Los retos de refundar a la nación

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- La corrupción, los crímenes, la impunidad, la destrucción del ambiente y de las vidas comunes de pueblos y comunidades, el desprecio de las partidocracias y sus gobiernos por la vida, y el uso de las instituciones del Estado como gestoras de grandes capitales legales e ilegales, señalan no sólo el colapso de la nación, sino la necesidad de refundarla.

El malestar de la gente, que se ha traducido en grandes movimientos sociales, policías comunitarias, autodefensas y candidaturas independientes, son expresiones que buscan esa refundación. Sin embargo, dicha tarea, en sí misma difícil por las redes de complicidad y los pactos de impunidad entre la maquinaria del Estado, el crimen organizado y empresas depredadoras, tiene que buscar algo mucho más difícil: no sólo la unión de lo que he llamado, en consonancia con el zapatismo, “las izquierdas de abajo” (Proceso 2120), sino lo que Humberto Beck ha llamado acertadamente “una revolución de las conciencias”.

La fuerza del capitalismo y de su hijo atroz, el progreso, no radica tanto en su maquinaria sino, como lo mostró Iván Illich, en la colonización que ha hecho de las conciencias.

La primera colonización es la de la fe, casi idolátrica, en la ciencia y sus tecnologías, una devoción mediante la cual la sociedad ha puesto sus esperanzas no sólo en las instituciones y en los expertos que las ocupan, sino también en la necesidad de consumir sus mercancías como un modo de salvarse de la indigencia. Atrapados en el imperativo tecnológico, demandamos cada vez más dosis de educación, transporte, instituciones médicas y todo tipo de prótesis (celulares, computadoras, automóviles, ropa de marca, etcétera), que son producidos por esas instituciones y sus expertos.

Esta colonización de las mentes no sólo “crea –dice Beck al comentar a Illich– una nueva jerarquía justificada en nombre del conocimiento”, sino también un estado de bloqueo mental que despoja a las personas y a las comunidades de su creatividad y de su libertad, volviéndolas dependientes del sistema de producción y de consumo capitalista; crea, además, la necesidad de obtener dinero para acceder a esas mercancías, convirtiendo todo en medio para obtenerlo. De allí la corrupción, el uso indebido y criminal de los seres y de las cosas, las extorsiones, los secuestros, la malversación de las leyes, las redes de impunidad, la construcción del miedo y todo tipo de transgresiones a la ética.

La segunda de estas colonizaciones es “la corrupción del lenguaje cotidiano”. En las sociedades industriales el lenguaje se ha corrompido al grado de servir sólo como un reflejo de las premisas de las producciones capitalistas. Una de sus consecuencias es el forjamiento de una newspeak (de la que George Orwell habla en su novela 1984 que describe la lógica totalitaria) donde las palabras se encuentran invadidas y corrompidas por la propaganda industrial. “En ese lenguaje –dice Beck– se vuelve imposible hablar de actividades personales sin recurrir a los términos de la técnica y de la economía”. Mediante él, los verbos que designaban acciones se convierten en sustantivos que denotan paquetes diseñados para el consumo. En vez de decir: “aprendo”, “camino”, “trabajo”, “me sano”, “hablo”, las personas dicen: “necesito ir a la escuela”, “necesito un transporte”, “requiero cuidados médicos”, “me hace falta un celular, una computadora, dinero para comprar alimento”, etcétera.

La tercera de esas colonizaciones es el secuestro de los procedimientos en las tomas de decisiones; las partidocracias y las instituciones políticas ya no pueden servir a la construcción de una vida social y políticamente sana, porque tanto ellas como los procesos legislativos y judiciales se han arrodillado, sin crítica alguna, ante los fines del crecimiento económico del sistema capitalista e industrial.

Así, la idolatría por los expertos y las instituciones que los cobijan, la dependencia de sus mercancías, la mercantilización del lenguaje y la entrega de los partidos y las instituciones políticas a la lógica económica del sistema de producción industrial, configuran un tipo de colonialismo de las mentes que está en la base de todos los males que padecemos.

Aun cuando se lograra la unión de las izquierdas de abajo, la refundación nacional que el país requiere no podrá hacerse si no se logra una revolución en las conciencias que nos permita escapar de su colonización. Si no recuperamos –como Illich proponía desde los setenta– la idea de que sólo en una sociedad que pone límites al crecimiento, que escapa a la lógica infinita de la dependencia de la economía y del progreso, y genera formas de deliberación común para, en sus muchos rostros, intervenir sobre sí misma y darse una forma proporcional y humana, no podremos escapar de los males que han destruido a la nación. Una verdadera ética política, convivencial y democrática sólo puede surgir de acciones que impongan desde el Estado límites a los privilegios profesionales, a sus monopolios y al consumo sin fin de las producciones capitalistas, y nos devuelva nuestra capacidad creadora. Contra “el fascismo tecnoburocrático” –como llamó Illich al sistema industrial–, colonizador y homogeneizante, la independencia y la libertad de las muchas sociedades convivenciales posibles.

He ahí un programa de trabajo político y de buen gobierno.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a las autodefensas de Mireles y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia y juzgar a gobernadores y funcionarios criminales.

Este análisis se publicó en la edición 2122 de la revista Proceso del 2 de julio de 2017.

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