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Tumbas sin nombre

En el cementerio de Darwin, en las Islas Malvinas, 123 tumbas albergan los cuerpos de militares argentinos que, 35 años después de la guerra con Gran Bretaña, aún se encuentran sin identificar. En cada tumba una placa anuncia: “Soldado argentino sólo conocido por Dios”. Este lunes 19 se inició la exhumación de los cuerpos para que puedan recuperar su identidad. Terminará el calvario de sus padres, viudas y hermanos, que caminan por el cementerio sin saber en cuál tumba rezar.

BUENOS AIRES (Proceso).- “Que los padres sepan dónde está enterrado su hijo para cerrar su duelo es algo que ellos siguen esperando aún hoy, a 35 años de la guerra”, dice Julio Aro.

Este excombatiente de la Guerra de las Malvinas, de 56 años, es el impulsor del proyecto para identificar a los 123 soldados argentinos anónimos enterrados en esas islas. A lo largo de una década consiguió sumar para su causa a periodistas, militares, artistas y funcionarios en Argentina y Gran Bretaña.

Un equipo del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), con el aval de ambos gobiernos, comenzó el lunes 19 la toma de muestras genéticas en el cementerio de Darwin. El material recabado se cotejará con el de los familiares de los caídos. Los resultados estarán a fin de año.

“Esperamos poder ir con algunos de los padres a poner las placas con el nombre de sus hijos”, dice Aro. Hoy, sobre cada una de esas 123 tumbas, una placa reza: “Soldado argentino sólo conocido por Dios”.

El CICR ya ha concluido con la primera fase de este plan humanitario. Consistió en labores políticas, legales y administrativas con los gobiernos de ambos países. También se aseguró la logística requerida para el alojamiento y los traslados de los expertos. Y se proveyó de agua y electricidad al laboratorio donde se harán los análisis, en el cementerio de Darwin. El panteón está ubicado en un paraje desolado, a 88 kilómetros de la capital: Puerto Argentino para los sudamericanos, Port Stanley para los ingleses.

Argentinos y británicos mantienen desde 1833 una disputa por la soberanía de las islas, que tuvo su momento más candente durante la guerra de 1982.

La segunda fase del proyecto consistirá en exhumar los 123 cuerpos y tomar pequeñas muestras óseas. Los restos de los soldados argentinos, preservados hoy bajo la tierra dentro de tres bolsas, serán colocados en cajones e inhumados en las mismas tumbas. El cementerio permanecerá cerrado al público hasta completar el trabajo en agosto.

Del grupo de 12 expertos forman parte Luis Fondebrider y Mercedes Salado, del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF). El trabajo de este equipo fue imprescindible a la hora de comprobar el carácter sistemático del exterminio llevado a cabo por la última dictadura en Argentina. En México, el EAAF ha colaborado en la búsqueda de la verdad detrás de los feminicidios en Ciudad Juárez y el asesinato de los estudiantes de Ayotzinapa.

La tercera fase del proyecto será el estudio de las muestras genéticas en el laboratorio que el EAAF tiene en Córdoba, el Laboratorio de Genética Forense de la University of Central Lancashire en el Reino Unido y la Universidad de Santiago de Compostela, en España. El material se cotejará con el aportado por las familias de los caídos en combate. Éstas han suministrado también historial clínico y fichas odontológicas de los soldados. Los informes finales tendrán carácter confidencial. Serán comunicados sólo a las familias y a los dos gobiernos.

El plan humanitario del CICR tiene un costo de 1.5 millones de dólares, que será solventado por Argentina y Gran Bretaña. El impulso decisivo es mérito de Aro, quien preside la Fundación No Me Olvides, y del coronel Geoffrey Cardozo, oficial británico que estuvo a cargo, en 1982, de recoger los cuerpos de los soldados argentinos muertos y de darles sepultura en el cementerio de Darwin.

Largo trecho

Aro tenía 19 años cuando pisó las Islas Malvinas. Como soldado del Batallón de Infantería Mecanizada 6 de Mercedes fue destinado a Puerto Argentino. Tras la capitulación argentina, el 14 de junio de 1982, regresó a la ciudad de Mar del Plata. A los altos mandos de la dictadura, encabezada por Leopoldo Galtieri, se les endilgó la derrota. Los excombatientes tuvieron que arreglarse solos con su estrés postraumático. El contacto de Aro con sus amigos se volvió incierto. “¿Mataste a uno? ¿Tuviste hambre?”, le preguntaban. Y allí se acababa la charla.

Según datos que manejan los centros de excombatientes, 500 veteranos de las Malvinas se han quitado la vida. La cifra de suicidios se acerca año tras año a la de los 649 caídos en combate.

Aro pasó meses sin dormir, o despertando de golpe, bañado en sudor, a la espera de un grito o un estallido. Estudió educación física. Se casó y es padre de dos hijas.

“Me costó una enormidad volver a insertarme en la sociedad”, dice. “Éramos los loquitos, los marginados”.

En 2008 sintió la necesidad de retornar solo a las Malvinas. “Fui a buscarme –dice–. Había dejado una parte importante de mi vida en las islas”.

Bajó del avión llorando. “Caminar esos 200 metros para ir a buscar el equipaje fueron mortales –cuenta–. Porque volví a sentir el frío en la cara, el viento que te pegaba, el olor típico de las Malvinas, no lo puedo describir, pero el olor, el aire, el viento, ahí son distintos”.

Tras llegar a Puerto Argentino o Port Stanley, salió de inmediato a buscar su última posición en el terreno de batalla: un pozo de zorro, camino al aeropuerto viejo.

“La noche del 13 de junio, un día antes de que termine la guerra, cae una bomba, muy cerca de nuestro pozo y del que ocupaban los sargentos ayudantes Eusebio Aguilar y Édgar Ochoa, que eran los que cocinaban”, cuenta Aro. “Nosotros estábamos saliendo del pozo y la onda expansiva nos tiró para atrás, pero a ellos los agarró fuera del pozo y los mató de forma instantánea”.

Aro participó en el entierro de sus camaradas. Encontró el lugar exacto. No había nada. Un día más tarde visitó el cementerio de Darwin. Era el 2 de abril de 2008. Se cumplían 26 años del desembarco argentino en las islas.

“Llegué solo con mi alma. Y delante de las cruces dije en voz alta: ‘Acá estoy, no me olvido de ustedes’. Fue una sensación fuertísima. Muy difícil de transmitir.”

El cementerio está ubicado en una hondonada junto al itsmo que divide a las dos grandes islas del archipiélago. Cada tumba está marcada por una cruz de madera blanca, de la que cuelga un rosario. El lugar es visitado por los familiares de los muertos y también por los cientos de turistas que llegan en cruceros, que luego siguen a Tierra del Fuego o hacia la Antártida. El viento frío reina allí más que cualquier bandera. En este cementerio fueron inhumados tras la guerra los restos de 237 soldados argentinos, caídos en diferentes batallas o hallados en tumbas individuales y colectivas. Sus familiares se han negado a la repatriación. Argumentan que los caídos están en suelo argentino. El cementerio suele ser objeto de actos de vandalismo.

Recorriendo sus cuadrículas desoladas, Aro encontró las tumbas de los dos sargentos a los que había ayudado a enterrar. “Están con su nombre, porque tenían su chapa identificatoria”, explica.

Buscó sin éxito a otros compañeros de su regimiento. Supone que se encuentran en alguna de las 123 tumbas sin nombre. El desasosiego del momento se convirtió en compromiso. “Yo no tenía chapa identificatoria, sino un papel con mi nombre escrito que colgaba del cuello –rememora–. Si me hubiera tocado quedarme en las islas, hoy sería un ‘NN’. Y sé que mi mamá, que murió el año pasado, no hubiera dejado de buscarme hasta el último momento de su vida. Eso es lo que nos motivó a hacer lo que hicimos”.

Proyecto ADN

Al volver de las Islas Malvinas, Aro comenzó a moverse para dar cauce a su proyecto. En los estratos oficiales encontró desidia. La periodista María Laura Avignolo lo puso en contacto con los veteranos británicos. Ese mismo año fue invitado a Londres para dar algunas conferencias junto con otros dos excombatientes argentinos. En el momento de la despedida, el coronel británico Geoffrey Cardozo les entregó un sobre con documentos. Les dijo que ya sabrían ellos qué hacer con eso.

“En los papeles había fotos de nuestros compañeros muertos, lugares donde estaban enterrados, las fosas comunes que habíamos hecho los argentinos, las pertenencias de los soldados, las cartas que tenían en los bolsillos, que a veces no alcanzaban para identificarlos”, cuenta Aro. “Contaba cómo puso cada cuerpo. Cómo los enterró a medida que los encontró en el campo de batalla”.

Aro hizo traducir los documentos. Reprodujo el plano del cementerio de Darwin. Creó la Fundación No Me Olvides, cuyo objetivo central es identificar a los soldados argentinos enterrados como NN. En 2011, la periodista Gabriela Coccifi lo puso en contacto con el Equipo Argentino de Antropología Forense. Allí le confirmaron que se podía identificar a los caídos a partir de una muestra de sangre de un familiar. Así surgió el Proyecto ADN.

La periodista envió un correo electrónico al músico británico Roger Waters. El padre y el abuelo del ex Pink Floyd murieron como soldados en la Segunda y la Primera Guerra Mundial, respectivamente. En 2012, durante una gira por el Cono Sur, Waters transmitió su interés por el proyecto a la entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Ese mismo año, la exmandataria presentó la iniciativa en su visita a la sede de la ONU en Nueva York.

Aro comenzó a visitar a los familiares de los soldados aún sin identificar. “La intención era buscar el momento oportuno para preguntarles si querían saber o no en qué lugar del cementerio estaba enterrado su hijo, y si estarían dispuestos a entregar una muestra de sangre”, explica.

A la fecha suman 95 las familias que han aportado material genético.

En diciembre de 2016, los gobiernos de Gran Bretaña y Argentina le confiaron el plan humanitario al CICR. La identificación final de la totalidad de los soldados enterrados en Darwin se considera improbable.

“Hay familias que no desean que su familiar sea identificado. La idea es contactar a la mayor cantidad de familiares y esperamos que ese número crezca”, dijo el 31 de mayo el jefe del plan del CICR, Laurent Corbaz, durante una conferencia de prensa en Buenos Aires.

Para aquellos casos en los que la identidad no pueda ser verificada se prevé hacer una ceremonia en honor al soldado desconocido. El plan humanitario no contempla la colocación de placas con los nombres de los soldados ni determinar causas de muerte, ni tampoco el eventual traslado de los restos al continente. El CICR no descarta, sin embargo, que puedan firmarse nuevos convenios.

Para muchos padres, hoy ancianos, el hecho de saber con exactitud donde está enterrado su hijo, con placa identificatoria o sin ella, es determinante.

“Lo que te cuentan los padres que no tienen a sus hijos reconocidos con un nombre es tremendo, muy cruel –explica Aro–. Caminan por el cementerio. No saben frente a qué tumba quedarse.”

Este reportaje se publicó en la edición 2121 de la revista Proceso del 25 de junio de 2017.

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