrado. Es enterrado en una fosa común, identificado como “republicano español”.

Lo que me interesa de la novela de Victor Serge es el retrato de las lógicas del espionaje. La maquinaria estalinista, como la de Putin ahora, es la misma que la de Fernando Gutiérrez Barrios y la de Peña Nieto hoy: se sostiene bajo la idea de que las palabras son actos. Un gobierno que considera como plan la mera enunciación del plan, se aterroriza ante la palabra crítica. “El compromiso ante la libertad de expresión” se declara justo cuando se le pide al reportero de esta revista, Álvaro Delgado, abstenerse de desplegar una manta protestando contra los asesinatos de periodistas. Como escribió George Steiner sobre la disolución del lenguaje en la política: “Los actos mentales que antes fueron espontáneos se vuelven ahora costumbres mecánicas y congeladas: metáforas muertas, símiles estereotipados, trivialidades, vulgaridad. Las palabras se hacen largas y ambiguas. En vez de estilo, hay retórica. En vez de uso común y preciso, hay jerga. El lenguaje no agudiza el pensamiento, sino que lo hace difuso”. Es en la retórica, en la jerga priista, en donde se hermanan los gobiernos de Felipe Calderón y Peña Nieto con los de la guerra sucia. El espionaje no es una forma de “desentrañar secretos” de quienes tienen derecho a ellos –los ciudadanos– tanto como una manera de intimidarlos. Cuidar lo que se dice y escribe tiende a extender el cáncer del lenguaje: reducirlo a fórmulas anodinas, que no comuniquen, que paralicen. Como en la tortura a los opositores del Partido –en México y en Rusia–, los interrogatorios no se practicaban para saber, sino para confirmar y, en muchos casos, sólo para someter y humillar; para descorazonar. El mismo Stalin dijo en una entrevista, cuando despidió al jefe de la inteligencia militar, Proskurov: “El espía debe remojarse en veneno y bilis cada vez que quiera confiar en alguien”. En el caso de Stalin, las “amenazas internas” –los trotskistas, los anarquistas, los que “no entendían la marcha del desarrollo histórico”– se espiaban, así como las externas, las de Hitler, y Japón. En el de Peña Nieto tendríamos que referirnos a los periodistas como enemigos y a la corrupción como una estructura defendible ante su vulneración. ¿O de qué otra forma podría explicarse que el gobierno mexicano utilizara tecnología reservada a la lucha antiterrorista contra algunas investigaciones periodísticas? ¿Es la corrupción lo que se intenta proteger igualándola a la seguridad nacional?

Hablar de libertad de expresión en México y en Rusia es hablar de censura. Los asesinatos de periodistas –412 desde el 2000 de la Famosa Transición– y el acoso a los independientes son acaso la culminación de una historia del poder enfrentado a la palabra que no es elogio, apología, glorificación y aplauso. Desde la censura de Santa Anna hasta el patronazgo de Porfirio Díaz y el Partido a los periódicos oficialistas, la formación de la opinión pública mexicana es a base de cultura oral, rumor y chiste político, medios clandestinos o marginales –sin publicidad oficial– y, hoy, en línea. En tiempos de Gustavo Díaz Ordaz se decía que se espiaba a los opositores para enterarse de algo. Envuelto en el autoelogio, nadie que quisiera gobernar podía confiar en sus amanuenses a sueldo. Espiar a quienes se ha dejado al margen de la protección del Partido, se vuelve la única fuente de información verdadera. En la mente del poder que espía, acosa y asesina periodistas hay una idea de la labor informativa, no como “representación” de la opinión pública, sino como “formativa” de ella, es decir, adquiere los procedimientos del proselitismo. Tomada como “guerra”, la opinión pública deja de ponderar el crédito que le damos a la palabra, a su plausibilidad y fuerza. Se extiende, entonces, la simulación y “la vana ostentación”, de la que habló Cicerón, propias de las dictaduras personales. Como advirtió Ignacio Manuel Altamirano del uso de los medios impresos y del teatro por Santa Anna: “Queriendo adular los vicios en escena, se desciende a la esfera de los cortesanos y los lacayos que no tienen más oficio que el de proporcionar a sus señores inciensos y placeres ilegítimos”.

Pero aterrizo de vuelta en la novela de Víctor Serge. El espionaje, los dobles agentes, los inocentes, los culpables, terminan, todos, aplastados por la maquinaria del poder que desconfía porque se siente débil ante el lenguaje, ante lo que se opine, ante el pensamiento vivo. Serge hace hablar entonces al obrero, Filatov, “nieto de un siervo”: “Habrá un futuro en el que nadie resulte aplastado. Nadie necesitará ya de la piedad. Pero, por ahora, las máquinas están llenas de oscuridad y nunca sabemos realmente qué pasa en su interior”. .

Esta columna se publicó en la edición 2121 de la revista Proceso del 25 de junio de 2017.

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