“Herodes hoy”… una reflexión sobre los crímenes de Estado

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- La matanza de los inocentes es un suceso bíblico que se ha tomado como icono del ejercicio del poder por parte de un gobernante dispuesto a sacrificar a los indefensos sin ninguna contemplación. Herodes es el protagonista de este pasaje, y hasta nuestros días el arquetipo se mantiene vigente. En la pintura y la escultura ha sido fuente de inspiración desde hace siglos, así como en el teatro religioso y en autores del Siglo de Oro, como Tirso de Molina.

Actualmente en nuestra ciudad Herodes se apersona en el Foro la Gruta para retomar la reflexión de los crímenes de Estado. Herodes hoy es la obra teatral escrita y dirigida por Richard Viqueira que conjuga este personaje histórico con el simbolismo y el uso del cuchillo. Los actores están en riesgo al romper con la ficcionalidad e investigar alrededor del uso real del objeto: los cuchillos afilados van y vienen, se clavan en tablones de madera y transitan por los dedos de los personajes.

Herodes el sanguinario cuestiona sus decisiones, y atormentado busca justificar sus actos. Tiene miedo de perder el poder y que otros lo derroquen, tiene miedo y por eso asesina cruelmente a sus rivales. Para limpiar su nombre, Viqueira inventa un juicio antes de mandar matar a todos los niños menores de dos años. En el juicio pretende condenar a un recién nacido y dejar clara su culpabilidad. El Herodes hoy tiene como suceso dramático la matanza de los inocentes, y también se enriquece con el personaje histórico que se sabe asesinó a muchos de sus familiares. A su esposa, su suegra, sus hijos, y a otros más que su mujer le reclama.

Herodes es interpretado por Richard Viqueira, y Georgina Rábago es la esposa que contiene su furia hasta estallar. Valentina Garibay encarna a la madre a la que le arrebatan el hijo y decide ser su defensora y argumentar lo que fuera para salvarlo; hasta está dispuesta a ser ella quien le quite la vida si resulta culpable. Los cargos son absurdos; desde su perversión y voracidad al ser amamantado, hasta el dolor que le causa a su madre. Ella decide ponerle el nombre de Herodes a su hijo para vincularlo y condenar, inevitablemente, a su asesino.

Fernando Bueno se convierte alternativamente en el hijo y el soldado fiel. Se encuentra en el tono justo interpretativo y con la capacidad de darle carácter definido a cada uno de los dos personajes que encarna. Las actuaciones de todo el equipo son fuertes y vivaces, aunque en ocasiones se mantienen demasiado tiempo en la exaltación. El énfasis en el trabajo físico surte efecto en el momento en que el espectador siente el riesgo del actor en escena y corrobora su propuesta argumental donde el como qué es sustituido por la realidad y sus límites. Desgraciadamente, el texto es muy débil y los cuestionamientos no llegan a consolidarse, quedando apenas un esbozo del planteamiento.

El juego de los cuchillos se complementa con el deslizamiento de tablones, elementos que se utilizan durante toda la obra de forma reiterativa y sin muchas variantes. Al fondo una regadera metálica para escuchar la caída constante del agua, como si una lágrima llorara permanentemente a las víctimas. Los personajes lloran y en su rostro se hace evidente como si la pintura se escurriera lastimosamente. La vestimenta es negra y resalta el brillo de los cuchillos que coronan al rey, cercan el rostro del soldado y, desplegados como pavorreal, muestran al hijo heredero.

Herodes hoy es una tragedia contemporánea que desde un personaje mito levanta la voz contra los genocidios de inocentes que suceden a diario en México y en todo el mundo. Sin referencias directas, el presente se hace visible para que la indignación se vuelva carne viva en el escenario.

Esta reseña se publicó en la edición 2123 de la revista Proceso del 9 de julio de 2017.

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